Oigo un silbido a mi espalda. Giro la cabeza por
encima del hombro y veo que Nate me está mirando el culo descaradamente
mientras estiro los gemelos. Me giro hacia él.
̶
¿Qué
crees que haces?
̶
Bueno,
– él se encoge de hombros – se supone que soy tu alma gemela, tu media naranja
y que vamos a pasar el resto de nuestras vidas juntos, así que creo que puedo
mirarte el culo todo lo que quiera.
̶
¿Sí?
– Nate se acerca y me rodea la cintura.
̶
Sí –
murmura y entonces me besa.
Siento que su mano se desliza más abajo de mi
espalda y me da un apretón en el cachete. Me aparto inmediatamente y mi mano
vuela directa a su mejilla. Me mira perplejo y se lleva la mano al pómulo. La
marca de mi mano empieza a verse de color rojizo en él.
̶
No
vuelvas a hacer eso en el instituto, – mi voz suena tan autoritaria como
pretendía – fuera… ya veremos.
Echo a correr por la pista de atletismo adelantando
a los más lentos de la clase. Nathan pasa como una flecha junto a mí y se para
delante con una expresión pícara en el rostro. Empiezo a correr más deprisa
antes de que diga:
̶
Te
echo una carrera.
Me mantengo a su altura durante unos segundos y
después lo adelanto. No tarda mucho en alcanzarme. Trato de mantener la
respiración regular y no pensar en los metros que me quedan para llegar a la
meta. Imagino que soy una atleta en los Juegos Olímpicos corriendo los 400
metros lisos y dándolo todo. Miro de reojo a Nate, va un poco por delante.
Corro más rápido. Mis pulmones empiezan a arder y mi corazón bombea la sangre
todo lo rápido que puede. Mi garganta empieza a cerrarse y me cuesta más
trabajo respirar. Más rápido. Ya veo la meta. Está justo delante de mí. Corro
todo lo deprisa que puedo.
Caigo al suelo, Nate justo encima de mí, el balón de
fútbol americano un segundo después al lado de mi cabeza.
̶
¿Cuándo
vas a aprender a quitarte de en medio? – dice antes de levantarse de encima de
mí.
Nate recoge el balón del suelo y se lo pasa a Pierre
que está en el campo entrenando con el equipo de fútbol. Aprovechan cualquier
hora para entrenar – la liga está a punto de empezar –. Nate me tiende la mano
para ayudarme, la ignoro completamente y me levanto yo sola. Él pone los ojos
en blanco.
Voy a sentarme en la grada con Lily y Becky que
acaban de terminar la vuelta de calentamiento, nada comparado con la carrera
que acabo de hacer. Aún estoy intentando recuperar el aliento, Lily me mira con
una sonrisita de satisfacción al darse cuenta. Alguien me tira del pelo, me
giro hacia la fila de asientos de arriba. Tom me saluda con la mano y sonríe.
La verdad es que a la luz del sol sus ojos no parecen tan oscuros. El pelo
corto y negro le brilla con algunos destellos cobrizos. A su lado derecho está
Nate. La envidia y la rabia me invaden cuando veo que no tiene ni una sola gota
de sudor, yo estoy empapada. A su izquierda está Paula. Ella comparte el pelo y
los ojos oscuros de su hermano, las espesas pestañas, la piel bronceada durante
todo el año, podría decirse que la única diferencia entre ellos es el sexo,
pero no, si te fijas bien Paula tiene los pómulos menos marcados, más suaves,
la mandíbula más fina, no tan cuadrada como la de Tom y los labios más
carnosos. La sangre latina se hace bastante presente en ellos.
̶
Buena
carrera – me felicita Tom –. Me estoy pensando eso de echarte una el jueves,
creo que no es muy buena idea.
̶
¡Silencio!
– la entrenadora Philips se acerca a la grada donde todo el mundo ha ido
sentándose después de la vuelta de calentamiento –Os sugiero que no gastéis
todas vuestras energías en tonterías ahora, – me mira directamente y siento
como la rabia empieza a burbujear en mi interior y como se me incendian las
mejillas – aún queda mucho tiempo de clase.
Solamente por ese estúpido comentario voy a darlo
todo en la clase. La entrenadora no está al tanto de mi nueva capacidad de
resistencia, debería mantener la boca cerrada.
Cuando acabo la clase no estoy ni la mitad de
cansada que mis compañeros, a excepción de Nate. La entrenadora Philips, que
por cierto se llama Lauren, se acerca a mí antes de que entre en el vestuario
para darme una buena ducha.
̶
Te
quiero en el club de atletismo – me dice.
̶
No
pienso apuntarme, no me gustan los clubes.
̶
¿Por
qué no? Te has apuntado al de teatro.
̶
No es
lo mismo – replico –. El club de teatro es la única forma que hay para actuar,
pero correr es diferente. Puedo correr cuando quiera y donde quiera. Si me
apuntase seguramente me aburriría de los entrenamientos y de la presión que
supone competir y empecería a odiar correr.
̶
Si
cambias de opinión sólo tienes que decírmelo.
Lauren se aleja y entro en el vestuario.
̶
Hoy
sí que vamos a llegar tarde a francés – comenta Paula.
̶
El
francés puede esperar. Estoy segura de que Bill prefiere que lleguemos tarde a
que le empestemos la clase con el olor a sudor – digo.
̶
¡Yo
no huelo a sudor! – dice Becky oliéndose la camiseta – Pero sí que estoy
empapada y pringosa.
Lily le lanza una toalla a la cara.
̶
Cállate
y métete en la ducha – dice.
Todas nos reímos.
***
̶
Bueno,
– dice Bill cuando entramos en clase – creo que ya no queda nadie más por
venir. Antes de que os sentéis os informo de que hay una nueva incorporación en
la clase: Nathan Johnson. Se ha cambiado de español a francés, como cierta
señorita que conozco.
Le lanzo una mirada asesina a Bill y busco un sitio
donde sentarme. Becky y Lily se sientan juntas en primera fila y Paula al lado
de Kevin, lo que me deja dos opciones: o me siento con Dana – la chica más
tímida de todo el instituto – o con Nathan.
Bill resuelve el problema por mí. Me empuja al fondo
de la clase donde está Nate. Me siento a su lado y saco mi estuche y mi libreta
de francés. Nate me dedica una adorable y perfecta sonrisa, de esas que hacen
que cualquier chica se derrita y caiga a sus pies. Pongo los ojos en blanco lo
que hace que su sonrisa se vuelva más grande. Aparto la mirada de él y trato de
concentrarme en lo que Bill está escribiendo en la pizarra.
̶
En
realidad el español mola más que el francés – dice Nate mientras coge mi mano e
izquierda y empieza a dibujar en ella con un bolígrafo azul.
̶
¿Por
qué? – pregunta Bill, todavía escribiendo en la pizarra.
̶
Porque
tiene ñ – dice encogiéndose de hombros.
Toda la clase estalla en carcajadas. Miro a Nate
divertida pero él continúa dibujando en mi mano; en el lugar en el que, si
fuera bruja, tendría la estrella de cinco puntas con el ojo en el centro.
̶
¿Qué estás
haciendo? – pregunto con curiosidad intentando ver el dibujo.
Él aparta la mano y por fin lo veo. Ha dibujado la
península Ibérica en la palma de mi mano con una enorme Ñ encima. Lo miro más
detalladamente. Ha pintado las fronteras con Portugal y Francia a la perfección,
incluso las islas Baleares y las Canarias.
̶
Vaya –
digo sorprendida. Nate se estira en la silla y pasa su brazo alrededor de mis
hombros para atraerme hacia él.
̶
Lo
sé, soy un artista.
Se pone el bolígrafo detrás de la oreja y empieza a
tararear una canción que no reconozco. Apoyo mi cabeza en su hombro y cierro
los ojos. Ojalá todos los días con él fueran como este, pero seguro que mañana
estará de malas otra vez. Suspiro y antes de volver a abrir los ojos respiro su
olor, para recordar este momento lo mejor que pueda. Huele a limpio, fresco, a
limón, a primavera, a chicle de menta…
̶
¡Tienes
chicle! – lo acuso – Dame uno o me chivo.
Nathan abre la boca para enseñarme el chicle y me
echa el aliento mentolado en la cara. Después dice:
̶
Los
tengo en el coche, si me dejas llevarte a casa te doy uno – me guiña un ojo,
azul como el hielo y cálido como el sol. Cuando se comporta así es fácil
olvidarse de que pueden llegar a ser más fríos que el propio hielo.