̶
¡¿Cómo
has sido capaz de hacer algo así?! – grita Nate.
̶
Lo
necesitabas.
̶
No.
Se lo contaré a mamá, le encantará saber lo que has hecho – responde.
̶
Sí y
cuando le cuente porqué lo hice estará totalmente de acuerdo conmigo. Tienes
que olvidarte del pasado y abrir los ojos Nate, papá ya no está – Elektra se
cruza de brazos y mira desafiante a su hermano.
Él suelta una amarga carcajada.
̶
Lo
que has hecho es algo propio de él. Obligar
– escucho la palabra algo distorsionada – a alguien aunque sea “por su
bien” puede ser un delito. Si el Consejo se entera…
̶
No se
enterarán a no ser que se lo cuentes. Por mucho que lo intentes no puedes darle
la espalda a ese sentimiento. Acabarás explotando y harás alguna locura.
̶
¡Tú
no sabes lo que siento! – grita Nate – Como vuelvas a acercarte a ella se lo
diré al Consejo.
̶
Uh,
que miedo.
Nate aprieta los puños y se acerca a su hermana
amenazante. Salgo de mi escondite y me acerco a ellos.
̶
Ya basta,
Nate – digo.
Él se gira hacia mí y sonríe, y el hielo aparece en
sus ojos y la sangre empieza a hervir en mis venas.
̶
Cassandra.
Llegas justo a tiempo, también quiero hablar contigo.
̶
Si
vas a seguir gritando será mejor que vayamos a otro sitio. Estás llamando mucho
la atención.
̶
Sígueme
entonces.
Nate se aleja entre la multitud del comedor. Me giro
hacia Elektra que parece bastante preocupada y le guiño un ojo. Ella esboza una
triste sonrisa. Me giro y sigo a Nate que ya está saliendo del comedor. Esquivo
a un par de chicos de primero bastante atolondrados y llego a la puerta. En
cuanto salgo al pasillo Nate me coge del brazo y tira de mí. Abre la puerta de
una clase y me empuja dentro. Me froto el brazo por donde me ha cogido. Me
saldrá un moratón.
̶
No hace
falta ser tan bruto.
Él cierra la puerta. Miro a mi alrededor, estamos en
el laboratorio.
̶
Limítate
a escuchar, ¿de acuerdo? – me dice, suspiro.
̶
Está
bien.
̶
No
volverás a hablar con mi hermana, olvida que existe o lo pagarás.
̶
Si
fuera tan fácil olvidar que alguien existe ahora mismo no estaría aquí.
̶
Calla.
Olvida también todo lo que ha pasado entre nosotros, menos lo del lunes por la
mañana, eso puedes recordarlo – las chispas llenan sus ojos azules.
̶
Ayer
evitas que me atropellen y eres todo un caballero y hoy quieres que olvide todo
excepto cuando fuiste un cabrón y me lanzaste un balón a la cabeza. No te
entiendo, pero te aseguro que cuando salga por esa puerta me olvidaré de ti. La
gente bipolar como tú me pone enferma.
̶
Me
alegro de ser causante de tu enfermedad – me sonríe –. Tú enfermedad fingida.
Salgo del laboratorio dando un portazo y lo dejo ahí
solo. Noto una vibración en el aire y miro el reloj. Sonrío. Siempre tan
puntual, todos los días a la misma hora. Me vuelvo y como siempre no veo a
nadie. La puerta del laboratorio se abre y Nate sale por ella. Mira justo en mi
dirección y frunce el ceño. Le dedico la última sonrisa, porque a partir de
ahora no pienso ni mirarle. Odio los tíos como él.
̶
Cassie,
esta tarde vamos a ir al cine, ¿te apetece? – miro a Becky.
̶
Estoy
muy cansada, voy a quedarme en casa. Aún tengo que poner en orden algunas cosas
que traje de Europa, ya sabes, la maleta y esas cosas.
̶
Nate
viene – siento dolor, como si un cuchillo helado se me clavara en el corazón,
pero instantes después lo único que siento es ira, rabia y fuego.
̶
Entonces
decido, – mi voz suena algo ronca cuando le contesto – me quedaré en casa.
Lily que hasta ese momento había estado haciendo
unos ejercicios de matemáticas levanta
la cabeza de su cuaderno.
̶
Os
habías peleado – afirma, y yo asiento – ¿Qué te ha dicho?
̶
Palabras.
̶
Cassie,
¿qué te ha dicho? – repite.
Una bola de papel cae sobre la mesa. Logro cogerla
antes que Lily, y la leo.
Querida señorita Griffin:
Es de mi entender que su amiga
Becky es incapaz de guardar algún secreto. Por eso ruego no le cuente a nadie sobre
nuestra pequeña charla. Espero mantenga su boca cerrada o habrá
consecuencias.
Atte. Nathan Johnson.
Cojo un bolígrafo de mi estuche y escribo justo
debajo.
Al señor Johnson:
No tenía la intención de contar nuestra “charla” a
nadie. De todas formas no veo motivo alguno para no hacerlo, pues lo único que
saqué en claro de nuestra reunión fue que necesita ir al psicólogo
urgentemente, los trastornos de personalidad son algo muy serio. Tengo el teléfono
de uno excelente, un psicólogo quiero decir, aunque quizá lo derive al
psiquiatra.
Hago una bola con el papel y se la lanzo a Nate.
Lily me fulmina con la mirada y vuelve a meter las narices en sus ejercicios
enfadada seguramente. Becky me mira llena de curiosidad, está a punto de abrir
la boca para preguntar. Lo sé.
̶
Vaya,
vaya – el señor Shepherd coge el papel de Nate y empieza a leerlo en voz alta –.
Una amenaza, puede caerle un buen castigo por esto Johnson – lee mi
contestación y empieza a reír – Cassandra querida, veo que no has cambiado en
absoluto. Ambos os quedaréis castigados media hora más después de clase. Como
pille a alguien más pasando notitas no seré tan benevolente, esto es una hora
de estudios, no una hora de fiesta.
¡Maldito sea! Ese carcamal ya debería estar
jubilado, pero aquí sigue torturando a los alumnos. Como disfruta castigando y
regañando. Ahora tendré que pasar media hora más aquí por culpa de Nathan. ¡Qué
imbécil!
Suena el timbre y todo el mundo empieza a recoger y
a salir de clase.
̶
Que te
lo pases bien aquí Cassandra – me dice Lily.
̶
Mala –
le digo.
Becky se acerca a mi oído.
̶
Cuando
puedas dale un tortazo de mi parte – me susurra –. No podré guardar un secreto
pero tampoco estoy orgullosa de ello.
Sale de la clase bastante indignada.
̶
Quiero
que me expliquéis que demonios es esto.
Frunzo el ceño, pero me levanto obediente y me
acerco al viejo profesor, Nate justo detrás mía.
Miro la hoja cuadriculada donde hemos escrito sin
entender nada, pero el señor Shepherd le da la vuelta. Abro los ojos
sorprendida y noto como Nate se tensa a mi lado. Arderás en el Fuego Sagrado.
666. Está escrito con sangre y de mi puño y letra. Me miro las manos. Tengo la
mano izquierda ensangrentada. Siento arcadas. Yo no he podido escribir eso. NO.
Ha sido ella. Pero ella está dormida. No puede haberlo hecho. Se me encoge el
corazón y se me hiela la sangre, y el dolor en el pecho vuelve a mí tras meses
de calma y paz y me desplomo. Nate me atrapa antes de que caiga al suelo y me
mira. Nunca olvidaré esa mirada.
No hay comentarios:
Publicar un comentario