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martes, 15 de julio de 2014

Capítulo 22

CAPÍTULO 22
Las calles están atestadas de gente. Lo único que puedo hacer es dejarme arrastrar por la multitud que se dirige a la plaza. Me pongo de puntillas y el corazón se me hace mil pedazos cuando veo a Amy ardiendo en la hoguera. Elektra está justo al lado, en otra pira que aún no ha empezado a arder.
Me abro paso a empujones intentando llegar hasta ella. Pero la gente a penas me deja espacio y cuando alcanzo el centro de la plaza Scarlett ya la ha mojado con el líquido de la copa.
Corro hasta Elektra y la abrazo muy fuerte. Enseguida la multitud empieza a agitarse y murmurar.
̶            Sé valiente – le digo a Elektra. Ella asiente mientras le enjugo las lágrimas.
Rápidamente el fuego nos envuelve. Ella no grita. No se mueve. Se mantiene muy digna con la cabeza firme y una mirada de desafío hasta que el fuego la consume y me encuentro sosteniendo cenizas. Aparto la mirada y veo las de Amy.
Entonces, con una determinación y una fuerza de las que no me creía capaz, le arrebato la copa a Scarlett y la empujo contra el poste de la pira de Elektra. Sus ojos marrones me miran con sorpresa y luego con enfado.
̶            No serás capaz – me dice. Sonrío. Sonrío con la sonrisa más perversa que puedo y le vierto todo el contenido encima. Me mira con horror y sus ojos muestran tanto miedo como los de un cervatillo en las garras de un depredador.
̶            Soy bastante capaz – meto el dedo en la copa y lo mojo con una de las últimas gotas –. Así arderemos las dos. Por si acaso se te ocurre alguna forma de no condenar tu alma.
El número 619 es lo último que veo.
Me despierto gritando y llena de sudor frío. Ella está intentando tomar el control de mi cuerpo. Parece que le ha afectado bastante que ardiéramos juntas en la hoguera. Qué gran ironía.
El dolor en el pecho es más fuerte que nunca pero lucho contra ella y me resisto.
̶            ¿Cómo te atreves? – me dice.
̶            Me he hartado de ti y de tus hogueras, bruja. Estate quieta, todavía te quedan 47 personas a las que matar.
Una ráfaga de viento sacude la habitación y tira todos los papeles de mi escritorio al suelo. Contengo el aliento. Siento una mano en mi pecho y todo se calma en mi interior.
***
Me estiro en la cama y todos y cada uno de mis músculos protestan por ello, parece que me han pegado una paliza. Me levanto y al poner los pies en el suelo piso un papel. Frunzo el ceño. ¿Qué hace un folio tirado en el suelo? La respuesta me llega a la memoria con más rapidez de la que me hubiera gustado. Amy y Elektra ardiendo. Scarlett. Y la mano invisible acompañada del viento que tiró todos mis folios del escritorio.
Una pequeña sonrisa se dibuja en mi rostro al darme cuenta de me preocupa más lo que Amy haya podido decirle a Nathan de mí que  que un extraño o extraña me haga visitas todos los días para vigilarme.  Simplemente sé que esa persona me está ayudando y seguramente sepa quién es pero lo haya olvidado por decisión propia. Sí, yo misma soy la causa de mis lagunas mentales. Yo elegí que borrasen mis recuerdos mientras Scarlett dormía en mi interior, así cuando despertara no podría saber donde estaba la copa que tanto amaba usar. La copa que puede condenar el alma de todos los brujos y brujas.
Dejo que mis pies me lleven hasta el baño y decido olvidar lo sucedido anoche. Es lo mejor que puedo hacer.
***

El timbre suena. Una vez. Dos. Hago un esfuerzo sobrehumano para levantarme de sofá e ir a abrir la puerta. Miro por la mirilla para no llevarme sorpresas. No quiero visitas indeseadas.
Un hombre de mediana edad, pelo castaño rojizo,  ojos verde oliva y un elegante traje de chaqueta espera fuera, paciente, a que yo abra la puerta. Mierda. Mierda. Abro la puerta rápidamente.
̶            Mierda. Lo olvidé. Lo olvidé completamente. Lo siento. George…
̶            Lo he captado – dice él con una sonrisa. Este hombre tiene la capacidad de hacerte sentir tranquilo y seguro o de querer desaparecer de la faz de la tierra en menos de un microsegundo. Por suerte para mí, su sonrisa es tranquilizadora –. Supongo, entonces, que ya sabes a lo que he venido.
̶            Eh… Sí – esbozo una avergonzada sonrisa. ¿Cómo he podido olvidarme?
̶            ¿Y vas a dejarme entrar o prefieres que hablemos aquí?
̶            Adelante, como si estuvieras en tu casa – me aparto para dejarle paso y cierro la puerta tras él –. Pasa al salón. ¿Quieres algo de beber? ¿Comida?
̶            No, gracias.
Acompaño a George al salón. Él se sienta en uno de los sillones que hay alrededor de una mesa baja y rectangular. Yo decido sentarme en el sofá, justo donde estaba antes de levantarme a abrir la puerta.
̶            He tenido que enterarme por una de las brujas del Aquelarre que has vuelto. Quizás la conozcas. Llegó aquí el año pasado, después de que te fueras. Tiene un hijo de tu edad y una niña un poco más pequeña – George, el líder del Aquelarre de la ciudad, sabe perfectamente que conozco a la persona de la que habla pero le gustaría que la dijese en voz alta y eso hago.
̶            Amy – digo, apartando la mirada de sus ojos inquisitivos.
̶            Así es. Me ha contado una teoría que tiene sobre ti y no está muy lejos de la verdad. Deberías tener más cuidado Cassandra. Si quieres mantener el secreto, claro – sus ojos verdes parecen atravesarme –. Y ahora cuéntame que has descubierto en tu viaje.
Suspiro. Antes de irme de viaje tuve una conversación bastante profunda con George. Estaba tan desesperada que me lancé a la calle en busca de algo o alguien que me ayudase, lo que fuera, y en cuanto vi a George me lancé sobre él. Scarlett me gritaba que él era un brujo, que si le decía algo me mataría, nos mataría a las dos. Pero a mí eso ni siquiera me importaba. Si tenía que morir que así fuera, además ya había hablado con otras brujas y brujos antes de él y lo había visto con mis padres varias veces. Me lancé en sus brazos suplicando ayuda sin dudar un segundo.
̶            ¿Conoce a una bruja pelirroja llamada Scarlett? – pregunté – Vivió hace siglos, creo, y os odia a todos. A todos los brujos y brujas. Quiere mataros. Dice que vais a arder en el Fuego Sagrado.
̶            Voy a llevarte a casa, Cassandra. Llamaré a tus padres – me dijo.
̶            ¡No! Por favor. No le diga nada a mis padres, ellos creen que estoy bien. Sé que usted es un brujo. Ella me lo ha dicho y veo su marca – cogí su mano y la puse bocarriba enseñando la estrella con el ojo, de color rojo oscuro como el vino tinto –. No estoy loca. Sé que no estoy loca. Por favor ayúdeme señor Harrington. Se lo suplico.
Él me cogió de la muñeca y me arrastro hasta su Audi. Luego condujo durante al menos media hora, hasta llegar a su casa y entonces hablamos. Hablamos largo y tendido sobre quien era Scarlett para ellos mientras ella no dejaba de gritar cosas en mi cabeza y retazos de sus propios recuerdos llegaban a mí. George me ayudó a decidir que hacer y me dio las primeras pistas sobre lo que podía pasarme. Por no decir que lo del viaje fue idea suya, así que tiene todo el derecho del mundo a preguntar. Abro la boca para hablar pero el teléfono empieza a sonar. Miro a George alzando una ceja.
̶            Cógelo – me dice.
Alargo el brazo hasta la mesa para cogerlo.
̶            ¿Diga?
̶            Cassie, cariño, se me olvidó decirte que este fin de semana también estaríamos fuera. Lo siento.
̶            No te preocupes mamá. Ya me lo había imaginado.
̶            Por cierto, tú y yo tenemos una conversación pendiente sobre la hora en la que llegaste anoche – me tenso al oír sus palabras. ¿Me oiría llorar?
̶            Cuando me fui aún no habíais llegado así que pensé que podría volver a la hora que quisiera.
̶            Podrías haber avisado…
̶            ¡Sabías que iba a salir! Además nunca estáis en casa – replico –, no tienes derecho a regañarme por llegar tarde un viernes si salgo de fiesta con mis amigos.
̶            Hablaremos cuando vuelva a casa – dice, tras un silencio que se me hace eterno.

Cuelgo el teléfono enfadada. La risa de George me hace volver a la realidad.
̶            Eres tan testaruda como tu madre en los negocios – dice Jorge. Él también es empresario de ahí que conozca a mis padres.
̶            Bueno, algo normal tengo que tener – dejo que una pequeña sonrisa aparezca en mi rosto, respiro hondo y empiezo a contarle lo que recuerdo de mi travesía por el Viejo Continente.
***
Después de que George Harrington se marche me preparo unos macarrones con queso tranquilamente. Contarle el viaje no ha sido nada fácil, principalmente porque tengo demasiadas lagunas mentales. Eso me lleva a pensar que encontré rápidamente a alguien que solucionase mi problema con Scarlett, alguien que hizo un hechizo para confinarla en mi interior y me dejase en paz. Sospecho que ese alguien es la persona que me vigila y que por eso no se muestra ante mí. Aunque evidentemente no puedo estar al cien por cien segura de eso. Como sea, me quedo mucho más tranquila después de contarle a alguien lo que he hecho, y sobre todo si ese alguien es  un brujo importante como George que seguro me tiene vigilada. Si fuera él, es lo que haría yo sabiendo el peligro que represento para su raza.
Mientras me deleito saboreando el fruto de mis artes culinarias mi móvil suena un par de veces. Después el teléfono de la casa. Después el móvil otra vez. Con un suspiro dejo el tenedor en el plato y subo a mi habitación a por el móvil. Los ojos se me abren como platos al ver la cantidad de mensajes en Facebook, Twitter, Whatsapp e incluso mensajes convencionales que tengo; sin contar las llamadas perdidas. Todos son de mis amigos, la mayoría de Becky y Lily, le sigue Tom de cerca, Paula y Kevin van igualados; pero lo que más me sorprende es el solitario mensaje de Nate.
Cassie, de verdad espero que puedas perdonarme por lo de anoche. Te prometo que no volverá a pasar, que no volveré a ser así contigo. Estoy muy preocupado por ti y como no me contestes con un simple OK en menos de tres horas te juro que me planto en tu casa. Perdóname.”
Miro el reloj de la cocina. Hace justo tres horas que Nathan envió el mensaje. Pulso el botón de responder justo en el momento en el que suena el timbre. No puedo abrirle. No puedo verle. No puedo hablarle. ¿Es que Amy no le ha dicho nada de lo que pasó anoche? ¿Acaso no ha descubierto quién soy? ¿No me odia por ello?
Bajo las escaleras a toda prisa haciendo el menos ruido posible y tratando de que mi corazón se quede en su sitio y no salga de mi pecho. Me acerco a la puerta y coloco el ojo en la mirilla. Argh. Ahí está él con esos odiosos ojos azules que ya casi ni se ven a través de su pelo chocolate. ¿Por qué es tan guapo? Vuelve a tocar el timbre.
̶            ¡Cassie! Sé que estás ahí. Ábreme por favor.
Lo sabe, claro que lo sabe. Es imposible no escuchar mis latidos por mucha puerta blindada que haya por medio, estoy segura de que el gato de la vecina también los oye.
̶            Creí que habíamos solucionado esto anoche, ya sabes, cuando salimos de la discoteca. Entendería que no quisieras hablarme jamás en tu vida, pero no lo creeré hasta que me lo digas tú misma. Cara a cara. Quiero oírlo de tus labios, quiero verlo en tus ojos. Por favor, di algo.
¿Qué puedo responder a eso? Lo de la discoteca no tiene nada que ver, pero él no parece entenderlo. Quizás si salgo y le digo… Pero no, no puedo, Nate vería la verdad en mis ojos.
Mi móvil vibra ante la llegada de otro mensaje. Miro la pantalla, todavía mostrando el mensaje de Nate. Escribo:
“OK.”
Pulso la tecla enviar. Él lee el mensaje.
̶            Cassie – murmura –. Cassie. Ábreme por favor. Por favor.
̶            Nathan. ¡Joder! ¿Es que no lo captas? – grito, a punto de decir unas palabras de las que sé que voy a arrepentirme más tarde – ¡Vete de aquí y déjame en paz! No quiero volver a verte en mi vida. No quiero volver a oír tu voz ni tu nombre. No quiero saber nada de ti. Lárgate.
̶            Sal. Sal aquí fuera y dímelo a la cara. Entonces te creeré – hay mucha furia en su voz, mucha desesperación, mucho dolor. Sé que no quiere creerme.
Vuelvo a asomarme por la mirilla y lo que veo me rompe el corazón en mil pedacitos. Dios mío. ¿Cómo puedo estar diciendo estas cosas? ¿Por qué estoy haciendo esto? ¿Haciéndonos esto? Nate está de rodillas en la entrada cubriéndose la cara con las manos, destrozado. Culpándose de lo que está pasando cuando en realidad la culpa es mía.
̶            Nathan Johnson, levántate. Tengo un encargo para ti – George. ¿De dónde demonios ha salido?
̶            Adalid Harrington – Nate se levanta del suelo y hace una breve inclinación de cabeza hacia George.
̶            Necesito que le entregues esto a tu amigo Rory Turner. Ya sabes, por si tiene decidido quedarse aquí por un tiempo que sepa que es bienvenido en nuestro Aquelarre – le tiende una carta a Nate –. Simple cortesía – añade.
̶            ¿Tiene que ser ahora, Adalid?
̶            Sí, justamente ahora – George esboza una sonrisa, de las que te hacen querer desaparecer de la faz de la Tierra.
Nate se marcha, no sin antes echarle un último vistazo a la puerta. El señor Harrington se gira y me guiña un ojo – como si supiera que estoy observándolos – antes de desaparecer.
Me apoyo en la puerta durante un rato. Tengo ganas de llorar pero creo que he hecho lo correcto. Debo alejarme de él, no importa que seamos almas gemelas, no importa que nos queramos. Solo importa que esté bien lejos de mí para que cuando llegue el momento Scarlett no pueda hacerle daño.
¡¿Cómo puede importarme tanto alguien que conocí no hace ni dos semanas?! Esto es de lo más frustrante. Tengo que despejarme.
Subo a mi habitación y me cambio de ropa para salir a correr. Quizás eso pueda ayudarme. No ayuda en absoluto. Cuando voy por el parque recuerdo a Nathan hablando allí con su padre, recuerdo el día que evitó que me atropellaran, recuerdo el día que me salvó del violador. Han pasado tantas cosas en tan poco tiempo que…
̶            Cassandra Griffin, ¿cómo osas no contestar al teléfono después de lo que pasó la semana pasada? – paro en seco al escuchar la voz de Tom a mi espalda.
Mierda. Olvidé contestar los mensajes.
̶            ¿Tengo el móvil en silencio? – sus ojos oscuros me fulminan. ¿Qué coño digo ahora? – Lo siento. Me he levantado tarde, después ha venido un colega de mis padres que quería hablar con ellos pero como no estaban se ha quedado un rato charlando conmigo y luego me he preparado el almuerzo y cuando habéis llamado pues no lo he cogido porque estaba comiendo y entonces me he hartado de vuestras llamadas y he subido a por el móvil y he visto todos vuestros mensajes y había uno de Nate y justo él ha venido a mi casa y nos hemos peleado y he salido a correr para despejarme y se me ha olvidado contestar.
A veces es suficiente con contar la verdad. Muy mal contada eso sí y también un poco inventada. ¿Cuántas veces he dicho ‘y’ en la misma frase? Más de cinco seguro.
Tom me mira en silencio durante unos segundos. Me es imposible adivinar lo que piensa. Finalmente suspira y mueve la cabeza con desaprobación.
̶            No entiendo a Nate – dice – Después de lo que te hizo ayer el muy cabrón va y se planta en tu casa. Seguro que iba a pedirte perdón, ¿me equivoco? – niego con la cabeza – Espero que le hayas dicho que no porque de lo contrario…
̶            Tranquilo. Ni siquiera le he abierto la puerta.
̶            Bien. Esa es mi Cassie – Tom me abraza fuerte y me da un beso en el pelo – ¿Estás bien? ¿Necesitas que quede contigo? ¿Quieres hablar?
Me separo de él con una sonrisa sincera en la cara aceptando por una vez que esté preocupado por mí – pero solo porque no se trata de mi enfermedad.
̶            Estoy bien, Tommy. Un chico no puede acabar conmigo y tú lo sabes – una amplia sonrisa aparece en su rostro haciéndolo más atractivo.
̶            No me llamas así desde que teníamos 12 años – comenta. Me río.
̶            Odiabas que te llamase así – me lanza una mirada de reproche.
̶            No, odiaba cuando me decíais Tomás, era incluso peor que cuando me llamabais Thomas – me muero de la risa.
Una vez incluso dejó de hablarnos durante una semana como castigo por llamarle Tomás.
̶            Lo de Tomás fue culpa de tu madre – Tom entrecierra los ojos.
̶            Sí. Jamás se lo perdonaré – dice con voz sombría, pero luego se une a mis carcajadas.
Tom se despide de mí argumentando que iba a verme a mi casa y que como ya me ha visto no tiene la necesidad de “desperdiciar mi valioso tiempo con rompecorazones como tú”.
Entro a casa con una sonrisa. A veces se me olvida lo maravillosos que son mis amigos. Y simplemente por esa razón cojo mi móvil e invito a Lily, Becky, Paula y mi prima, Anna, para que vengan esta tarde y pueda contarles la versión “oficial” de mi pelea con Nathan. Va a ser una tarde interesante.


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