̶
Enserio
Cassandra, ya te vale.
Termino de atarme las zapatillas y miro a Nate
alzando una ceja.
̶
Siempre
estás en medio. ¿Cómo lo haces? Voy tan tranquilo y de pronto ahí estás tú. En
medio de mi camino.
Me río.
̶
Soy
yo la que va tan tranquila y de repente se encuentra contigo. Te cruzas en mi
camino. No tengo la culpa de que vayas en la misma dirección.
Él coge mi mano derecha y la examina buscando algo
con aire esperanzado. La suelta y coge la izquierda al no encontrar nada.
̶
¿Qué
haces? – pregunto con curiosidad.
̶
¿Eres
zurda?
̶
Sí –
contesto.
Vuelve a coger mi mano derecha y la examina más
detenidamente. Frunce el ceño.
̶
¿Por
qué tienes dos líneas de la vida?
̶
No sé
– contesto, aunque en realidad lo sé perfectamente.
̶
Nunca
había visto nada así. Una es larga y llena de cortes y la otra corta y lisa.
Vaya – murmura, más bien para sí mismo que para mí – es como si un cuarto de tu
vida fuera un infierno y después se corta, desaparece, como si murieras – me
apoyo en la butaca para no caerme al suelo. Nate parece no darse cuenta, mejor.
– pero luego sigue sin ningún corte, perfecta y sin sufrimiento. Asombroso. La
otra se corta en el mismo punto pero desaparece, corta pero feliz.
Nate suelta mi mano y me mira. Sus ojos brillan
fascinados.
̶
Puede
que sea tu enfermedad. Quizá dentro de poco se descubra una cura – finaliza la
frase con una sonrisa.
̶
Imposible.
̶
La
ciencia avanza Cassandra, no debes perder la esperanza.
̶
La
ciencia no tendría nada que hacer con mi “enfermedad” ni aunque fuese una
enfermedad. Ningún científico puede ayudarme.
̶
Eso
no lo sabes – dice Nathan.
Me sobresalto.
̶
Lo he
dicho en voz alta, ¿verdad?
̶
Sí –
las chispas inundan sus ojos azules, parece que tengan luz propia.
Vuelve a mirar mis manos con renovado interés y
suspira algo decepcionado. ¿Qué estará buscando? De donde no hay no se puede
sacar.
̶
¿Qué
es eso que siento cuando me tocas? – pregunto, refiriéndome a la electricidad
placentera que me recorre cuando me toca.
̶
Es la
química.
̶
¿Y
por qué es tan fuerte?
̶
Tú y
yo – dice – tenemos bastante. Aunque hoy no lo has demostrado ahí arriba. ¿Qué
te preocupa?
̶
No
tengo un buen día, eso es todo.
Las dichosas chispitas vuelven a parecer en sus
ojos.
̶
Ya,
claro – no me cree.
̶
¡Nate
– es Elektra – por fin te encuentro! Llevo un rato esperándote en el
aparcamiento, vámonos ya, tengo muchas cosas que hacer. Hola Cassie.
Sonrío.
̶
Vale,
Electricwoman, ya voy. Adiós Cassie.
̶
¡¿Cuántas
veces te he dicho que no me llames así?! – dice ella pegándole una colleja a su
hermano.
̶
Adiós
– les digo.
Salgo por la puerta lateral del teatro y ando a mi
casa mientras pienso en lo que acaba de pasar. Sobre todo en las líneas de la
vida. Maldito sea Nate por saber interpretarlas. No quiero pensar en cual es la
mía y cual la de ella. Duele demasiado. Si la mía es la larga, ¿cuánto más me
queda por sufrir hasta que esto se acabe? Y si es la corta… No quiero ni
pensarlo. No, no puede ser.
Y luego está la química. La corriente eléctrica que
me recorre cada vez que nos tocamos y que me produce cálidos escalofríos.
Tenemos bastante química, ha dicho. La verdad es que nunca he oído que personas
que tengan química sientan esa electricidad. Pero puede ser. Imagino que una
reacción química se produce en nuestra piel causando ese extraño cosquilleo.
Sí, puede ser.
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