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miércoles, 7 de agosto de 2013

Capítulo 16

Estoy tan débil que ni siquiera puedo abrir los ojos y la oscuridad me reclama a cada segundo, pero tengo que mantenerme consciente. Voy a luchar hasta el último segundo. Me duele todo el cuerpo y los pulmones me arden por la falta de oxígeno.
̶            No puedo hacerlo.
̶            Sí puedes – contesta una voz femenina.
̶            Ayúdame, no puedo hacerlo solo.
̶            Cuanto más tiempo pasemos discutiendo esto menos le queda a ella de vida. Si quieres puedo llamar a Elektra.
̶            No.
Oigo pasos que se alejan.
̶            Maldita sea, Cassie ¿no te enseñaron a evitar los callejones oscuros? ¡Hasta un niño de cinco años sabe eso!
Su mano golpea mi pecho con fuerza, el dolor empieza a extenderse a todas partes desde mi corazón y pierdo la consciencia.
Los parpados parecen pesarme toneladas cuando los abro. La luz de una lamparita me ciega inmediatamente. Cuando mis ojos se acostumbran descubro a Nathan sentado en una silla junto a la cama. Tiene sombras oscuras bajo los ojos – fijos en mí – y parece bastante cansado. Alargo mi mano hacia él y me doy cuenta de que tengo el brazo izquierdo en cabestrillo. Un gemido se escapa de mi boca.
̶            No te muevas – Nate se levanta de la silla y me incorpora en la cama con sumo cuidado poniendo algunos cojines y almohadones a mi espalda. Coge una taza humeante que hay junto a la lámpara de la mesita de noche y me la tiende – Bébetelo, te sentará bien.
Me acerco la taza a la nariz, huele a canela, vainilla y a limón.
̶            ¿Qué es? – mi voz suena un poco ronca. Me aclaro la garganta.
̶            Una infusión – “¿No me digas?” pienso, pero no lo digo en voz alta, no tengo ganas ni fuerzas para discutir –. La ha hecho mi madre.
“Cuanto más tiempo pasemos discutiendo esto menos le queda a ella de vida” el recuerdo de la voz de su madre llega tan espeso y nublado a mi mente que quizá lo haya soñado. Soplo un poco y doy un sorbo. Está realmente delicioso.
Dejo que mis ojos vaguen por la habitación mientras me bebo la infusión. Las paredes son naranja y las estanterías están llenas a rebosar de libros. El escritorio está frente a la cama, hay un montón de papeles desordenados sobre él y un flexo. El armario está abierto y se ven todas las ropas amontonadas unas encima de otras y los cajones abiertos, algunas prendas se han caído al suelo. El único rincón ordenado de la habitación está ocupado por una guitarra acústica.
̶            Podrías ordenar un poco la habitación – digo.
̶            ¿Cómo te encuentras? – pregunta él ignorando mi comentario.
̶            Bien. Dentro de lo que cabe, claro. ¿Por qué no me llevaste a un hospital? – él me mira y aprieta los dientes, veo como se tensan los músculos de sus mandíbula.
̶            No había tiempo – dice con voz queda.
̶            El hospital está a diez minutos, creo que…
̶            Cassie – me interrumpe. Aparta la mirada –. Te estabas muriendo. Créeme, no hubieras aguantado ni cinco minutos. Estabas tirada en un charco de tu propia sangre.
̶            Lo recuerdo – él me mira, sus ojos se han vuelto más azules, más oscuros.
̶            Tuve que traerte aquí con un hechizo y lo primero que hice fue llamar a mi madre a gritos. Ella detuvo la hemorragia y te examinó. Te mantuvimos flotando sobre la cama para que no mancharas nada. Toda tu ropa, tu cara, tu pelo dorado, ¡era rojo Cassie! Todo lleno de sangre. Mi madre te lavó todo lo deprisa que pudo y te puso ropa limpia – me inspecciono la ropa. Es una camiseta grande de color blanca y con el cuello de pico. La que llevaba Nate el primer día de clase –. Me dijo: “Costillas y brazo izquierdo roto y una brecha en la cabeza con chichón incluido. Sabes como hacerlo.” Pero una cosa es saberse un hechizo de memoria y otra llevarlo a cabo, – me mira lleno de angustia – podría haberme equivocado y ahora mismo no estarías aquí – estoy a punto de comentar que le escuché hablar con su madre, pero cambio de idea, prefiero guardarlo como algo especial, como un secreto. Tengo que evitar que una pequeña sonrisita aparezca en mi rosto.
Me llevo la mano al pecho distraídamente, justo en el sitio donde Nate me golpeó. Él me aparta un poco la camiseta y veo una luz, del mismo color que el poder de Nate, azul hielo. Es como si mi corazón fuese una bobilla y la luz me atravesara la piel.
̶            El hechizo no ha hecho todo su efecto aún. Tienes que descansar. Duérmete.
̶            Nate, – me mira, el cansancio parece haber aumentado en él – ese hombre…
̶            Le di una buena paliza – sus ojos miran la pared.
̶            Ese hombre… llegó a… a…
̶            No – dice rápidamente cuando comprende lo que quiero decir. Su voz se vuelve gélida y sus ojos me recuerdan al callejón, recuerdo lo que pensé entonces cuando los vi, me dieron miedo, eran hielo azulado que querían teñirse de rojo sangre – Llegué justo a tiempo de evitarlo. Pero si te hubiera tocado, ten por seguro que lo habría matado – un escalofrío me recorre –. Y ahora duerme.
̶            No tengo sueño.
̶            Duerme o te haré dormir – hay cierta amenaza en sus ojos, pero nada comparado con lo de antes.
Me pongo de lado para poder verle mejor, suerte que puso la silla en el lado derecho de la cama, aun así noto una punzada en las costillas cuando lo hago. Tengo un vendaje alrededor de ellas y otro en la cabeza, aparte del pañuelo que me sujeta el brazo al  pecho. Le lanzo una mirada antes de cerrar los ojos.
Me es imposible dormir. Noto su mirada clavada en mí todo el tiempo, ni siquiera estoy adormilada, ni siquiera estoy relajada. Suspiro y abro los ojos.
̶            No puedo dormir – digo, él me mira divertido.
̶            Está bien.
Acerca más la silla a la cama. Me quita el vendaje de la cabeza y empieza a canturrear algo que no entiendo. Algo se remueve inquieto en mi interior, o alguien. Un rizo me cae por la frente, húmedo. Él lo aparta con delicadeza, mi cuerpo se estremece cuando me roza la piel con sus dedos. Me acaricia la mejilla. Algo en mi interior se duerme, o alguien. Noto como mis párpados se van cerrando mientras la canción avanza, tranquila, pausada, relajada. Veo una sonrisa traviesa, aunque dulce, en la cara de Nate antes de dormirme yo también.
Vuelvo a despertar. Muy lentamente abro los ojos. Nathan sigue en la silla, despierto. Las sombras bajo sus ojos son más oscuras. No me sonríe cuando se da cuenta de que he vuelto a despertar.
̶            Aún sigues ahí – digo bostezando. Él me dirige una mirada inexpresiva – ¿Cuánto tiempo piensas quedarte sentado?
̶            Todo el fin de semana – responde.
̶            ¿No vas a dormir?
̶            Estás en mi cama – dice como si eso lo explicara todo. Pongo los ojos en blanco.
̶            En esta cama caben al menos tres personas.
̶            No voy a dormir contigo – estiro el brazo derecho y lo atrapo por la muñeca.
̶            Si tú no duermes yo tampoco – él me mira dolido.
̶            Eso no es justo Cassie. Tú necesitas descansar para recuperarte, yo no. No me gustan los chantajes – añade.
̶            Nathan Johnson, – tiro de su muñeca hacia mí – no me hagas suplicar.
Él se levanta de la silla de mala gana. Yo me echo al otro lado de la cama con cuidado. Se quita la camiseta y los zapatos y se tumba a mi lado. Me sonríe con cansancio y me baja el escote de la camiseta para ver como va el hechizo. La luz es más tenue que antes y palpita con cada latido del corazón. Pone una mano en mi cintura y la introduce por dentro de la camiseta alzo una ceja. Mi corazón se acelera cuando roza mi piel.
̶            ¿Qué…
̶            Vaya – dice observando la luz palpitar más deprisa –. Relájate, se te va a salir el corazón.
̶            Es muy fácil decir eso cuando no tienes la mano de un tío metida dentro de la camiseta – respondo enfadada.
Me lanza una sonrisa furtiva y aparta la sábana hasta la altura de mis caderas. Después me sube la camiseta hasta debajo del pecho. ¿Qué diablos está haciendo? Él se ríe al ver la expresión horrorizada de mi cara. ¿Acaso me ha salvado de un violador para violarme él mismo? Con sumo cuidado empieza a retirar el vendaje de las costillas. Suelto el aire que estaba conteniendo. Él sonríe al darse cuenta. Se sienta en la cama para poder ver mi costado izquierdo. Chasquea la lengua. Bajo la mirada y veo una gran mancha de color morado verdoso. Suelto una exclamación cuando Nate me toca el cardenal con los dedos.
̶            La fractura del codo era limpia, pero las costillas estaban astilladas y un poco desplazadas. He tenido que hacer varios hechizos antes de soldarlas.
̶            Ya no duele tanto – digo el me mira a los ojos algo enfadado.
̶            Sí que te duele. Es lo que más te duele.
Me aparta el pelo a un lado y deshace el nudo del pañuelo que me sujeta el brazo. Lo tira a la silla junto con la venda de la cabeza y me ata la de las costillas. No entiendo por qué. Tampoco es que sirva de mucho.
̶            Prueba a mover el brazo – dice mientras termina de arreglar el vendaje y me pone bien la camiseta.
Flexiono el codo un par de veces, giro el antebrazo, muevo la muñeca. Nada. Está perfecto. Se lo digo.
̶            Bien. Ahora a dormir.
Cierro los ojos y me recuesto en los almohadones. Nate pasa un brazo alrededor de mi cintura y me atrae hacia él. Mi corazón vuelve a latir a toda velocidad. Abro los ojos de par en par para mirarle. Sus ojos  están brillantes, tan cerca de los míos. Noto su aliento cálido en mi rostro. Se acerca más a mí hasta que nuestros labios se tocan. Es como una descarga eléctrica, hace que sus labios se vuelvan más apresurados y que busquen los míos con más necesidad. Su boca es cálida y dulce contra la mía. Nunca en mi vida he estado más despierta. Cada nervio de mi cuerpo rebosa energía y desea estar más cerca de él. Cada centímetro de mi piel en contacto con la suya pide a gritos que no me separe nunca de él. Su mano acaricia mi espalda y me estremezco. Mi corazón bombea sangre a un ritmo frenético. No quiero que acabe nunca. No quiero.
Pero él se separa de mí, despacio, como si le costara la misma vida. Apoya su frente contra la mía. Ambos respiramos entrecortadamente. Intento calmarme. Cierro los ojos y trago saliva, la poca que me queda. Mi cabeza se desliza hasta su pecho instintivamente, parece que sabe que es ahí donde debe estar y no en los almohadones.

̶            Te quiero – susurra en mi oído. Aunque no sé si estoy despierta o soñando ya.

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