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sábado, 23 de agosto de 2014

Capítulo 24

CAPÍTULO 24
Una casa de campo se alza frente a mí, modesta pero orgullosa, rodeada de hierba verde y grandes robles. Varias ovejas pastan tranquilamente alrededor, bajo un cielo gris lleno de nubes. Detrás de la casa hay un establo, vacío. Vacío.
Entro en la casa que parece estar vacía también, como si los dueños hubieran salido corriendo sin siquiera coger lo básico. La cocina está patas arriba, la mesa está llena de un montón de hierbas y cuencos aún llenos, y el fuego bajo la olla está casi consumido. Levanto la tapa para ver el contenido. Un guiso. No burbujea pero sigue estando caliente; quien sea no debe de haberse marchado hace mucho.
Un ruido proveniente de la planta de arriba llama mi atención. Subo por una pequeña escalera de madera hasta lo que parece ser la buhardilla. Acurrucada en un rincón hay una niña pequeña, de unos 11 o 12 años. Está llorando. Me acerco a ella para consolarla y veo que sujeta entre sus brazos un libro negro. Una nube se aleja dejando que el sol ilumine a la niña momentáneamente. Su cabello, que hasta ahora me parecía castaño, es pelirrojo. Como una hoguera.
La casa de campo es sustituida por una pequeña plaza de pueblo. En el centro hay una pira lista para arder. Muchos aldeanos se concentran alrededor, expectantes. La misma niña que se acurrucaba en la buhardilla  aparece en el centro de la multitud, sus ojos piden ayuda a gritos, pero nadie acude a socorrerla.
Una pareja es conducida a la pira y pronto le prenden fuego. La niña mira, con una mezcla de horror y fascinación, como arden. Pero la fascinación es sustituida pronto por el horror al reconocer los rostros de las personas. Las lágrimas vuelven a caer por sus mejillas y abre la boca para gritar; una mujer se la tapa.
Tus padres han sido imprudentes, Scarlett, y ahora pagan por ello. Pero no te preocupes, volverán a vivir, en otra vida y en otra época, pero volverán a vivir. Un simple fuego no puede con el alma de los brujos.
Scarlett lloraba. Había perdido a sus padres hacía ya mucho tiempo, había perdido a su tía unos cuantos meses atrás y ahora Héctor. Ya no le quedaba nada, solo ese estúpido libro que le regalaron sus padres cuando tuvo la edad para aprender magia. Todos sus problemas habían comenzado ahí. Todo por culpa de lo que era. Una bruja. Si no hubieran sido brujos, sus padres seguirían vivos, su tía seguiría viva y ella no sería bruja. Y si no fuera bruja Héctor seguiría vivo; estaría allí abrazándola, amándola, hasta que él tuviera que marcharse de vuelta a la Corte.
Pero todos estaban muertos. Y ella estaba sola llorando en algún lugar desconocido, perdida y enfadada. Estaba muy enfadada, sobre todo con ella misma. Y desde que sus padres murieron había dejado de usar la magia. Pero ahora la usaría, la usaría para destruirlos a todos.
Ella había renegado de lo que era y por eso el Adalid había decidido arrebatarle lo que más quería, lo único que poseía. Héctor. Y como él era humano todos en el Aquelarre lo apoyaron. Ya había habido suficientes cazas de brujas como para que ella provocara una, así que, ¿por qué no quitar de en medio al humano? Así no habría riesgo y le darían una lección a Scarlett.
Algo salió mal. Fatal. Héctor murió por protegerla aun sabiendo lo que era y ella consiguió escapar. Movieron cielo y tierra para encontrarla pero Scarlett ya estaba muy lejos, siguiendo la pista de algo que pudiera acabar con los brujos.
¿Por qué estoy viendo sus recuerdos?
Alza la copa y la derrama sobre Rory. Esto ya no es un recuerdo, es un sueño que le gustaría cumplir. Observa como arde llena de fascinación. Sé que nunca más sentirá horror al mirar una hoguera.
Scarlett digo. Ella se gira hacia mí.
No me mires con pena, niña estúpida. Ahora ya lo entiendes. Entiendes porqué debemos acabar con ellos. ¿Por qué sigues sintiendo lástima por él? señala a Rory, que todavía sigue ardiendo—. Te ha despreciado e insultado. ¡Quería apartarte del chico de ojos de hielo!
Las cosas han cambiado, Scarlett. El Aquelarre de Nathan y Rory sigue pensando como los de tu época; pero ya nadie caza a las brujas y su relación con humanos es posible en casi todos lados. No tenemos que matarlos. Comprende eso y estarás en paz. Podrás irte y volverás a estar con Héctor.
Ella niega con la cabeza, frustrada.
No lo entiendes. Te lo he enseñado y no lo entiendes nos parecemos tanto físicamente que resulta surrealista. Es como ver una yo pelirroja, enfadada y mortífera.
Lo entiendo. Entiendo tu dolor pero…
Fuera de aquí.
620.

Abro los ojos y los verdes de Rory me devuelven la mirada. Parece aliviado al verme despertar. Siento sus manos sujetándome con cuidado. ¿He estado en sus brazos todo este tiempo? Pongo el peso de mi cuerpo sobre mis pies aunque dejo que siga agarrándome, solo por si acaso.
—Lo siento —murmuro. Cojo su brazo con cuidado y paso las yemas de los dedos sobre el número.
—La quemadura se ha curado pero no hay forma de borrar la cicatriz —explica. Lo miro a los ojos sintiéndome culpable—. Yo también lo siento. A veces es difícil olvidar todos los prejuicios que me han inculcado; y Nate es mi mejor amigo, no quiero que sufra.
—Te comprendo. ¿Sabes qué? Rompí con Nate con la excusa de que estaba harta de que me hiciera daño, para alejarlo de mí, para que no sufriera cuando llegara el momento. Cuando se entere de quien soy me odiará y no puedo soportarlo —Rory sonríe con dulzura.
—Ambos pensáis que os vais a hacer daño. Que irónico. Quizás estéis hechos el uno para el otro. Un trágico amor imposible, un Romeo y Julieta moderno con el obstáculo de lo sobrenatural de por medio.
Lo miro divertida.
—Para el carro, Shakespeare —le digo. Él me guiña un ojo—. Y ahora vas a deshacer el hechizo de Lily.
Rory suspira y alza los ojos al cielo.
—Ya está deshecho —no suena muy contento—. Tu amiga Lily… Ella, bueno, ¿sabe algo de esto?
Sé que se refiere a todo el asunto de la magia. Pero lo que me llama la atención es la forma en la ha hablado de Lily. Abro la boca con sorpresa y enseguida una gran sonrisa aparece en mi rostro.
Esto sí que es irónico. Romeo, Romeo, como hieras a Julieta te haré más que una quemadura —Rory parece bastante preocupado así que suavizo mi tono—. Te advierto que la química no será suficiente para conquistarla, pero me ha hablado de ti; y eso es muy importante porque no suele fijarse en cualquiera —sus ojos se llenan con un brillo de esperanza. No puedo evitar sonreír.
Recorro el aparcamiento con la vista y mis ojos se encuentran con los de Nate. Me da un vuelco el corazón. Él se acerca hasta nosotros sin apartar sus ojos de los míos. Rory me suelta inmediatamente al verlo.
—Voy a morir —me susurra al oído. Suelto una pequeña risita y lo miro de reojo.
—Scarlett ya te ha matado. Después de arder así esto te será pan comido.
—Ya veremos.
—He venido a por ti —dice Nate. Alzo una ceja interrogante—. Las clases están a punto de empezar.
—Claro —me giro hacia Rory y le guiño un ojo—. No vuelvas a hechizar a nadie, Romeo.
—Descuida.
Nate y yo permanecemos en silencio mientras caminamos de vuelta al instituto. Es muy incómodo tenerlo al lado y no tocarle, hablarle, ¡incluso pegarle! Pegarle una paliza sería mucho menos incómodo. Aun así no me atrevo a decir nada. Soy yo la que está enfadada y si le hablo creerá que todo está olvidado.
Paro ante mi taquilla y cojo la bolsa de deporte. Nate sigue a mi lado, mirándome de una forma tan intensa que me hace estremecer. Quiero apartarle ese pelo color chocolate de los ojos, para ver lo azules que son. Quiero acariciarle la mejilla y decirle que todo va a estar bien, que no le odio, que todo es simple teatro. Pero más que nada quiero que me bese. Necesito sentir sus labios sobre los míos, sus manos acariciándome, su cuerpo, su calor. La química.
—¿Está arreglado? —me pregunta. Tardo unos segundos en contestar.
—¿Lo de Lily y Rory? —pregunto frunciendo el ceño. Él niega.
—Lo nuestro.
Veo como sus ojos brillan esperanzados, aguardando con ansiedad que responda esa pregunta que puede cambiar tantas cosas. Respondo. Respondo con unas palabras que le hieren el alma y que hacen trizas su corazón. Con unas palabras que rompen el hielo de sus ojos para dar paso a un mar de lágrimas a punto de desbordarse.
—No. Claro que no.
Nate traga saliva intentando mantener la compostura. Aparto la mirada porque me duele mucho verlo así; por mi culpa, y sabiendo que con una respuesta diferente puedo hacer que sonría y se olvide del dolor.
—Entonces supongo que sigo jugando con fuego —me coge de la barbilla obligándome a mirarle— y que voy a quemarme.
Sus ojos vuelven a ser una pared de hielo y el fuego vuelve a arder en mis venas. Todo como el día en que nos conocimos. Sonrío. Mantener esta pelea es mucho mejor que el silencio y ambos lo sabemos.
—Por supuesto. Puedes preguntarle a Rory cuánto duele, él ya se ha quemado.
Las comisuras de sus labios se alzan en una torcida y matadora sonrisa. Suelta mi barbilla suavemente y se aleja por el pasillo dando zancadas. La gente empieza a salir del comedor en busca de sus cosas antes de entrar a clase. Me tapo la cara con las manos y suelto un largo suspiro. Parece que mi guerra con Nathan Johnson ha comenzado de nuevo. Esta vez tendré que usar toda mi artillería pesada para no sucumbir ante él.
***
—¿Te he dicho alguna vez cuánto odio la natación? —me pregunta Lily. Mi Lily, la normal sin embrujar. Mira al agua con una mezcla de terror y odio nada sana. Sonrío.
—Cada vez que damos clase. Anda, tírate al agua de una vez y no lo pienses más.
Ella me mira con cara de fastidio antes de realizar un perfecto salto de cabeza. Sus padres la obligaron a competir en natación hasta que cumplió 14 años a pesar de que siempre había odiado el deporte. Lily tenía que ir a entrenar todos los días y debía levantarse a las 5 de la mañana.
—¿Nunca vas a aprender a quitarte de en medio? —me giro hacia Nathan con cara de pocos amigos. Apenas me da tiempo a admirar su perfecta figura; el muy cabrón me coge en brazos y me lanza a la piscina.
Saco la cabeza a la superficie y escupo toda el agua que me ha entrado en la boca. Gracias a Dios que me he puesto las gafas o todo el cloro me habría entrado en los ojos.
—Nate 1, Cassie 0 —dice con una burlona sonrisa en el rostro.
Nado hasta el borde de la piscina para acercarme hasta él. Sostiene el gorro y las gafas en la mano; la mayoría ya los llevamos puestos y parecemos marcianos de esos que salen en las películas malas de ciencia-ficción. Sin embargo él luce como un perfecto Adonis. Con los músculos de los brazos y el abdomen marcados de una forma muy sexy y el cabello revuelto cayéndole sobre los ojos hielo. Incluso el horrible bañador que nos hacen llevar le queda bien
—¿Te gusta lo que ves? —su sonrisa burlona es sustituida por una engreída.
—Eso no voy a negártelo. Hasta la entrenadora Phillips te está mirando embobada.
Me impulso hacia atrás cuando Nate se gira para mirar a la profesora, que está metiendo prisa a las últimas rezagadas, y justo cuando vuelve la cabeza hacia mí, pego una patada en el agua y le salpico.
Nate me mira empapado y atónito.
—Cassie 1, Nate 1 —y me alejo nadando con una sonrisita de suficiencia.
La clase transcurre sin muchos incidentes hasta prácticamente el final. Cuando la entrenadora nos dice que juguemos un partido de waterpolo chicos contra chicas.
—Voy a ir a por ti —dice Tom señalando a Becky
—Esto va a ser divertido —murmura Lily. Mis ojos se encuentran con los azules de mi enemigo de forma instintiva. Lily se ríe a mi lado—. Muy, muy divertido. Y quiero capitanearlo. ¿Alguien en contra?
Nadie contesta. Lily tiene esa mirada diabólica que indica que nada ni nadie puede interferir en sus planes maléficos. Esa mirada que casi roza la locura. Casi.
Los chicos se reúnen en un corrillo para discutir la táctica. La mirada de Lily se vuelve aún más perversa y con un gesto nos indica que nos reunamos nosotras también.
—Cassie, tú defenderás a Nathan. Paula a Kevin. Becky tú irás a por Tom.
—¡No! Tom no, por favor. Yo defenderé a Kevin.
Paula y Lily comparten una mirada cómplice y niegan al mismo tiempo. Becky me mira suplicante. Me encojo de hombros e intento mostrarle una sonrisa tranquilizadora, pero a la pobre no le sirve de nada.
—Bueno chicas, —dice Lily— quiero que lo deis todo. Vamos a enseñarle a esos neandertales de lo que somos capaces las mujeres.
Nos colocamos en nuestras posiciones, la entrenadora pita y el partido comienza.
***
Justo cuando cruzo la puerta de la clase de francés recuerdo que tengo que sentarme con Nathan. Mierda. Voy a tener que soportarlo toda una hora mientras me restriega que han ganado el partido. Lily me sonríe dándome ánimos, con una mirada un tanto culpable porque hemos perdido por su culpa.
Me siento junto a Nate tratando de ignorarle pero es bastante difícil cuando está mirándome fijamente con una sonrisa de triunfo.
—Nate 2, Cassie 1 —me susurra al oído.
—Sólo hemos perdido por un punto y en el último minuto. Hemos dominado el resto del partido —lo fulmino con la mirada.
—Pero habéis perdido.
Aprieto los puños con fuerza y trato de concentrarme en la clase. Bill está explicando como se forma el passé composé. Lo divide en tres grupos. Los regulares e irregulares que se forman con el verbo avoir más un participio y 14 verbos especiales —intransitivos— que se forman con el verbo être más un participio que cambia según el género y el número del sujeto.
Rebusco en mi mochila en busca de los deberes de matemáticas. Los números no se me dan tan bien como los idiomas. Entonces me doy cuenta de que he olvidado la bolsa de gimnasia en los vestuarios de la piscina. Mierda.
—¿Qué pasa, Griffin? —al parecer Nate tampoco está prestando mucha atención a la clase.
—Nada que te importe, Johnson —le espeto.
—Todo lo que haces me importa —lo miro incrédula—. Tienes que conocer muy bien a tu enemigo para poder derrotarlo. Mejor que a ti mismo, de hecho, así que me importa lo que haces y…
—Me he olvidado la bolsa de deporte en el vestuario. ¿Contento?
Nathan sonríe con suficiencia y me deja en paz. No creo que eso sea muy buena señal. Seguro que está tramando algo y sea lo que sea ese algo va dirigido a mí. Tendré que planear el próximo asalto o voy a perder este dichoso jueguecito, cosa que no pienso permitir. Yo he sido la primera en declarar la guerra abiertamente así que yo tengo que ser la que gane.
En cuanto suena la sirena salgo pitando de clase a buscar la bolsa. Recorrer los pasillos a contracorriente no es tarea fácil, sobre todo si tengo que atravesar el instituto de punta a punta —como en este caso—, pero no me queda otra si quiero llegar a la piscina.
Cuando abro la puerta me recibe un silencio sepulcral y unas aguas en calma. Hasta que lleguen los del equipo de natación todo permanecerá así de tranquilo. Corro hasta el vestuario de chicas. Con las luces apagadas y sin el ruido de las duchas o de las chicas cotorreando parece aún más solitario que la piscina, es como entrar en un universo paralelo.
Encuentro mi bolsa encima de uno de los bancos. No entiendo como he podido olvidarla. Aunque dado que últimamente han pasado bastantes cosas no es de extrañar. Seguramente tendría la cabeza en otra parte. O estaría pensando en Nate.
Salgo del vestuario, ahora sin ninguna prisa. Me quedo plantada a mitad de camino de la puerta de salida. Intento que la sorpresa no se me refleje en el rostro.
—¿Qué haces aquí? —pregunto. Nathan me sonríe con aire misterio mientras anda hacia mí.
—Venía a asegurarme de que no te ahogabas en la piscina por accidente.
Él me aparta un mechón de pelo de cara y deja su mano en mi mejilla. Me quedo un momento embobada, sintiendo la química y perdida en el hielo de sus ojos. La luz de la piscina juega con las sombras en su cara marcando más sus pómulos, su nariz recta…
—Obviamente estoy muy bien —digo, tratando de aclararme los pensamientos—. Y ahora si me disculpas.
Nate me atrapa entre sus brazos impidiéndome el paso. La bolsa de deporte se me escapa de las manos y cae al suelo rompiendo la quietud del ambiente.
Todas las células de mi cuerpo me dicen que me acerque más a él. La química es como una droga; cuanta más tomas más quieres y cuando tratas de abstenerte, bueno, simplemente no puedes. Vuelves a caer, es una espiral infinita, un agujero negro y cuanto más te resistes más te traga.
—Nate, ¿qué quieres?
—A ti —acerca sus labios a los míos. Al parecer él tampoco puede resistirte.
—Johnson, no te atrevas —giro la cabeza y echo el rostro hacia atrás intentando evitar sus labios—. Eres un completo idiota. ¿Qué parte de si juegas con fuego acabas quemándote no has entendido?
Él suelta una pequeña risita.
—La parte en la que te niegas a besarme no la entiendo muy bien —pongo los ojos en blanco y trato de no sonreír.
—Esto es la guerra —digo—. No puedes besarme y punto.
—Pero en el amor y en la guerra todo vale. Y si no me equivoco, esto es ambas cosas.
Me coge de la barbilla para que lo mire. Mis neuronas se apagan en ese mismo instante y mi cuerpo se acerca al suyo por puro instinto y deseo. El deseo de cerrar los ojos y sentir sus labios sobre los míos.
—Eh, esto… Chicos —Kevin está parado a unos metros de nosotros—. Siento interrumpir pero Daisy me ha dicho que os preparéis la escena 10 para el miércoles.
—Oh, no interrumpes nada —Nate se gira hacia Kevin arrastrándome con él—. Tan solo le decía a Cassandra lo bien que le sienta la ropa mojada.
Y al segundo siguiente estoy cayendo a la piscina. Será gilipollas. Nado hasta la superficie en busca de aire con el que llenar mis pulmones. Nate está en el borde, mirándome con una sonrisa perversa; no hay ni rastro de Kevin —ha huido el muy cobarde.
—YO. TE. MA. TO.
Salgo de la piscina y corro tras Nate que se ha dado a la fuga. Lo acorralo entre las gradas. Estoy a punto de abalanzarme sobre él cuando mis zapatillas resbalan en el suelo y caigo encima de él. Al menos es Nathan quien se lleva lo peor del golpe.
—Mierda Cassie, ¿no te han enseñado a tener cuidado cuando el suelo está mojado?
Me estrujo el pelo sobre su cara y luego lo rodeo con mis brazos en un abrazo mortal. Él suelta un grito de protesta.
—El suelo no está mojado. Yo soy la que está empapada y ahora tú también.
Nate gira hasta quedar sobre mí. Me mira de arriba abajo con un brillo de perversión en sus ojos.
—Definitivamente te queda muy bien la ropa mojada.
Mi mano vuela automáticamente a su mejilla. Nate no se sorprende lo más mínimo, al contrario, suelta una carcajada. Noto mis mejillas encendidas por la rabia. ¿Qué coño le pasa hoy? Estoy empezando a replantearme eso de la bipolaridad.
—Me encanta cuando te enfadas —me dice.
Antes de que pueda replicarle se levanta y recoge mi bolsa, que se ha quedado en la otra punta de la piscina. Me pongo en pie con un suspiro exasperado. ¿Se supone que debo regresar así de empapada a casa? Ni hablar.
—Tú —Nate me mira interrogante—. Vamos a firmar un alto al fuego.
—Sólo si lo sellamos con un beso —me guiña un ojo.
—Primero me vas a llevar a casa, después vamos a ensayar la escena y luego… ya veremos.
—Como usted ordene, señorita Elisabeth.
***
—¡Cassie! Tu padre y yo vamos a… Hola Nathan.
—Señora Griffin —saluda Nate.
—Tenemos una cena muy importante en casa de George Harrington con unos clientes y tenemos que marcharnos ya —explica mi madre. Lleva el pelo recogido en un moño y un vestido verde muy elegante—. Lo siento cariño.
Mi padre baja las escaleras a toda prisa. Poniéndose bien la corbata.
—Hola chicos —dice, y segundos después entra en el garaje para sacar el coche perdiéndose de vista.
Mi madre me abraza antes de seguirle.
—¿Por qué estás mojada? —mi mirada asesina señala a Nate como culpable— ¿Va a quedarse a cenar?
—No lo sé. ¿Vais a volver muy tarde?
—No lo sé.
Cuando finalmente se marcha suelto un profundo suspiro. ¿Alguna vez pasaré un día en casa con mis padres?
—Te pareces a ella —comenta Nate.
Lo ignoro completamente y subo las escaleras. Pienso darme una ducha bien caliente antes de ensayar o pillaré una buena pulmonía. Entro en el cuarto de mis padres para robarle una camiseta y un pantalón de chándal que le puedan estar bien a Nathan. No es que me preocupe mucho su salud, pero no quiero que vaya dejando una huella mojada a su paso.
Él se queda en el marco de la puerta, con los brazos cruzados, mirándome atentamente. Le lanzo la ropa a la cara y la coge antes de que caiga al suelo. Me mira sin entender.
—Por Dios, pensé que eras un poco más listo —paso junto él y lo empujó dentro de la habitación—. Cámbiate —digo, cerrando la puerta tras de mí.
Cuando entro en mi habitación todos mis músculos se relajan inmediatamente. Desde pequeña, estar en mi habitación con la puerta cerrada significaba libertad para hacer lo que quisiera, ya que nadie iba a molestarme; podía incluso hablar en voz alta con Scarlett, es decir, podía ser yo misma.
Cojo mi pijama. Sinceramente no me importa mucho que Nate lo vea. Es un pantalón largo azul y una camiseta de mangas cortas básica. Los pijamas con dibujitos no son lo mío debido a mi inexistente infancia. Me acerco al cajón de la ropa interior.
—¿Qué haces? —Nate se tira en plancha en mi cama y se apodera de uno de los cojines.
—Voy a ducharme —digo. Sus ojos se abren como platos y una pícara sonrisa aparece en su rostro.
—¿Puedo unirme a ti?
—No —respondo cortante. Cierro el cajón de la ropa interior y me encierro en el baño antes de que pueda replicar.
***
—Suena muy exagerado —llevamos toda la tarde repitiendo las mismas dos frases. Tan solo mi “cabezonería y perfeccionismo” (palabras textuales de Nate) nos mantienen aquí—. Imagínate… no sé, imagina aquel día que me salvaste del violador.
—Prefiero no pensar en eso nunca jamás en mi vida —dice.
Aun así lo intenta y para alivio de ambos sale bien. Me levanto del suelo —en esta escena apenas digo tres palabras; me paso la mayor parte del tiempo desmayada— y bostezo. Estoy bastante cansada.
—Menuda colección de libros que tienes aquí. ¡¿Esto es el Quijote?! —Nate me mira con el ceño fruncido—. La Odisea. Dios mío, Cassie, ¿has sido normal alguna vez?
—La gente ahoga sus penas en el alcohol o las drogas, yo las ahogo en los libros —me acerco a la estantería. La mitad está ocupada por sagas juveniles y la otra por clásicos de la literatura y libros de historia—. Si quieres te presto alguno.
Sus ojos brillan fascinados mientras  lee detenidamente todos los títulos. Una sonrisa tierna se abre paso en mi rostro y unas ganas irresistibles de abrazarlo se apoderan de mí. Oh, por favor, hace menos de un mes que le conozco, ¿cómo puede gustarme tanto?
—¿Te quedarás a cenar? —le preguntó.
—Hmm —Nathan se vuelve hacia mí—. Verás, he estado pensando en una cosa a lo largo del día y he llegado a la conclusión de  que soy un completo idiota por creer que te habías enfadado conmigo. Sé lo que estás haciendo, porque es lo mismo que hacía yo hasta el viernes así que por favor Cassie, para —niego con la cabeza y doy un paso atrás incapaz de estar cerca de él o sostenerle la mirada—. Tratas de alejarme de ti para protegerme, no tengo idea de qué, pero te diré que no me importa correr riesgos por ti. Quiero estar contigo. Así que me quedaré a cenar si accedes a ser mi novia oficialmente. ¿Trato hecho?
Consigo que mis ojos se encuentren con los suyos. Comprendo entonces que por mucho que los dos pretendamos odiarnos y alejarnos el uno del otro jamás podremos, los sentimientos que están surgiendo entre nosotros son demasiado fuertes. Nate me tiende una mano. Su estrella lanza algunos rayos azules.
—Por favor.

Esas palabras hacen que finalmente me decida y coja su mano.

3 comentarios:

  1. A ver cuándo subes nuevos escritos Carmen... Que nos tienes a pan y agua desde hace meses!! :D

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    1. jajaja sí... Juro que ayer abrí el documento word y pensé eso mismo. Hoy empiezo el capítulo 25 y cuando lo acabe lo subo! Gracias por leer <3 XOXOXO

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  2. WOW.
    ...Qué estilazo!!
    Suerte en la vida, Carmen.

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