̶
¿Cómo
está mi prima favorita? – me tiro en el sofá con el móvil pegado a la oreja.
̶
Bien
– respondo – ¿Y tú?
̶
¡Genial!
¿Qué vas a hacer mañana? – dice con entusiasmo.
̶
Nada,
de momento. ¿Qué estás planeando?
̶
Yo
pongo la peli y las palomitas y tú la casa y las bebidas. A las siete –suelto
una carcajada.
̶
Vale,
no te arruinaré tus perfectos planes. ¿Cuánto tiempo llevabas pensando en
ellos?
̶
Bastante
– dice con voz sombría y no puedo evitar imaginármela al otro lado del teléfono
entrecerrando los ojos para poner una cara misteriosa –. Cuéntame Cassandra,
¿has conocido algún chico en Europa? ¿Quizás un inglés bajo el cielo gris de
Londres con ese acento tan sexy que tienen? ¿O un español de piel morena y
ardiente que te llevaba de fiesta? –
Dice la palabra en español – ¿Un italiano que te susurraba palabras de amor
mientras veíais Venecia desde una góndola? ¿Algún francés te besó bajo la torre
Eiffel? Cuéntame Cassandra, cuéntame.
̶
Te
faltan muchos países por nombrar todavía, y aun así tendrás que esperar a
mañana para que te lo cuente. Cuéntame tú, Anna, cuéntame – digo imitando su
voz.
̶
Sí tú
no dices nada, yo tampoco. Tendrás que esperar a mañana – ahora es ella la que
me imita a mí –. Sólo te diré que me han dado la beca para estudiar piano.
̶
¡Eso
es fantástico! Me alegro muchísimo. ¿Cómo le sentó a Miriam?
̶
Como
una patada en el culo. Si vieras la cara que se le quedó cuando se enteró de
que la beca era para mí y no para ella… Se me ponen los pelos de punta con sólo
recordarlo – empieza a reírse –. Así se le bajarán esos aires de grandeza que
tiene. Oye tengo que dejarte, mi madre quiere que limpie los baños y será mejor
no hacerla enfadar.
̶
Vale
pero recuerda que…
̶
QUIERO
QUE MI CULO SE REFLEJE EN EL RETRETE – decimos al unísono.
Sonrío. Cuando teníamos doce años mi tía nos obligó
a limpiar los baños de la casa y dijo esa frase. Sin duda pasará a la historia.
Anna se la dirá a sus hijos, sus hijos a sus nietos, sus nietos a sus bisnietos
y así hasta el final de los tiempos.
Dejo el teléfono en la mesa y voy a la cocina. Al
hecho de que mi madre odie la cocina se le añade el de que está siempre fuera
de casa y la pobre nevera y yo sufrimos las consecuencias. La abro y está casi
vacía así que tendré que ir a comprar algo para mañana. Mi padre siempre tiene el detalle de dejarme
dinero para la comida.
Voy a la entrada y cojo las llaves y el dinero. Mi
mochila está justo donde la dejé al entrar, le doy una patada para apartarla de
mi camino y salgo a la calle. Hace rato que ha anochecido y las farolas
iluminan las calles con su luz amarillenta. Hace un calor sofocante,
probablemente uno de los últimos días que haga tanto calor, el otoño está a la
vuelta de la esquina.
Camino distraídamente por el vecindario. Todas las
casas tienen las luces encendidas, seguramente mis vecinos habrán cenado ya.
Paso delante de la casa de Nate. Es la más grande de todo el vecindario y
también la más antigua. De pequeños Tom y yo creíamos que estaba encantada y
por eso nadie la compraba. Resulta irónico que ahora vivan brujos entre sus paredes.
Tuerzo a la izquierda por un callejón para ahorrarme
tener que darle la vuelta a todo el supermercado. Está iluminado por una
bombilla que hay encima de la puerta por la que sacan la basura. Capto el aroma
a podredumbre que desprenden los contenedores, no es para nada agradable.
̶
Hola
guapa – un hombre se acerca a mí.
̶
Adiós
– le respondo.
̶
Uh,
pero si eres rebelde y todo – su aliento apesta a alcohol –. Ven conmigo, lo
pasaremos muy bien.
̶
Me
estás cortando el paso – digo.
̶
Vamos
preciosa.
Lo empujo a un lado y aprieto el paso para llegar al
final del callejón. Una gota de sudor me cae por la nuca.
̶
Zorra
– me doy la vuelta.
El hombre me empuja con violencia contra la pared.
Me doy un golpe en la cabeza y todo empieza a dar vueltas. Ahora veo dos
hombres que me miran mientras resbalo por la pared hasta el suelo. Me apoyo en
un codo para intentar levantarme. El borracho me pega una patada en el brazo y
caigo al suelo de nuevo. Noto un dolor punzante y agudo en el codo y grito de
dolor. La sensación de mareo aumenta. Todo empieza a volverse negro a mi
alrededor.
̶
Cállate
– dice y me da una patada en las costillas.
Al aire sale de mis pulmones a toda velocidad. Cuando
intento volver a coger aire me da otra patada y otra y otra. Mis pulmones
parecen arder y cada vez que respiro un fuerte dolor en las costillas me lo
impide. El hombre se agacha junto a mí y me desabrocha los pantalones. El
pánico me invade. No puedo hacer nada. ¡Nada! El golpe en la cabeza me ha
dejado demasiado mareada. Muevo el brazo derecho intentando golpearle. Atrapa mi
mano y la sujeta sobre mi cabeza. Mi mano toca algo líquido y pegajoso. Él está
sobre mí. Pego patadas al aire, intento debatirme, pero mi cuerpo no me
obedece, las fuerzas me abandonan. Algo húmedo cae por mi mejilla. Algo más que
una lágrima. Algo que sabe a metal más que a sal. Sangre. Ella se ríe. Imágenes
confusas empiezan a asaltarme. Una hoguera. Un número. Una copa. Un mar. Un
bosque. Una montaña. Ciudades. Gente. Iglesias. Catedrales. Fuego. FUEGO. Todo
arde. Todo mi cuerpo arde. No me asfixio en las llamas, estas llamas no
producen humo. Sólo queman lo que hay que quemar. Chillo. Grito. Mi corazón
quiere salirse del pecho. Abro los ojos.
Veo un cielo sin estrellas. Escucho gritos y voces
pero están muy lejos. No puedo llamar a nadie. No tengo voz. Giro la cabeza. Estoy
sobre un charco de mi propia sangre. Una risita nerviosa se escapa de mi
garganta. Ahora hay dos hombres. Dos diferentes. Uno chorrea sangre por la
nariz y sale corriendo. El otro le dice algo y lo mira con ojos de hielo. Se
acerca a mí. Tengo miedo. Sus ojos de hielo me dan miedo. Quieren venganza y
sangre, quieren teñir el hielo azulado de rojo.
Me aparta el pelo ensangrentado de la cara y ya no
tengo miedo. Pero sus ojos de hielo sí. Se derrite. Su hielo se derrite por mi
culpa. Por mi fuego. Su hielo cae en mi cara, está frío y salado. Lágrimas de
hielo.
̶
Cassandra
– dice, no entiendo lo que significa esa palabra es extraña para mí y a la vez
muy familiar.
Me coge en brazos. Y grito. El dolor es demasiado
fuerte. Sus ojos de hielo se desvanecen. El cielo sin estrellas se desvanece.
El callejón se desvanece. Todo se desvanece menos el dolor.
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