Esta es una de las cosas que he echado de menos
durante mi viaje. Una tarde tranquila con los amigos, riendo y pasándolo en
grande. Cuando llego a casa estoy muy cansada, sólo quiero dormir. Pero mis
padres han vuelto de trabajar y no me van a dejar tranquila ni en broma. Seguro
que me bombardean a preguntas sobre las clases, los amigos, que dónde he
estado, que si me encuentro bien. Mi madre es la primera en asaltarme.
̶
Me he
encontrado con la entrenadora Philips – me paro en mitad de la escalera y me
giro hacia mi madre – me ha dicho que te has peleado con un chico, un tal… como
era… Nelson, no…
̶
Nathan
– digo.
̶
Sí,
eso. Me ha dicho que es muy guapo.
Quiero mucho a mi madre, pero en estos momentos
tengo unas ganas enormes de matarla, a ella y a la entrenadora Philips, claro.
̶
Lo es
– digo y mi voz suena tan vacía como pretendía.
Subo a mi habitación y me pongo el pijama. Me quedo
un rato tumbada en la cama a esperar que mi madre haga la cena y a prepararme
mentalmente para más preguntas.
̶
Cassie
– mi padre está en la puerta de la habitación. Entra y se sienta en el borde de
la cama – ¿Qué tal el día?
̶
Muy
bien.
̶
El
chico que dice tu madre, ¿no te habrá hecho daño verdad?
̶
No
papá, sólo me lanzó un balón de baloncesto a la cabeza “accidentalmente”. Nada
grave. He pasado por cosas peores.
̶
Ya.
Oye, ¿algún día nos vas a contar lo que en realidad hiciste en Europa?
Lo miro directamente a los ojos, marrones, como los
míos. No me esperaba esa pregunta. Me levanto de la cama y me dirijo hacia la
puerta.
̶
Cassandra
– me llama mi padre.
̶
No.
̶
¿No
qué? – pregunta mi madre desde el descansillo.
̶
Nada
mamá. ¿Qué hay de comer?
̶
¿No
lo hueles?
Olisqueo el aire. Pizza. Mi madre no se complica con
la comida, si no tiene ganas de cocinar la pide por teléfono y adiós a los
problemas. ¿Qué se le va a hacer? Se pasa todo el día trabajando, no tiene
tiempo para hacer una comida en condiciones y mi padre, bueno, mejor que no se
acerque a la cocina, puede que todo salga ardiendo.
Después de cenar me lavo los dientes y me acuesto.
Enseguida me quedo dormida.
Miércoles a última hora. Daisy reparte los papeles.
Becky es Charlotte y Kevin James. Está a punto de repartir los papeles
principales y sólo quedamos Nate y yo.
̶
Espero
que lo hagáis tan bien como el otro día – nos dice Daisy –. Empezad por la
última escena.
Algo se revuelve en mis tripas y busco a Becky con
la mirada, pero ella está de espaldas hablando con el engreído de Pierre.
Respiro hondo y subo al escenario. Nate ya está esperando en un rincón del
escenario para no molestar a los demás, que están ensayando otra escena en la
otra parte.
̶
Te lo
dije.
̶
¿Perdona?
– digo algo desconcertada, Dios, ¡¿dónde tengo la cabeza?!
̶
Que
íbamos a ser los protagonistas.
̶
Ah,
sí – murmuro.
̶
Pues
empecemos. ¿Te sabes la escena?
̶
¿Cómo
quieres que me la sepa? Acaban de repartir los personajes.
Él se encoje de hombros y me lanza el guion. Lo
atrapo al vuelo. Leo la escena y presiento que voy a odiarla con toda mi alma.
Memorizo las pocas frases de la obra y le paso el guion a Nate, que le echa un
vistazo y lo deja en el suelo. Respiro hondo e intento concentrarme, pero
simplemente no puedo. Me limito a soltar las frases sin ninguna emoción, como
si fuera un robot. Nate para en mitad de la escena.
̶
Cassie,
¿se puede saber dónde tienes la cabeza? – pregunta.
̶
Lo
siento Nate. Yo…
La campana suena y me salva la vida. Salgo corriendo
a buscar mis cosas. Las he dejado en la última fila de butacas, pero todo el
mundo sale en tropel y no puedo pasar. Espero a que se vayan y entonces alcanzo
mis cosas. Al agacharme para recoger las cosas me doy cuenta de que tengo el
cordón de mis zapatillas desatado. Me echo la mochila a la espalda y apoyo mi
pie en la butaca para atarme los cordones.
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