Las imágenes de Nate ardiendo en la hoguera no paran de asaltarme. Intento pensar en otra
cosa, pero me es imposible. Él es un brujo. Ahora todo tiene sentido pero, ¿por
qué ahora? ¿Por qué tan pronto? ¿Por qué…
̶
Cassie,
¿tienes algún… – Nate entra en mi habitación, giro la cabeza hacia él y lo veo
parado en la puerta, por su expresión debo de parecerle más muerta que viva –
libro? ¿Estás bien?
Hago un esfuerzo por levantarme de la cama y me
acerco a mi escritorio. Abro el primer cajón y de un doble fondo saco una
llave. Me agacho y la uso para abrir el último cajón. Rebusco dentro y saco el
libro de Nathan.
̶
Se me
olvidó dártelo. Espero que me devuelvas el mío.
Nate mira el libro y después a mí.
̶
No lo
he leído si es eso lo que te preocupa.
Me apoyo en el escritorio e intento levantarme. Nate
deja el libro sobre la mesa y me ayuda. Lo miro llena de rabia.
̶
No
necesito tu ayuda – le digo.
̶
Ya lo
creo que sí.
Me coge en brazos y me tira en la cama. Pone su mano
sobre mi corazón y murmura unas palabras. Al instante noto como los torrentes
de magia fluyen dentro de mí, es como la química pero cien veces más fuerte.
̶
No lo
entiendo – dice – todo está bien en ti y sin embargo está claro que algo va mal.
Vuelvo a sentir la magia y noto como el dolor va
desapareciendo. Me da un vuelco el corazón.
̶
¡Mi
dolor es mío, estúpido! Devuélvemelo. No necesito compartirlo con nadie.
La mirada de Nate está llena de sorpresa, curiosidad
y dolor. Aparto su mano de mi pecho y noto como el dolor vuelve a mí de golpe.
Respiro hondo.
̶
Fuera
de aquí.
̶
Cassie,
yo puedo ayudarte, puedo buscar una forma…
̶
¡¿Te
crees que no he recurrido a brujos y brujas mejores que tú?! Lo mío no tiene
solución – le grito –. Vete.
Nate no se mueve ni un centímetro.
̶
Joder
¡Qué te vayas!
Él camina hacia la puerta. Mi móvil empieza a sonar.
Busco en el bolsillo de mis pantalones y no lo encuentro.
̶
¿Diga?
– Nathan está junto al escritorio, debió de caérseme cuando me agaché a por su
libro – Sí, un momento.
Me pasa el teléfono.
̶
¿Cassie?
̶
Mamá,
¿qué quieres?
̶
Tu
padre y yo vamos a pasar fuera el fin de semana. Volveremos el lunes por la
noche.
̶
¿Otro
viaje de negocios?
̶
Sí –
suspiro, se pasan todo el día fuera de casa –. Oye, ¿quién ha cogido el
teléfono?
̶
Adiós,
mamá.
̶
Cassie…
Cuelgo el teléfono antes de que pueda seguir
preguntando. Escucho la puerta al abrirse. Sé que voy a arrepentirme de esto
más tarde pero creo que es lo justo y necesario.
̶
Nathan.
Él me mira. Me quedo atrapada en sus ojos un
instante. Veo que lo que una vez me parecieron chispas no es más que magia. Se sienta en el borde de
la cama. Le cojo la mano y miro su estrella, la luz azulada destella unos
segundos alumbrando la habitación en penumbra. Cuando nos tocamos el dolor
disminuye. Tomo aire despacio y me lleno de valor.
̶
Tú y
yo estábamos en un prado, abrazados, nos decíamos cosas.
̶
¿Qué
cosas?
̶
Cosas
– él alza una ceja –. Te quiero, ya sabes, cosas así. Nos besábamos y tú me
enseñabas tu poder. Siempre es así, cuando conozco a un brujo o a una bruja,
siempre sueño con ellos, me ensañan su poder, así es como descubro lo que son.
Depende de lo que me una a ellos tardo más o menos en saberlo. El caso es que
vinieron unos soldados – Nathan se ríe –. Imagina que estamos en la Edad Media,
¿vale? Y no me interrumpas.
̶
Vale,
vale. Edad Media y sin interrupciones, de acuerdo – me lanza una sonrisa.
̶
Yo
intenté liberarme, pero no pude y tú estabas inconsciente. Nos metieron en un
carro con más prisioneros. Nos tenían miedo, sabían que alguno de los dos
éramos brujos. Tenías el labio partido, así que corté un trozo de tu camisa y
te limpié la herida. Entonces te despertaste y me pediste perdón porque me
matarían por tu culpa y yo dije que no me importaba y me besaste. La gente de
la calle nos gritaba. El carro se paró y nos llevaron a un juzgado o algo
parecido. Estaba lleno de gente conocida, testigos, el Inquisidor y ella.
Siempre ella, manejando al Inquisidor a su antojo. Te condenaron a la hoguera y
yo me enfadé y fui corriendo hacia ella. Conseguí pegarle una patada y
escupirle. Me dijeron que tenía derecho a decir algo en mi defensa, pero no me
salieron las palabras así que te besé. Me dijiste que era incorregible – él se
ríe – y entonces el Inquisidor me condenó a la horca. Nunca me habían condenado
a muerte. Ella lo preparó todo y tú empezaste a arder en el Fuego Sagrado. Me
obligaron a mirar como ardías hasta convertirte en cenizas. Después me desperté
en la enfermería y ya sabes el resto.
Nate se queda un momento pensativo mientras juguetea
con los dedos de mi mano.
̶
¿Quién
es ella? – pregunta.
Trago saliva. No puedo decírselo, me odiará si lo
sabe.
̶
Creo
que ya he hablado bastante por hoy – digo.
̶
Vale
– dice para mi sorpresa –. Supongo que ahora debo explicarte mi “bipolaridad”.
̶
Tu
hermana te hechizó, ya me lo has contado.
̶
Ya,
pero no te he contado porqué te trato tan mal – alzo una ceja con curiosidad –.
Cuando te chocaste conmigo en el pasillo y me diste los libros, en ese momento
te toqué y sentí la química. Pensé que lo había imaginado porque fue apenas un
segundo, pero te traté mal. Yo quería que me odiaras. Pero mi hermana se enteró
de lo del balonazo y vino a hablar conmigo, me preguntó por qué me había
peleado contigo y le dije que me caías mal. No se lo creyó y siguió preguntando
hasta que me sacó la verdad. Entonces intentó razonar conmigo pero soy un cabezota
y no le quedó otra opción, me hechizó.
̶
No lo
entiendo. Elektra me dijo que yo te recordaba a algo de tu pasado.
̶
Sí.
Verás, a veces la química desaparece. Mi padre… él pegaba a mi madre y la
trataba mal. Mi madre intentó aguantar, pero al final cuando la química
desapareció del todo… Nos mudamos aquí hace un año.
̶
¿Tu
padre se llama Frederick? – Nate me mira algo perplejo y asiente – ¿Y yo te
recuerdo a él?
̶
Mi
padre pertenece a un aquelarre en el que se desprecia a los humanos, los
consideran inferiores, y como comprenderás casarse con un humano para ellos es
una vergüenza. Llevan toda la vida diciéndome eso y apareces tú y… – se le
quebró la voz – Lo primero que pensé fue que era imposible porque jamás podría
decirte que era un brujo, luego tuve miedo
de mi padre y de lo que podría hacerme si se enteraba y ahora tengo miedo de lo
que pueda hacerte a ti – él me acaricia la mejilla.
̶
Por
eso quieres que te odie, para alejarme de ti – comprendo.
̶
Sí.
Me levanto de la cama. El dolor ha desparecido por completo.
Nate me mira con el ceño fruncido y también se levanta. El aire vibra a nuestro
alrededor.
̶
Alguien
te vigila – dice Nate.
̶
Ya,
me visita dos veces al día.
̶
¿Quién?
̶
No lo
sé – digo mientras Nate coge el libro de encima del escritorio.
̶
¿Desde
cuándo?
Mi mente no encuentra la respuesta, sólo un vacío.
Suele pasarme cuando me preguntan por Europa.
̶
No me
acuerdo – y no miento.
Bajo las escaleras y espero a Nate en la entrada. Él
me mira y se ríe.
̶
Me
estás echando de tu casa, muy bonito.
̶
Ya
hemos hablado mucho por hoy, ¿no te parece?
̶
Sí. Esta
tarde vamos a ir al cine – me dice
̶
Ya lo
sé, pero no me apetece. Necesito descansar – él pone la mano sobre mi corazón y
la magia me recorre – ¿No te fías de mí?
̶
No, –
me contesta – pero parece que todo está bien. No siento tu dolor así que se
habrá ido.
̶
Sí y
tú también te vas a ir.
̶
Eres
mala – dice él ofendido, pero me sonríe – Adiós, pásatelo bien ahí sola.
̶
Adiós.
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