CAPÍTULO 24
Una casa de campo se alza frente a mí,
modesta pero orgullosa, rodeada de hierba verde y grandes robles. Varias ovejas
pastan tranquilamente alrededor, bajo un cielo gris lleno de nubes. Detrás de
la casa hay un establo, vacío. Vacío.
Entro en la casa que parece estar vacía
también, como si los dueños hubieran salido corriendo sin siquiera coger lo
básico. La cocina está patas arriba, la mesa está llena de un montón de hierbas
y cuencos aún llenos, y el fuego bajo la olla está casi consumido. Levanto la
tapa para ver el contenido. Un guiso. No burbujea pero sigue estando caliente;
quien sea no debe de haberse marchado hace mucho.
Un ruido proveniente de la planta de arriba
llama mi atención. Subo por una pequeña escalera de madera hasta lo que parece
ser la buhardilla. Acurrucada en un rincón hay una niña pequeña, de unos 11 o
12 años. Está llorando. Me acerco a ella para consolarla y veo que sujeta entre
sus brazos un libro negro. Una nube se aleja dejando que el sol ilumine a la
niña momentáneamente. Su cabello, que hasta ahora me parecía castaño, es
pelirrojo. Como una hoguera.
La casa de campo es sustituida por una
pequeña plaza de pueblo. En el centro hay una pira lista para arder. Muchos
aldeanos se concentran alrededor, expectantes. La misma niña que se acurrucaba
en la buhardilla aparece en el centro de
la multitud, sus ojos piden ayuda a gritos, pero nadie acude a socorrerla.
Una pareja es conducida a la pira y pronto
le prenden fuego. La niña mira, con una mezcla de horror y fascinación, como
arden. Pero la fascinación es sustituida pronto por el horror al reconocer los
rostros de las personas. Las lágrimas vuelven a caer por sus mejillas y abre la
boca para gritar; una mujer se la tapa.
—Tus padres
han sido imprudentes, Scarlett, y ahora pagan por ello. Pero no te preocupes,
volverán a vivir, en otra vida y en otra época, pero volverán a vivir. Un
simple fuego no puede con el alma de los brujos.
Scarlett
lloraba. Había perdido a sus padres hacía ya mucho tiempo, había perdido a su
tía unos cuantos meses atrás y ahora Héctor. Ya no le quedaba nada, solo ese
estúpido libro que le regalaron sus padres cuando tuvo la edad para aprender
magia. Todos sus problemas habían comenzado ahí. Todo por culpa de lo que era.
Una bruja. Si no hubieran sido brujos, sus padres seguirían vivos, su tía
seguiría viva y ella no sería bruja. Y si no fuera bruja Héctor seguiría vivo;
estaría allí abrazándola, amándola, hasta que él tuviera que marcharse de
vuelta a la Corte.
Pero
todos estaban muertos. Y ella estaba sola llorando en algún lugar desconocido,
perdida y enfadada. Estaba muy enfadada, sobre todo con ella misma. Y desde que
sus padres murieron había dejado de usar la magia. Pero ahora la usaría, la
usaría para destruirlos a todos.
Ella
había renegado de lo que era y por eso el Adalid había decidido arrebatarle lo
que más quería, lo único que poseía. Héctor. Y como él era humano todos en el
Aquelarre lo apoyaron. Ya había habido suficientes cazas de brujas como para
que ella provocara una, así que, ¿por qué no quitar de en medio al humano? Así
no habría riesgo y le darían una lección a Scarlett.
Algo
salió mal. Fatal. Héctor murió por protegerla aun sabiendo lo que era y ella
consiguió escapar. Movieron cielo y tierra para encontrarla pero Scarlett ya
estaba muy lejos, siguiendo la pista de algo que pudiera acabar con los brujos.
¿Por
qué estoy viendo sus recuerdos?
Alza
la copa y la derrama sobre Rory. Esto ya no es un recuerdo, es un sueño que le
gustaría cumplir. Observa como arde llena de fascinación. Sé que nunca más
sentirá horror al mirar una hoguera.
—Scarlett —digo. Ella se gira hacia mí.
—No me mires
con pena, niña estúpida. Ahora ya lo entiendes. Entiendes porqué debemos acabar
con ellos. ¿Por qué sigues sintiendo lástima por él? —señala a Rory, que todavía sigue ardiendo—. Te ha despreciado e insultado. ¡Quería apartarte del chico de ojos de
hielo!
—Las cosas han
cambiado, Scarlett. El Aquelarre de Nathan y Rory sigue pensando como los de tu
época; pero ya nadie caza a las brujas y su relación con humanos es posible en
casi todos lados. No tenemos que matarlos. Comprende eso y estarás en paz.
Podrás irte y volverás a estar con Héctor.
Ella
niega con la cabeza, frustrada.
—No lo
entiendes. Te lo he enseñado y no lo entiendes —nos parecemos tanto físicamente que resulta surrealista. Es como ver
una yo pelirroja, enfadada y mortífera.
—Lo entiendo.
Entiendo tu dolor pero…
—Fuera de
aquí.
620.
Abro los ojos y los verdes de Rory me devuelven la
mirada. Parece aliviado al verme despertar. Siento sus manos sujetándome con
cuidado. ¿He estado en sus brazos todo este tiempo? Pongo el peso de mi cuerpo
sobre mis pies aunque dejo que siga agarrándome, solo por si acaso.
—Lo siento —murmuro. Cojo su brazo con cuidado y
paso las yemas de los dedos sobre el número.
—La quemadura se ha curado pero no hay forma de
borrar la cicatriz —explica. Lo miro a los ojos sintiéndome culpable—. Yo
también lo siento. A veces es difícil olvidar todos los prejuicios que me han
inculcado; y Nate es mi mejor amigo, no quiero que sufra.
—Te comprendo. ¿Sabes qué? Rompí con Nate con la
excusa de que estaba harta de que me hiciera daño, para alejarlo de mí, para
que no sufriera cuando llegara el momento. Cuando se entere de quien soy me
odiará y no puedo soportarlo —Rory sonríe con dulzura.
—Ambos pensáis que os vais a hacer daño. Que
irónico. Quizás estéis hechos el uno para el otro. Un trágico amor imposible,
un Romeo y Julieta moderno con el obstáculo de lo sobrenatural de por medio.
Lo miro divertida.
—Para el carro, Shakespeare —le digo. Él me guiña un
ojo—. Y ahora vas a deshacer el hechizo de Lily.
Rory suspira y alza los ojos al cielo.
—Ya está deshecho —no suena muy contento—. Tu amiga
Lily… Ella, bueno, ¿sabe algo de esto?
Sé que se refiere a todo el asunto de la magia. Pero
lo que me llama la atención es la forma en la ha hablado de Lily. Abro la boca
con sorpresa y enseguida una gran sonrisa aparece en mi rostro.
—Esto sí
que es irónico. Romeo, Romeo, como hieras a Julieta te haré más que una
quemadura —Rory parece bastante preocupado así que suavizo mi tono—. Te
advierto que la química no será suficiente para conquistarla, pero me ha
hablado de ti; y eso es muy importante porque no suele fijarse en cualquiera —sus
ojos se llenan con un brillo de esperanza. No puedo evitar sonreír.
Recorro el aparcamiento con la vista y mis ojos se
encuentran con los de Nate. Me da un vuelco el corazón. Él se acerca hasta
nosotros sin apartar sus ojos de los míos. Rory me suelta inmediatamente al
verlo.
—Voy a morir —me susurra al oído. Suelto una pequeña
risita y lo miro de reojo.
—Scarlett ya te ha matado. Después de arder así esto
te será pan comido.
—Ya veremos.
—He venido a por ti —dice Nate. Alzo una ceja
interrogante—. Las clases están a punto de empezar.
—Claro —me giro hacia Rory y le guiño un ojo—. No
vuelvas a hechizar a nadie, Romeo.
—Descuida.
Nate y yo permanecemos en silencio mientras
caminamos de vuelta al instituto. Es muy incómodo tenerlo al lado y no tocarle,
hablarle, ¡incluso pegarle! Pegarle una paliza sería mucho menos incómodo. Aun
así no me atrevo a decir nada. Soy yo la que está enfadada y si le hablo creerá
que todo está olvidado.
Paro ante mi taquilla y cojo la bolsa de deporte.
Nate sigue a mi lado, mirándome de una forma tan intensa que me hace estremecer.
Quiero apartarle ese pelo color chocolate de los ojos, para ver lo azules que
son. Quiero acariciarle la mejilla y decirle que todo va a estar bien, que no
le odio, que todo es simple teatro. Pero más que nada quiero que me bese.
Necesito sentir sus labios sobre los míos, sus manos acariciándome, su cuerpo,
su calor. La química.
—¿Está arreglado? —me pregunta. Tardo unos segundos
en contestar.
—¿Lo de Lily y Rory? —pregunto frunciendo el ceño.
Él niega.
—Lo nuestro.
Veo como sus ojos brillan esperanzados, aguardando
con ansiedad que responda esa pregunta que puede cambiar tantas cosas.
Respondo. Respondo con unas palabras que le hieren el alma y que hacen trizas
su corazón. Con unas palabras que rompen el hielo de sus ojos para dar paso a
un mar de lágrimas a punto de desbordarse.
—No. Claro que no.
Nate traga saliva intentando mantener la compostura.
Aparto la mirada porque me duele mucho verlo así; por mi culpa, y sabiendo que
con una respuesta diferente puedo hacer que sonría y se olvide del dolor.
—Entonces supongo que sigo jugando con fuego —me
coge de la barbilla obligándome a mirarle— y que voy a quemarme.
Sus ojos vuelven a ser una pared de hielo y el fuego
vuelve a arder en mis venas. Todo como el día en que nos conocimos. Sonrío.
Mantener esta pelea es mucho mejor que el silencio y ambos lo sabemos.
—Por supuesto. Puedes preguntarle a Rory cuánto
duele, él ya se ha quemado.
Las comisuras de sus labios se alzan en una torcida y
matadora sonrisa. Suelta mi barbilla suavemente y se aleja por el pasillo dando
zancadas. La gente empieza a salir del comedor en busca de sus cosas antes de
entrar a clase. Me tapo la cara con las manos y suelto un largo suspiro. Parece
que mi guerra con Nathan Johnson ha comenzado de nuevo. Esta vez tendré que
usar toda mi artillería pesada para no sucumbir ante él.
***
—¿Te he dicho alguna vez cuánto odio la natación?
—me pregunta Lily. Mi Lily, la normal
sin embrujar. Mira al agua con una mezcla de terror y odio nada sana. Sonrío.
—Cada vez que damos clase. Anda, tírate al agua de
una vez y no lo pienses más.
Ella me mira con cara de fastidio antes de realizar
un perfecto salto de cabeza. Sus padres la obligaron a competir en natación
hasta que cumplió 14 años a pesar de que siempre había odiado el deporte. Lily
tenía que ir a entrenar todos los días y debía levantarse a las 5 de la mañana.
—¿Nunca vas a aprender a quitarte de en medio? —me
giro hacia Nathan con cara de pocos amigos. Apenas me da tiempo a admirar su
perfecta figura; el muy cabrón me coge en brazos y me lanza a la piscina.
Saco la cabeza a la superficie y escupo toda el agua
que me ha entrado en la boca. Gracias a Dios que me he puesto las gafas o todo
el cloro me habría entrado en los ojos.
—Nate 1, Cassie 0 —dice con una burlona sonrisa en
el rostro.
Nado hasta el borde de la piscina para acercarme
hasta él. Sostiene el gorro y las gafas en la mano; la mayoría ya los llevamos
puestos y parecemos marcianos de esos que salen en las películas malas de ciencia-ficción.
Sin embargo él luce como un perfecto Adonis. Con los músculos de los brazos y
el abdomen marcados de una forma muy sexy y el cabello revuelto cayéndole sobre
los ojos hielo. Incluso el horrible bañador que nos hacen llevar le queda bien
—¿Te gusta lo que ves? —su sonrisa burlona es
sustituida por una engreída.
—Eso no voy a negártelo. Hasta la entrenadora
Phillips te está mirando embobada.
Me impulso hacia atrás cuando Nate se gira para
mirar a la profesora, que está metiendo prisa a las últimas rezagadas, y justo
cuando vuelve la cabeza hacia mí, pego una patada en el agua y le salpico.
Nate me mira empapado y atónito.
—Cassie 1, Nate 1 —y me alejo nadando con una
sonrisita de suficiencia.
La clase transcurre sin muchos incidentes hasta
prácticamente el final. Cuando la entrenadora nos dice que juguemos un partido
de waterpolo chicos contra chicas.
—Voy a ir a por ti —dice Tom señalando a Becky
—Esto va a ser divertido —murmura Lily. Mis ojos se
encuentran con los azules de mi enemigo de forma instintiva. Lily se ríe a mi
lado—. Muy, muy divertido. Y quiero capitanearlo. ¿Alguien en contra?
Nadie contesta. Lily tiene esa mirada diabólica que
indica que nada ni nadie puede interferir en sus planes maléficos. Esa mirada
que casi roza la locura. Casi.
Los chicos se reúnen en un corrillo para discutir la
táctica. La mirada de Lily se vuelve aún más perversa y con un gesto nos indica
que nos reunamos nosotras también.
—Cassie, tú defenderás a Nathan. Paula a Kevin.
Becky tú irás a por Tom.
—¡No! Tom no, por favor. Yo defenderé a Kevin.
Paula y Lily comparten una mirada cómplice y niegan
al mismo tiempo. Becky me mira suplicante. Me encojo de hombros e intento
mostrarle una sonrisa tranquilizadora, pero a la pobre no le sirve de nada.
—Bueno chicas, —dice Lily— quiero que lo deis todo.
Vamos a enseñarle a esos neandertales de lo que somos capaces las mujeres.
Nos colocamos en nuestras posiciones, la entrenadora
pita y el partido comienza.
***
Justo cuando cruzo la puerta de la clase de francés
recuerdo que tengo que sentarme con Nathan. Mierda. Voy a tener que soportarlo
toda una hora mientras me restriega que han ganado el partido. Lily me sonríe
dándome ánimos, con una mirada un tanto culpable porque hemos perdido por su
culpa.
Me siento junto a Nate tratando de ignorarle pero es
bastante difícil cuando está mirándome fijamente con una sonrisa de triunfo.
—Nate 2, Cassie 1 —me susurra al oído.
—Sólo hemos perdido por un punto y en el último
minuto. Hemos dominado el resto del partido —lo fulmino con la mirada.
—Pero habéis perdido.
Aprieto los puños con fuerza y trato de concentrarme
en la clase. Bill está explicando como se forma el passé composé. Lo divide en
tres grupos. Los regulares e irregulares que se forman con el verbo avoir más
un participio y 14 verbos especiales —intransitivos— que se forman con el verbo
être más un participio que cambia según el género y el número del sujeto.
Rebusco en mi mochila en busca de los deberes de
matemáticas. Los números no se me dan tan bien como los idiomas. Entonces me
doy cuenta de que he olvidado la bolsa de gimnasia en los vestuarios de la
piscina. Mierda.
—¿Qué pasa, Griffin? —al parecer Nate tampoco está
prestando mucha atención a la clase.
—Nada que te importe, Johnson —le espeto.
—Todo lo que haces me importa —lo miro incrédula—.
Tienes que conocer muy bien a tu enemigo para poder derrotarlo. Mejor que a ti
mismo, de hecho, así que me importa lo que haces y…
—Me he olvidado la bolsa de deporte en el vestuario.
¿Contento?
Nathan sonríe con suficiencia y me deja en paz. No
creo que eso sea muy buena señal. Seguro que está tramando algo y sea lo que
sea ese algo va dirigido a mí. Tendré que planear el próximo asalto o voy a
perder este dichoso jueguecito, cosa que no pienso permitir. Yo he sido la
primera en declarar la guerra abiertamente así que yo tengo que ser la que
gane.
En cuanto suena la sirena salgo pitando de clase a
buscar la bolsa. Recorrer los pasillos a contracorriente no es tarea fácil,
sobre todo si tengo que atravesar el instituto de punta a punta —como en este
caso—, pero no me queda otra si quiero llegar a la piscina.
Cuando abro la puerta me recibe un silencio
sepulcral y unas aguas en calma. Hasta que lleguen los del equipo de natación
todo permanecerá así de tranquilo. Corro hasta el vestuario de chicas. Con las
luces apagadas y sin el ruido de las duchas o de las chicas cotorreando parece
aún más solitario que la piscina, es como entrar en un universo paralelo.
Encuentro mi bolsa encima de uno de los bancos. No
entiendo como he podido olvidarla. Aunque dado que últimamente han pasado
bastantes cosas no es de extrañar. Seguramente tendría la cabeza en otra parte.
O estaría pensando en Nate.
Salgo del vestuario, ahora sin ninguna prisa. Me
quedo plantada a mitad de camino de la puerta de salida. Intento que la
sorpresa no se me refleje en el rostro.
—¿Qué haces aquí? —pregunto. Nathan me sonríe con
aire misterio mientras anda hacia mí.
—Venía a asegurarme de que no te ahogabas en la
piscina por accidente.
Él me aparta un mechón de pelo de cara y deja su
mano en mi mejilla. Me quedo un momento embobada, sintiendo la química y
perdida en el hielo de sus ojos. La luz de la piscina juega con las sombras en
su cara marcando más sus pómulos, su nariz recta…
—Obviamente estoy muy bien —digo, tratando de
aclararme los pensamientos—. Y ahora si me disculpas.
Nate me atrapa entre sus brazos impidiéndome el
paso. La bolsa de deporte se me escapa de las manos y cae al suelo rompiendo la
quietud del ambiente.
Todas las células de mi cuerpo me dicen que me
acerque más a él. La química es como una droga; cuanta más tomas más quieres y
cuando tratas de abstenerte, bueno, simplemente no puedes. Vuelves a caer, es
una espiral infinita, un agujero negro y cuanto más te resistes más te traga.
—Nate, ¿qué quieres?
—A ti —acerca sus labios a los míos. Al parecer él
tampoco puede resistirte.
—Johnson, no te atrevas —giro la cabeza y echo el
rostro hacia atrás intentando evitar sus labios—. Eres un completo idiota. ¿Qué
parte de si juegas con fuego acabas quemándote no has entendido?
Él suelta una pequeña risita.
—La parte en la que te niegas a besarme no la
entiendo muy bien —pongo los ojos en blanco y trato de no sonreír.
—Esto es la guerra —digo—. No puedes besarme y
punto.
—Pero en el amor y en la guerra todo vale. Y si no
me equivoco, esto es ambas cosas.
Me coge de la barbilla para que lo mire. Mis
neuronas se apagan en ese mismo instante y mi cuerpo se acerca al suyo por puro
instinto y deseo. El deseo de cerrar los ojos y sentir sus labios sobre los
míos.
—Eh, esto… Chicos —Kevin está parado a unos metros
de nosotros—. Siento interrumpir pero Daisy me ha dicho que os preparéis la
escena 10 para el miércoles.
—Oh, no interrumpes nada —Nate se gira hacia Kevin
arrastrándome con él—. Tan solo le decía a Cassandra lo bien que le sienta la
ropa mojada.
Y al segundo siguiente estoy cayendo a la piscina. Será
gilipollas. Nado hasta la superficie en busca de aire con el que llenar mis
pulmones. Nate está en el borde, mirándome con una sonrisa perversa; no hay ni
rastro de Kevin —ha huido el muy cobarde.
—YO. TE. MA. TO.
Salgo de la piscina y corro tras Nate que se ha dado
a la fuga. Lo acorralo entre las gradas. Estoy a punto de abalanzarme sobre él
cuando mis zapatillas resbalan en el suelo y caigo encima de él. Al menos es
Nathan quien se lleva lo peor del golpe.
—Mierda Cassie, ¿no te han enseñado a tener cuidado
cuando el suelo está mojado?
Me estrujo el pelo sobre su cara y luego lo rodeo
con mis brazos en un abrazo mortal. Él suelta un grito de protesta.
—El suelo no está mojado. Yo soy la que está
empapada y ahora tú también.
Nate gira hasta quedar sobre mí. Me mira de arriba
abajo con un brillo de perversión en sus ojos.
—Definitivamente te queda muy bien la ropa mojada.
Mi mano vuela automáticamente a su mejilla. Nate no
se sorprende lo más mínimo, al contrario, suelta una carcajada. Noto mis
mejillas encendidas por la rabia. ¿Qué coño le pasa hoy? Estoy empezando a
replantearme eso de la bipolaridad.
—Me encanta cuando te enfadas —me dice.
Antes de que pueda replicarle se levanta y recoge mi
bolsa, que se ha quedado en la otra punta de la piscina. Me pongo en pie con un
suspiro exasperado. ¿Se supone que debo regresar así de empapada a casa? Ni
hablar.
—Tú —Nate me mira interrogante—. Vamos a firmar un
alto al fuego.
—Sólo si lo sellamos con un beso —me guiña un ojo.
—Primero me vas a llevar a casa, después vamos a
ensayar la escena y luego… ya veremos.
—Como usted ordene, señorita Elisabeth.
***
—¡Cassie! Tu padre y yo vamos a… Hola Nathan.
—Señora Griffin —saluda Nate.
—Tenemos una cena muy importante en casa de George
Harrington con unos clientes y tenemos que marcharnos ya —explica mi madre.
Lleva el pelo recogido en un moño y un vestido verde muy elegante—. Lo siento
cariño.
Mi padre baja las escaleras a toda prisa. Poniéndose
bien la corbata.
—Hola chicos —dice, y segundos después entra en el
garaje para sacar el coche perdiéndose de vista.
Mi madre me abraza antes de seguirle.
—¿Por qué estás mojada? —mi mirada asesina señala a
Nate como culpable— ¿Va a quedarse a cenar?
—No lo sé. ¿Vais a volver muy tarde?
—No lo sé.
Cuando finalmente se marcha suelto un profundo
suspiro. ¿Alguna vez pasaré un día en casa con mis padres?
—Te pareces a ella —comenta Nate.
Lo ignoro completamente y subo las escaleras. Pienso
darme una ducha bien caliente antes de ensayar o pillaré una buena pulmonía.
Entro en el cuarto de mis padres para robarle una camiseta y un pantalón de
chándal que le puedan estar bien a Nathan. No es que me preocupe mucho su
salud, pero no quiero que vaya dejando una huella mojada a su paso.
Él se queda en el marco de la puerta, con los brazos
cruzados, mirándome atentamente. Le lanzo la ropa a la cara y la coge antes de
que caiga al suelo. Me mira sin entender.
—Por Dios, pensé que eras un poco más listo —paso
junto él y lo empujó dentro de la habitación—. Cámbiate —digo, cerrando la
puerta tras de mí.
Cuando entro en mi habitación todos mis músculos se
relajan inmediatamente. Desde pequeña, estar en mi habitación con la puerta cerrada
significaba libertad para hacer lo que quisiera, ya que nadie iba a molestarme;
podía incluso hablar en voz alta con Scarlett, es decir, podía ser yo misma.
Cojo mi pijama. Sinceramente no me importa mucho que
Nate lo vea. Es un pantalón largo azul y una camiseta de mangas cortas básica. Los
pijamas con dibujitos no son lo mío debido a mi inexistente infancia. Me acerco
al cajón de la ropa interior.
—¿Qué haces? —Nate se tira en plancha en mi cama y
se apodera de uno de los cojines.
—Voy a ducharme —digo. Sus ojos se abren como platos
y una pícara sonrisa aparece en su rostro.
—¿Puedo unirme a ti?
—No —respondo cortante. Cierro el cajón de la ropa
interior y me encierro en el baño antes de que pueda replicar.
***
—Suena muy exagerado —llevamos toda la tarde repitiendo
las mismas dos frases. Tan solo mi “cabezonería y perfeccionismo” (palabras
textuales de Nate) nos mantienen aquí—. Imagínate… no sé, imagina aquel día que
me salvaste del violador.
—Prefiero no pensar en eso nunca jamás en mi vida —dice.
Aun así lo intenta y para alivio de ambos sale bien.
Me levanto del suelo —en esta escena apenas digo tres palabras; me paso la
mayor parte del tiempo desmayada— y bostezo. Estoy bastante cansada.
—Menuda colección de libros que tienes aquí. ¡¿Esto
es el Quijote?! —Nate me mira con el ceño fruncido—. La Odisea. Dios mío,
Cassie, ¿has sido normal alguna vez?
—La gente ahoga sus penas en el alcohol o las
drogas, yo las ahogo en los libros —me acerco a la estantería. La mitad está
ocupada por sagas juveniles y la otra por clásicos de la literatura y libros de
historia—. Si quieres te presto alguno.
Sus ojos brillan fascinados mientras lee detenidamente todos los títulos. Una sonrisa
tierna se abre paso en mi rostro y unas ganas irresistibles de abrazarlo se
apoderan de mí. Oh, por favor, hace menos de un mes que le conozco, ¿cómo puede
gustarme tanto?
—¿Te quedarás a cenar? —le preguntó.
—Hmm —Nathan se vuelve hacia mí—. Verás, he estado
pensando en una cosa a lo largo del día y he llegado a la conclusión de que soy un completo idiota por creer que te
habías enfadado conmigo. Sé lo que estás haciendo, porque es lo mismo que hacía
yo hasta el viernes así que por favor Cassie, para —niego con la cabeza y doy
un paso atrás incapaz de estar cerca de él o sostenerle la mirada—. Tratas de
alejarme de ti para protegerme, no tengo idea de qué, pero te diré que no me
importa correr riesgos por ti. Quiero estar contigo. Así que me quedaré a cenar
si accedes a ser mi novia oficialmente. ¿Trato hecho?
Consigo que mis ojos se encuentren con los suyos. Comprendo
entonces que por mucho que los dos pretendamos odiarnos y alejarnos el uno del
otro jamás podremos, los sentimientos que están surgiendo entre nosotros son
demasiado fuertes. Nate me tiende una mano. Su estrella lanza algunos rayos azules.
—Por favor.
Esas palabras hacen que finalmente me decida y coja
su mano.
A ver cuándo subes nuevos escritos Carmen... Que nos tienes a pan y agua desde hace meses!! :D
ResponderEliminarjajaja sí... Juro que ayer abrí el documento word y pensé eso mismo. Hoy empiezo el capítulo 25 y cuando lo acabe lo subo! Gracias por leer <3 XOXOXO
EliminarWOW.
ResponderEliminar...Qué estilazo!!
Suerte en la vida, Carmen.