̶
No
cogías el teléfono – dice Kevin.
̶
Ni el
fijo ni el móvil – dice Becky.
̶
Pasamos
al menos veinte veces por tu casa – dice Tom.
̶
Te
buscamos por todas partes – dice Paula.
̶
Cassandra
Griffin – dice Lily – ¡¿Se puede saber dónde has estado todo el fin de semana?!
̶
Sólo
por curiosidad, ¿esto lo habéis ensayado antes o ha sido algo espontáneo?
Lily me lanza una mirada asesina. Sonrío. No me
esperaba esta “calurosa” bienvenida al llegar al instituto. Más bien me esperaba
caras de sueño, pero ahí están todos, cruzados de brazos frente a mí aguardando
una respuesta, una respuesta que sale tan natural de mi boca que me resulta
hasta extraña.
̶
He
estado enferma.
̶
Tu
prima dice que le enviaste un mensaje diciendo que cancelabas la sesión de cine
en casa porque te encontrabas mal y la enfermera dice que cuando se iba a casa
el viernes vio como el señor Shepherp y Nathan te llevaban a la enfermería.
Todo parece encajar – dice Kevin colocándose bien las gafas.
̶
Me
dolía la cabeza y estaba algo mareada. Me he pasado durmiendo todo el fin de
semana.
̶
Primero: tú nunca jamás en la vida te has
puesto enferma. Ni un resfriado, ni una gripe, ni anginas, ni dolor de
garganta, la única enfermedad que te afecta es la tuya y por eso has tenido
dolores de cabeza de vez en cuando. Segundo: odias quedarte en la cama sin
hacer nada. Siempre te levantas la primera pase lo que pase, aunque te estés
muriendo. Así que no me mientas – Lily parece tan calmada que da miedo, síntoma
de que está bastante cabreada conmigo.
̶
He estado
enferma – vuelvo a decir.
Creo que alguien ha grabado esas palabras en mi
cabeza para que se repitan cada vez que me pregunten por el fin de semana. Me
pongo a pensar realmente en lo que he hecho, pero lo único que recuerdo es
haberme despertado esta mañana con la sensación de que me habían dado una
paliza porque me dolían todos los músculos. Lily sigue esperando una respuesta.
Nate pasa justo a nuestro lado y me lanza la mirada más fría del universo.
Entonces lo recuerdo todo. Nuestra charla en mi casa, el ataque en el callejón,
su cuarto desordenado.
̶
Si ha
sido por tu enfermedad…
̶
Perdona
– la interrumpo.
Me aparto de ellos y sigo a Nathan hasta que lo
alcanzo en la mitad del pasillo. Lo agarro por la camiseta y lo obligo a
mirarme.
̶
Eres
un cabrón – lo digo tan alto que todo el mundo se vuelve para mirarnos.
̶
¿Qué
pasa? – dice él frunciendo el ceño.
A pesar de ser alta me tengo que poner de puntillas
para llegar a su oreja.
̶
Me
bloqueaste los recuerdos – susurro, y me aparto para ver su expresión. Su rostro
ha empalidecido.
̶
No
deberías recordarlo.
̶
Tranquilo,
no es que tus poderes estén menguando, es que la magia no funciona en mí como
en el resto de la gente – él arquea las cejas – ¿Por qué lo has hecho? ¿Te
arrepientes de haberme contado todas esas cosas? ¿Te arrepientes de haberme
salvado la vida?
̶
Quería
protegerte.
̶
¿De
qué? – digo lanzándole una mirada inquisitiva.
̶
Ya lo
sabes.
De su padre, quiere protegerme de su padre. Suelto
un gruñido exasperado.
̶
Entonces,
¿vas a volver a ser borde conmigo? ¿Vas a tratarme mal para que te odie? Porque
te aviso, por muy enfadada que esté no puedo odiarte – él me sonríe.
̶
Tengo
que intentarlo – dice.
Me doy la vuelta para ir a mi taquilla. Está a punto
de sonar el timbre de la primera clase. Nate me agarra por la muñeca y me gira
hacia él. Su cara queda justo frente a la mía. Pone una mano en mi cintura y me
pega más contra él. Nuestros labios se encuentran provocando esa electricidad a
la que me estoy empezando a acostumbrar. Me dejo llevar y disfruto del beso, y
recuerdo que no es el primero que me da. Me estremezco. Cuando nos separamos me
doy cuenta de que un murmullo se ha extendido por los pasillos. Toca el timbre.
̶
¿Cuándo
vas a aprender a quitarte de en medio? – me dice y, me da un pequeño empujón
que me manda de vuelta con mis amigos.
̶
¿Alguna
vez te dije que del odio al amor había medio paso? – dice Lily.
̶
Cállate
Wilde – le contesto en tono borde, pero no puedo evitar sonreírle después.
***
Entro en el comedor muerta de hambre y con unas
ganas terribles de llevarme algo al estómago. Busco a mis amigos y los localizo
en nuestra mesa habitual, en uno de los rincones del comedor. Mientras me
acerco veo un tupperware encima.
̶
¿Tú
madre ha vuelto a hacer brownies? – le pregunto a Becky.
̶
En
realidad son cupcakes – dice ella. Me siento al lado de Tom, que no para de
tamborilear con los dedos en la mesa.
̶
Genial.
Podemos declarar los lunes como el Día Oficial de la Repostería. La semana que
viene podríamos traer tarta o bizcocho – nadie sonríe, nadie hace ningún
comentario – ¿Qué pasa?
̶
Hemos
pasado la mayor parte del fin de semana buscándote y preocupándonos por ti –
dice Tom enfado, sus iris son tan oscuros que apenas se diferencian de la
pupila – y tú te lo has pasado dándote el lote con Nathan e ignorándonos.
̶
No –
digo y los miro a todos uno por uno sintiéndome herida –. Estuve con Nate el
viernes porque me trajo a casa después del castigo, sólo estuvimos hablando. Y
no quiero que os preocupéis por mí. Os lo prohíbo. No, no puedo vivir así, viendo
la lástima en vuestros ojos cada vez que me recordáis cuando estaba enferma. Ahora estoy bien, no quiero…
Me levanto de la mesa y salgo del comedor.
Estúpidos. Son todos unos estúpidos, ¿es que no ven que estoy bien? ¿Es que no
ven que no necesito su ayuda? ¿Que no necesito que me compadezcan ni sientan
lástima por mí? ¿No ven que soy fuerte? ¿No ven que puedo arreglármelas sola?
¿Acaso piensan que soy débil? ¿Qué soy una frágil muñeca de porcelana a punto
de romperse?
Le pego una patada a una papelera que de pronto me
parece estorbar demasiado. Aprieto los puños hasta que los nudillos se quedan
blancos y las uñas de me clavan en las palmas de las manos. La sangre empieza a
correr más rápido por mis venas y siento que me arden las mejillas. Me apoyo en
la pared y trato de tranquilizarme. Respiro hondo intentando acompasar la
respiración con los latidos del corazón.
̶
Cassandra
– dice una voz con un claro acento francés.
̶
Pierre.
̶
¿Qué
haces aquí? ¡Becky ha hecho cupcakes!
̶
Ya lo
sé – le digo.
̶
Me ha
prometido guardarme uno – se pasa las manos por el pelo rubio y sus ojos verdes
relucen –. Acompáñame – me coge del brazo y me arrastra hasta el comedor. Me
paro ante las puertas. Pierre me mira con el ceño fruncido – ¿Qué te pasa?
̶
Me he
enfadado con ellos, – no tengo ni la más remota idea de porqué se lo estoy
contando a Pierre – creen que me he pasado el fin de semana por ahí mientras
ellos estaban preocupadísimos por mí –
pongo los ojos en blanco. Pierre empieza a reírse.
̶
Parece
la clase de pelea entre padres e hijos – sonrío, Pierre puede ser la persona
más engreída y fanfarrona del mundo, pero en el fondo es buena gente –. Vamos,
seguro que en cuanto me vean se les olvida la pelea – me guiña un ojo y le sigo.
Hay alguien apoyado en la mesa. Aunque está de
espaldas lo reconozco al instante. Becky mira en mi dirección y Nate vuelve la
cabeza para mirarme, su mirada es tranquila y calculadora, seguro que está
tramando algo. Le echa un vistazo a Pierre cuando éste se acerca a la mesa. Yo
me quedo un poco rezagada, tres pasos por detrás. Nate se despide y camina
hacia mí, se inclina para decirme al oído:
̶
Te
quieren mucho Cassie, no lo estropees por una tontería – por un momento
entrelaza su mano con la mía y la aprieta. Me estremezco. La suelta suavemente
y pasa junto a mí.
Ando hasta la mesa. Todos parecen sentirse algo
incómodos cuando me siento – esta vez al lado de Pierre – bueno, todos excepto el
mismo Pierre. A veces me pregunto si alguna vez se siente incómodo. Alargo la
mano hasta el tupperware y mi mano se encuentra con la suya. Nos miramos. Es el
último cupcake que queda. Suspiro.
̶
Cómetelo
tú – le digo a Pierre. Él lo coge y lo parte por la mitad.
̶
Compartir
también es una buena opción – dice. Acepto la mitas del cupcake con una
sonrisa.
̶
Podríamos
hacerlo.
̶
¿El
qué? – le digo a Becky con la boca llena.
̶
Lo
del Día Oficial de la Repostería. Pero con la condición de que no sea siempre
yo la que traiga las cosas.
̶
Me
parece bien – Tom se estira y se da una palmadita en el estómago. Paula alza la
mano.
̶
¿Sí? –
pregunta Beck.
̶
¿Tienen
que ser necesariamente hechas por nosotros?
̶
No,
puedes comprarlo en una pastelería o en el súper.
Paula asiente aliviada y creo que todos agradecen la
pregunta porque sólo Becky, Kevin y yo somos capaces de hacer algo comestible
en la cocina. Suena el timbre. El comedor pasa de ser un sitio tranquilo y
lleno de risas a un hervidero de gente gritando y corriendo de un lado a otro.
Cuando me levanto de la mesa mis ojos se cruzan con los ojos celestes de Lily,
no sé lo que les ha dicho Nate, pero sin duda ella sigue sin creerme.
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