Abro los ojos sobresaltada. 617. Hago un pequeño cálculo
mental. Sólo quedan 49. Muy pocos. Poquísimos. Respiro hondo y miro a mi
alrededor. Estoy en la enfermería. Me levanto de la camilla despacio y me pongo
en pie. Mi mochila está en una silla al lado. La recojo y me dirijo hacia la
puerta.
̶
¿Dónde
vas?
Me doy la vuelta y el alma se me cae a los pies al
ver a Nate, el alma y la mochila. Me llevo una mano al pecho, donde sigo
sintiendo el dolor y los ojos se me inundan de lágrimas. Por supuesto que él
está vivo, pero verlo vivo justo después de haberlo visto convertirse en
cenizas es bastante chocante. Me acerco a él, tengo que comprobar si es verdad.
Le cojo la mano derecha y pongo su palma hacia
arriba. Ahí está, ahora la veo. La estrella brilla en esos momentos emitiendo
su luz azul. Miro a Nate. Su rostro es una máscara, no expresa ni la más mínima
emoción.
̶
Tú –
dice con voz ronca – ¿Quién eres?
̶
La
amnesia también puede ser tratada por el psiquiatra.
Nate no se ríe de mi chiste, pero no se me ocurre
que otra cosa decirle así que cambio de tema.
̶
¿Y el
señor Shepherd? – pregunto.
̶
Ha
ido a su despacho a recoger sus cosas. Volverá pronto.
̶
¿Cuánto
tiempo llevo dormida?
̶
Diez
minutos.
̶
¿Y tu
hermana? – el saca el móvil del bolsillo y mira los mensajes.
̶
Acaba
de llegar a casa. Y ahora es mi turno de preguntas.
̶
No, –
digo a toda prisa – aún tengo otra pregunta. ¿Por qué te has peleado con tu
hermana?
Él se queda un rato en silencio debatiendo en su
interior si contestarme o no.
̶
Ella
me hechizó. Hizo que fuera amable contigo, pero los hechizos no son para siempre.
Cuando iba hacia el comedor se ha desvanecido y he vuelto a ser yo.
̶
Ugh,
que tu hermana pequeña te haya hechizado ha tenido que herir mucho tu orgullo –
él se ríe (¡por fin!).
̶
Bastante
– confirma.
El señor Shepherd entra en la enfermería con un
suspiro. Se sienta en la silla y suelta su maletín en el suelo.
̶
Espero
que me des una explicación convincente – me dice.
̶
En la
carta le recomendaba a Nathan un psicólogo, él mío, y le decía que quizá lo
derivaran al psiquiatra, porque conmigo lo hicieron. Yo… tengo trastornos de
personalidad. Aunque nunca había hecho nada tan macabro como lo de hoy – digo
pensativa –, siempre hablo de brujas y brujos, de hogueras, de magia, pero de
ahí a escribir con mi propia sangre… Además Lily no me quitaba ojo de encima,
no sé como ha podido pasar. Por favor no se lo diga a mis padres, se
preocuparían todavía más.
̶
No se
lo diré a tus padres, por ahora, pero la próxima vez que pase algo así los
informaré de inmediato y al directo también. Pueden irse.
Recojo la mochila del suelo y salgo pitando por los
pasillos hasta la puerta del instituto.
̶
No te
vas a librar de mis preguntas por ir más rápido. Sé donde vives – dice Nate a
mi espalda.
̶
Juro
que contestaré a tus preguntas, pero por favor ahora no. Estoy muy cansada y
tengo que asimilar unas cuantas cosas. Mañana o dentro de un par de horas, sí,
pásate dentro de dos horas por mi casa.
̶
Entra
– Nate ha abierto la puerta del copiloto de su coche.
̶
Vale.
Entro en el coche y me dejo caer en el sillón con un
suspiro. Nate tarda unos segundos en entrar por el otro lado.
̶
Rumbo
a casa de la señorita Griffin.
Cinco minutos más tarde Nate aparca en la puerta de
mi casa.
Gracias por traerme.
̶
Gracias
por traerme.
̶
De
nada.
Bajo del coche y camino hasta la puerta de mi casa.
Saco las llaves de mi bolsillo y la abro. Suelto la mochila en la entrada y
escucho el ruido de la puerta al cerrarse. Yo no he cerrado la puerta.
̶
Me
encanta el suelo de parqué.
̶
¡Fuera
de mi casa!
Empujo a Nate hacia la puerta bastante cabreada.
¡¿Cómo se le ocurre colarse en mi casa?! Él no para de reírse mientras intento,
sin ningún resultado, sacarlo de mi casa.
̶
Tendrás
que comer más para sacarme de aquí – me sonríe, el muy guarro me sonríe.
̶
Me
diste dos horas – protesto dándome por vencida.
̶
Te
las voy a dar. Esperaré aquí de mientras, no tengo ganas de soportar a mi
hermana.
̶
Yo no
tengo ganas de soportarte a ti.
̶
Es lo
que hay – se encoje de hombros.
̶
Bien
– digo tratando de calmarme – ahí está el salón, a tu derecha, y la cocina a tu
izquierda, el baño está arriba al final del pasillo. Puedes hacer lo que te de
la realísima gana, como si estuvieras en tu casa.
Empiezo a subir las escaleras alejándome de él.
̶
Gracias
señorita Elisabeth, sigo pensando que es demasiado lista para ser una criada,
aunque no lo suficientemente amable.
Me paro antes de alcanzar el último escalón y me doy
la vuelta para dedicarle una mirada cargada de odio. Nate vuelve a sonreírme.
Respiro hondo y termino de subir la escalera.
Cierro la puerta de mi cuarto con un portazo y me
tumbo en la cama. Por fin un momento de descanso. Todos los músculos de mi
cuerpo se relajan y dejo que el dolor me invada.
No hay comentarios:
Publicar un comentario