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domingo, 25 de agosto de 2013

Capítulo 18

Oigo un silbido a mi espalda. Giro la cabeza por encima del hombro y veo que Nate me está mirando el culo descaradamente mientras estiro los gemelos. Me giro hacia él.
̶            ¿Qué crees que haces?
̶            Bueno, – él se encoge de hombros – se supone que soy tu alma gemela, tu media naranja y que vamos a pasar el resto de nuestras vidas juntos, así que creo que puedo mirarte el culo todo lo que quiera.
̶            ¿Sí? – Nate se acerca y me rodea la cintura.
̶            Sí – murmura y entonces me besa.
Siento que su mano se desliza más abajo de mi espalda y me da un apretón en el cachete. Me aparto inmediatamente y mi mano vuela directa a su mejilla. Me mira perplejo y se lleva la mano al pómulo. La marca de mi mano empieza a verse de color rojizo en él.
̶            No vuelvas a hacer eso en el instituto, – mi voz suena tan autoritaria como pretendía – fuera… ya veremos.
Echo a correr por la pista de atletismo adelantando a los más lentos de la clase. Nathan pasa como una flecha junto a mí y se para delante con una expresión pícara en el rostro. Empiezo a correr más deprisa antes de que diga:
̶            Te echo una carrera.
Me mantengo a su altura durante unos segundos y después lo adelanto. No tarda mucho en alcanzarme. Trato de mantener la respiración regular y no pensar en los metros que me quedan para llegar a la meta. Imagino que soy una atleta en los Juegos Olímpicos corriendo los 400 metros lisos y dándolo todo. Miro de reojo a Nate, va un poco por delante. Corro más rápido. Mis pulmones empiezan a arder y mi corazón bombea la sangre todo lo rápido que puede. Mi garganta empieza a cerrarse y me cuesta más trabajo respirar. Más rápido. Ya veo la meta. Está justo delante de mí. Corro todo lo deprisa que puedo.
Caigo al suelo, Nate justo encima de mí, el balón de fútbol americano un segundo después al lado de mi cabeza.
̶            ¿Cuándo vas a aprender a quitarte de en medio? – dice antes de levantarse de encima de mí.
Nate recoge el balón del suelo y se lo pasa a Pierre que está en el campo entrenando con el equipo de fútbol. Aprovechan cualquier hora para entrenar – la liga está a punto de empezar –. Nate me tiende la mano para ayudarme, la ignoro completamente y me levanto yo sola. Él pone los ojos en blanco.
Voy a sentarme en la grada con Lily y Becky que acaban de terminar la vuelta de calentamiento, nada comparado con la carrera que acabo de hacer. Aún estoy intentando recuperar el aliento, Lily me mira con una sonrisita de satisfacción al darse cuenta. Alguien me tira del pelo, me giro hacia la fila de asientos de arriba. Tom me saluda con la mano y sonríe. La verdad es que a la luz del sol sus ojos no parecen tan oscuros. El pelo corto y negro le brilla con algunos destellos cobrizos. A su lado derecho está Nate. La envidia y la rabia me invaden cuando veo que no tiene ni una sola gota de sudor, yo estoy empapada. A su izquierda está Paula. Ella comparte el pelo y los ojos oscuros de su hermano, las espesas pestañas, la piel bronceada durante todo el año, podría decirse que la única diferencia entre ellos es el sexo, pero no, si te fijas bien Paula tiene los pómulos menos marcados, más suaves, la mandíbula más fina, no tan cuadrada como la de Tom y los labios más carnosos. La sangre latina se hace bastante presente en ellos.
̶            Buena carrera – me felicita Tom –. Me estoy pensando eso de echarte una el jueves, creo que no es muy buena idea.
̶            ¡Silencio! – la entrenadora Philips se acerca a la grada donde todo el mundo ha ido sentándose después de la vuelta de calentamiento –Os sugiero que no gastéis todas vuestras energías en tonterías ahora, – me mira directamente y siento como la rabia empieza a burbujear en mi interior y como se me incendian las mejillas – aún queda mucho tiempo de clase.
Solamente por ese estúpido comentario voy a darlo todo en la clase. La entrenadora no está al tanto de mi nueva capacidad de resistencia, debería mantener la boca cerrada.
Cuando acabo la clase no estoy ni la mitad de cansada que mis compañeros, a excepción de Nate. La entrenadora Philips, que por cierto se llama Lauren, se acerca a mí antes de que entre en el vestuario para darme una buena ducha.
̶            Te quiero en el club de atletismo – me dice.
̶            No pienso apuntarme, no me gustan los clubes.
̶            ¿Por qué no? Te has apuntado al de teatro.
̶            No es lo mismo – replico –. El club de teatro es la única forma que hay para actuar, pero correr es diferente. Puedo correr cuando quiera y donde quiera. Si me apuntase seguramente me aburriría de los entrenamientos y de la presión que supone competir y empecería a odiar correr.
̶            Si cambias de opinión sólo tienes que decírmelo.
Lauren se aleja y entro en el vestuario.
̶            Hoy sí que vamos a llegar tarde a francés – comenta Paula.
̶            El francés puede esperar. Estoy segura de que Bill prefiere que lleguemos tarde a que le empestemos la clase con el olor a sudor – digo.
̶            ¡Yo no huelo a sudor! – dice Becky oliéndose la camiseta – Pero sí que estoy empapada y pringosa.
Lily le lanza una toalla a la cara.
̶            Cállate y métete en la ducha – dice.
Todas nos reímos.

***
̶            Bueno, – dice Bill cuando entramos en clase – creo que ya no queda nadie más por venir. Antes de que os sentéis os informo de que hay una nueva incorporación en la clase: Nathan Johnson. Se ha cambiado de español a francés, como cierta señorita que conozco.
Le lanzo una mirada asesina a Bill y busco un sitio donde sentarme. Becky y Lily se sientan juntas en primera fila y Paula al lado de Kevin, lo que me deja dos opciones: o me siento con Dana – la chica más tímida de todo el instituto – o con Nathan.
Bill resuelve el problema por mí. Me empuja al fondo de la clase donde está Nate. Me siento a su lado y saco mi estuche y mi libreta de francés. Nate me dedica una adorable y perfecta sonrisa, de esas que hacen que cualquier chica se derrita y caiga a sus pies. Pongo los ojos en blanco lo que hace que su sonrisa se vuelva más grande. Aparto la mirada de él y trato de concentrarme en lo que Bill está escribiendo en la pizarra.
̶            En realidad el español mola más que el francés – dice Nate mientras coge mi mano e izquierda y empieza a dibujar en ella con un bolígrafo azul.
̶            ¿Por qué? – pregunta Bill, todavía escribiendo en la pizarra.
̶            Porque tiene ñ – dice encogiéndose de hombros.
Toda la clase estalla en carcajadas. Miro a Nate divertida pero él continúa dibujando en mi mano; en el lugar en el que, si fuera bruja, tendría la estrella de cinco puntas con el ojo en el centro.
̶            ¿Qué estás haciendo? – pregunto con curiosidad intentando ver el dibujo.
Él aparta la mano y por fin lo veo. Ha dibujado la península Ibérica en la palma de mi mano con una enorme Ñ encima. Lo miro más detalladamente. Ha pintado las fronteras con Portugal y Francia a la perfección, incluso las islas Baleares y las Canarias.
̶            Vaya – digo sorprendida. Nate se estira en la silla y pasa su brazo alrededor de mis hombros para atraerme hacia él.
̶            Lo sé, soy un artista.
Se pone el bolígrafo detrás de la oreja y empieza a tararear una canción que no reconozco. Apoyo mi cabeza en su hombro y cierro los ojos. Ojalá todos los días con él fueran como este, pero seguro que mañana estará de malas otra vez. Suspiro y antes de volver a abrir los ojos respiro su olor, para recordar este momento lo mejor que pueda. Huele a limpio, fresco, a limón, a primavera, a chicle de menta…
̶            ¡Tienes chicle! – lo acuso – Dame uno o me chivo.
Nathan abre la boca para enseñarme el chicle y me echa el aliento mentolado en la cara. Después dice:

̶            Los tengo en el coche, si me dejas llevarte a casa te doy uno – me guiña un ojo, azul como el hielo y cálido como el sol. Cuando se comporta así es fácil olvidarse de que pueden llegar a ser más fríos que el propio hielo.

lunes, 19 de agosto de 2013

Capítulo 17

̶            No cogías el teléfono – dice Kevin.
̶            Ni el fijo ni el móvil – dice Becky.
̶            Pasamos al menos veinte veces por tu casa – dice Tom.
̶            Te buscamos por todas partes – dice Paula.
̶            Cassandra Griffin – dice Lily – ¡¿Se puede saber dónde has estado todo el fin de semana?!
̶            Sólo por curiosidad, ¿esto lo habéis ensayado antes o ha sido algo espontáneo?
Lily me lanza una mirada asesina. Sonrío. No me esperaba esta “calurosa” bienvenida al llegar al instituto. Más bien me esperaba caras de sueño, pero ahí están todos, cruzados de brazos frente a mí aguardando una respuesta, una respuesta que sale tan natural de mi boca que me resulta hasta extraña.
̶            He estado enferma.
̶            Tu prima dice que le enviaste un mensaje diciendo que cancelabas la sesión de cine en casa porque te encontrabas mal y la enfermera dice que cuando se iba a casa el viernes vio como el señor Shepherp y Nathan te llevaban a la enfermería. Todo parece encajar – dice Kevin colocándose bien las gafas.
̶            Me dolía la cabeza y estaba algo mareada. Me he pasado durmiendo todo el fin de semana.
̶             Primero: tú nunca jamás en la vida te has puesto enferma. Ni un resfriado, ni una gripe, ni anginas, ni dolor de garganta, la única enfermedad que te afecta es la tuya y por eso has tenido dolores de cabeza de vez en cuando. Segundo: odias quedarte en la cama sin hacer nada. Siempre te levantas la primera pase lo que pase, aunque te estés muriendo. Así que no me mientas – Lily parece tan calmada que da miedo, síntoma de que está bastante cabreada conmigo.
̶            He estado enferma – vuelvo a decir.
Creo que alguien ha grabado esas palabras en mi cabeza para que se repitan cada vez que me pregunten por el fin de semana. Me pongo a pensar realmente en lo que he hecho, pero lo único que recuerdo es haberme despertado esta mañana con la sensación de que me habían dado una paliza porque me dolían todos los músculos. Lily sigue esperando una respuesta. Nate pasa justo a nuestro lado y me lanza la mirada más fría del universo. Entonces lo recuerdo todo. Nuestra charla en mi casa, el ataque en el callejón, su cuarto desordenado.
̶            Si ha sido por tu enfermedad…
̶            Perdona – la interrumpo.
Me aparto de ellos y sigo a Nathan hasta que lo alcanzo en la mitad del pasillo. Lo agarro por la camiseta y lo obligo a mirarme.
̶            Eres un cabrón – lo digo tan alto que todo el mundo se vuelve para mirarnos.
̶            ¿Qué pasa? – dice él frunciendo el ceño.
A pesar de ser alta me tengo que poner de puntillas para llegar a su oreja.
̶            Me bloqueaste los recuerdos – susurro, y me aparto para ver su expresión. Su rostro ha empalidecido.
̶            No deberías recordarlo.
̶            Tranquilo, no es que tus poderes estén menguando, es que la magia no funciona en mí como en el resto de la gente – él arquea las cejas – ¿Por qué lo has hecho? ¿Te arrepientes de haberme contado todas esas cosas? ¿Te arrepientes de haberme salvado la vida?
̶            Quería protegerte.
̶            ¿De qué? – digo lanzándole una mirada inquisitiva.
̶            Ya lo sabes.
De su padre, quiere protegerme de su padre. Suelto un gruñido exasperado.
̶            Entonces, ¿vas a volver a ser borde conmigo? ¿Vas a tratarme mal para que te odie? Porque te aviso, por muy enfadada que esté no puedo odiarte – él me sonríe.
̶            Tengo que intentarlo – dice.
Me doy la vuelta para ir a mi taquilla. Está a punto de sonar el timbre de la primera clase. Nate me agarra por la muñeca y me gira hacia él. Su cara queda justo frente a la mía. Pone una mano en mi cintura y me pega más contra él. Nuestros labios se encuentran provocando esa electricidad a la que me estoy empezando a acostumbrar. Me dejo llevar y disfruto del beso, y recuerdo que no es el primero que me da. Me estremezco. Cuando nos separamos me doy cuenta de que un murmullo se ha extendido por los pasillos. Toca el timbre.
̶            ¿Cuándo vas a aprender a quitarte de en medio? – me dice y, me da un pequeño empujón que me manda de vuelta con mis amigos.
̶            ¿Alguna vez te dije que del odio al amor había medio paso? – dice Lily.
̶            Cállate Wilde – le contesto en tono borde, pero no puedo evitar sonreírle después.
***

Entro en el comedor muerta de hambre y con unas ganas terribles de llevarme algo al estómago. Busco a mis amigos y los localizo en nuestra mesa habitual, en uno de los rincones del comedor. Mientras me acerco veo un tupperware encima.
̶            ¿Tú madre ha vuelto a hacer brownies? – le pregunto a Becky.
̶            En realidad son cupcakes – dice ella. Me siento al lado de Tom, que no para de tamborilear con los dedos en la mesa.
̶            Genial. Podemos declarar los lunes como el Día Oficial de la Repostería. La semana que viene podríamos traer tarta o bizcocho – nadie sonríe, nadie hace ningún comentario – ¿Qué pasa?
̶            Hemos pasado la mayor parte del fin de semana buscándote y preocupándonos por ti – dice Tom enfado, sus iris son tan oscuros que apenas se diferencian de la pupila – y tú te lo has pasado dándote el lote con Nathan e ignorándonos.
̶            No – digo y los miro a todos uno por uno sintiéndome herida –. Estuve con Nate el viernes porque me trajo a casa después del castigo, sólo estuvimos hablando. Y no quiero que os preocupéis por mí. Os lo prohíbo. No, no puedo vivir así, viendo la lástima en vuestros ojos cada vez que me recordáis cuando  estaba enferma. Ahora estoy bien, no quiero…
Me levanto de la mesa y salgo del comedor. Estúpidos. Son todos unos estúpidos, ¿es que no ven que estoy bien? ¿Es que no ven que no necesito su ayuda? ¿Que no necesito que me compadezcan ni sientan lástima por mí? ¿No ven que soy fuerte? ¿No ven que puedo arreglármelas sola? ¿Acaso piensan que soy débil? ¿Qué soy una frágil muñeca de porcelana a punto de romperse?
Le pego una patada a una papelera que de pronto me parece estorbar demasiado. Aprieto los puños hasta que los nudillos se quedan blancos y las uñas de me clavan en las palmas de las manos. La sangre empieza a correr más rápido por mis venas y siento que me arden las mejillas. Me apoyo en la pared y trato de tranquilizarme. Respiro hondo intentando acompasar la respiración con los latidos del corazón.
̶            Cassandra – dice una voz con un claro acento francés.
̶            Pierre.
̶            ¿Qué haces aquí? ¡Becky ha hecho cupcakes!
̶            Ya lo sé – le digo.
̶            Me ha prometido guardarme uno – se pasa las manos por el pelo rubio y sus ojos verdes relucen –. Acompáñame – me coge del brazo y me arrastra hasta el comedor. Me paro ante las puertas. Pierre me mira con el ceño fruncido – ¿Qué te pasa?
̶            Me he enfadado con ellos, – no tengo ni la más remota idea de porqué se lo estoy contando a Pierre – creen que me he pasado el fin de semana por ahí mientras ellos estaban preocupadísimos por mí – pongo los ojos en blanco. Pierre empieza a reírse.
̶            Parece la clase de pelea entre padres e hijos – sonrío, Pierre puede ser la persona más engreída y fanfarrona del mundo, pero en el fondo es buena gente –. Vamos, seguro que en cuanto me vean se les olvida la pelea – me guiña un ojo y le sigo.
Hay alguien apoyado en la mesa. Aunque está de espaldas lo reconozco al instante. Becky mira en mi dirección y Nate vuelve la cabeza para mirarme, su mirada es tranquila y calculadora, seguro que está tramando algo. Le echa un vistazo a Pierre cuando éste se acerca a la mesa. Yo me quedo un poco rezagada, tres pasos por detrás. Nate se despide y camina hacia mí, se inclina para decirme al oído:
̶            Te quieren mucho Cassie, no lo estropees por una tontería – por un momento entrelaza su mano con la mía y la aprieta. Me estremezco. La suelta suavemente y pasa junto a mí.
Ando hasta la mesa. Todos parecen sentirse algo incómodos cuando me siento – esta vez al lado de Pierre – bueno, todos excepto el mismo Pierre. A veces me pregunto si alguna vez se siente incómodo. Alargo la mano hasta el tupperware y mi mano se encuentra con la suya. Nos miramos. Es el último cupcake que queda. Suspiro.
̶            Cómetelo tú – le digo a Pierre. Él lo coge y lo parte por la mitad.
̶            Compartir también es una buena opción – dice. Acepto la mitas del cupcake con una sonrisa.
̶            Podríamos hacerlo.
̶            ¿El qué? – le digo a Becky con la boca llena.
̶            Lo del Día Oficial de la Repostería. Pero con la condición de que no sea siempre yo la que traiga las cosas.
̶            Me parece bien – Tom se estira y se da una palmadita en el estómago. Paula alza la mano.
̶            ¿Sí? – pregunta Beck.
̶            ¿Tienen que ser necesariamente hechas por nosotros?
̶            No, puedes comprarlo en una pastelería o en el súper.

Paula asiente aliviada y creo que todos agradecen la pregunta porque sólo Becky, Kevin y yo somos capaces de hacer algo comestible en la cocina. Suena el timbre. El comedor pasa de ser un sitio tranquilo y lleno de risas a un hervidero de gente gritando y corriendo de un lado a otro. Cuando me levanto de la mesa mis ojos se cruzan con los ojos celestes de Lily, no sé lo que les ha dicho Nate, pero sin duda ella sigue sin creerme.

miércoles, 7 de agosto de 2013

Capítulo 16

Estoy tan débil que ni siquiera puedo abrir los ojos y la oscuridad me reclama a cada segundo, pero tengo que mantenerme consciente. Voy a luchar hasta el último segundo. Me duele todo el cuerpo y los pulmones me arden por la falta de oxígeno.
̶            No puedo hacerlo.
̶            Sí puedes – contesta una voz femenina.
̶            Ayúdame, no puedo hacerlo solo.
̶            Cuanto más tiempo pasemos discutiendo esto menos le queda a ella de vida. Si quieres puedo llamar a Elektra.
̶            No.
Oigo pasos que se alejan.
̶            Maldita sea, Cassie ¿no te enseñaron a evitar los callejones oscuros? ¡Hasta un niño de cinco años sabe eso!
Su mano golpea mi pecho con fuerza, el dolor empieza a extenderse a todas partes desde mi corazón y pierdo la consciencia.
Los parpados parecen pesarme toneladas cuando los abro. La luz de una lamparita me ciega inmediatamente. Cuando mis ojos se acostumbran descubro a Nathan sentado en una silla junto a la cama. Tiene sombras oscuras bajo los ojos – fijos en mí – y parece bastante cansado. Alargo mi mano hacia él y me doy cuenta de que tengo el brazo izquierdo en cabestrillo. Un gemido se escapa de mi boca.
̶            No te muevas – Nate se levanta de la silla y me incorpora en la cama con sumo cuidado poniendo algunos cojines y almohadones a mi espalda. Coge una taza humeante que hay junto a la lámpara de la mesita de noche y me la tiende – Bébetelo, te sentará bien.
Me acerco la taza a la nariz, huele a canela, vainilla y a limón.
̶            ¿Qué es? – mi voz suena un poco ronca. Me aclaro la garganta.
̶            Una infusión – “¿No me digas?” pienso, pero no lo digo en voz alta, no tengo ganas ni fuerzas para discutir –. La ha hecho mi madre.
“Cuanto más tiempo pasemos discutiendo esto menos le queda a ella de vida” el recuerdo de la voz de su madre llega tan espeso y nublado a mi mente que quizá lo haya soñado. Soplo un poco y doy un sorbo. Está realmente delicioso.
Dejo que mis ojos vaguen por la habitación mientras me bebo la infusión. Las paredes son naranja y las estanterías están llenas a rebosar de libros. El escritorio está frente a la cama, hay un montón de papeles desordenados sobre él y un flexo. El armario está abierto y se ven todas las ropas amontonadas unas encima de otras y los cajones abiertos, algunas prendas se han caído al suelo. El único rincón ordenado de la habitación está ocupado por una guitarra acústica.
̶            Podrías ordenar un poco la habitación – digo.
̶            ¿Cómo te encuentras? – pregunta él ignorando mi comentario.
̶            Bien. Dentro de lo que cabe, claro. ¿Por qué no me llevaste a un hospital? – él me mira y aprieta los dientes, veo como se tensan los músculos de sus mandíbula.
̶            No había tiempo – dice con voz queda.
̶            El hospital está a diez minutos, creo que…
̶            Cassie – me interrumpe. Aparta la mirada –. Te estabas muriendo. Créeme, no hubieras aguantado ni cinco minutos. Estabas tirada en un charco de tu propia sangre.
̶            Lo recuerdo – él me mira, sus ojos se han vuelto más azules, más oscuros.
̶            Tuve que traerte aquí con un hechizo y lo primero que hice fue llamar a mi madre a gritos. Ella detuvo la hemorragia y te examinó. Te mantuvimos flotando sobre la cama para que no mancharas nada. Toda tu ropa, tu cara, tu pelo dorado, ¡era rojo Cassie! Todo lleno de sangre. Mi madre te lavó todo lo deprisa que pudo y te puso ropa limpia – me inspecciono la ropa. Es una camiseta grande de color blanca y con el cuello de pico. La que llevaba Nate el primer día de clase –. Me dijo: “Costillas y brazo izquierdo roto y una brecha en la cabeza con chichón incluido. Sabes como hacerlo.” Pero una cosa es saberse un hechizo de memoria y otra llevarlo a cabo, – me mira lleno de angustia – podría haberme equivocado y ahora mismo no estarías aquí – estoy a punto de comentar que le escuché hablar con su madre, pero cambio de idea, prefiero guardarlo como algo especial, como un secreto. Tengo que evitar que una pequeña sonrisita aparezca en mi rosto.
Me llevo la mano al pecho distraídamente, justo en el sitio donde Nate me golpeó. Él me aparta un poco la camiseta y veo una luz, del mismo color que el poder de Nate, azul hielo. Es como si mi corazón fuese una bobilla y la luz me atravesara la piel.
̶            El hechizo no ha hecho todo su efecto aún. Tienes que descansar. Duérmete.
̶            Nate, – me mira, el cansancio parece haber aumentado en él – ese hombre…
̶            Le di una buena paliza – sus ojos miran la pared.
̶            Ese hombre… llegó a… a…
̶            No – dice rápidamente cuando comprende lo que quiero decir. Su voz se vuelve gélida y sus ojos me recuerdan al callejón, recuerdo lo que pensé entonces cuando los vi, me dieron miedo, eran hielo azulado que querían teñirse de rojo sangre – Llegué justo a tiempo de evitarlo. Pero si te hubiera tocado, ten por seguro que lo habría matado – un escalofrío me recorre –. Y ahora duerme.
̶            No tengo sueño.
̶            Duerme o te haré dormir – hay cierta amenaza en sus ojos, pero nada comparado con lo de antes.
Me pongo de lado para poder verle mejor, suerte que puso la silla en el lado derecho de la cama, aun así noto una punzada en las costillas cuando lo hago. Tengo un vendaje alrededor de ellas y otro en la cabeza, aparte del pañuelo que me sujeta el brazo al  pecho. Le lanzo una mirada antes de cerrar los ojos.
Me es imposible dormir. Noto su mirada clavada en mí todo el tiempo, ni siquiera estoy adormilada, ni siquiera estoy relajada. Suspiro y abro los ojos.
̶            No puedo dormir – digo, él me mira divertido.
̶            Está bien.
Acerca más la silla a la cama. Me quita el vendaje de la cabeza y empieza a canturrear algo que no entiendo. Algo se remueve inquieto en mi interior, o alguien. Un rizo me cae por la frente, húmedo. Él lo aparta con delicadeza, mi cuerpo se estremece cuando me roza la piel con sus dedos. Me acaricia la mejilla. Algo en mi interior se duerme, o alguien. Noto como mis párpados se van cerrando mientras la canción avanza, tranquila, pausada, relajada. Veo una sonrisa traviesa, aunque dulce, en la cara de Nate antes de dormirme yo también.
Vuelvo a despertar. Muy lentamente abro los ojos. Nathan sigue en la silla, despierto. Las sombras bajo sus ojos son más oscuras. No me sonríe cuando se da cuenta de que he vuelto a despertar.
̶            Aún sigues ahí – digo bostezando. Él me dirige una mirada inexpresiva – ¿Cuánto tiempo piensas quedarte sentado?
̶            Todo el fin de semana – responde.
̶            ¿No vas a dormir?
̶            Estás en mi cama – dice como si eso lo explicara todo. Pongo los ojos en blanco.
̶            En esta cama caben al menos tres personas.
̶            No voy a dormir contigo – estiro el brazo derecho y lo atrapo por la muñeca.
̶            Si tú no duermes yo tampoco – él me mira dolido.
̶            Eso no es justo Cassie. Tú necesitas descansar para recuperarte, yo no. No me gustan los chantajes – añade.
̶            Nathan Johnson, – tiro de su muñeca hacia mí – no me hagas suplicar.
Él se levanta de la silla de mala gana. Yo me echo al otro lado de la cama con cuidado. Se quita la camiseta y los zapatos y se tumba a mi lado. Me sonríe con cansancio y me baja el escote de la camiseta para ver como va el hechizo. La luz es más tenue que antes y palpita con cada latido del corazón. Pone una mano en mi cintura y la introduce por dentro de la camiseta alzo una ceja. Mi corazón se acelera cuando roza mi piel.
̶            ¿Qué…
̶            Vaya – dice observando la luz palpitar más deprisa –. Relájate, se te va a salir el corazón.
̶            Es muy fácil decir eso cuando no tienes la mano de un tío metida dentro de la camiseta – respondo enfadada.
Me lanza una sonrisa furtiva y aparta la sábana hasta la altura de mis caderas. Después me sube la camiseta hasta debajo del pecho. ¿Qué diablos está haciendo? Él se ríe al ver la expresión horrorizada de mi cara. ¿Acaso me ha salvado de un violador para violarme él mismo? Con sumo cuidado empieza a retirar el vendaje de las costillas. Suelto el aire que estaba conteniendo. Él sonríe al darse cuenta. Se sienta en la cama para poder ver mi costado izquierdo. Chasquea la lengua. Bajo la mirada y veo una gran mancha de color morado verdoso. Suelto una exclamación cuando Nate me toca el cardenal con los dedos.
̶            La fractura del codo era limpia, pero las costillas estaban astilladas y un poco desplazadas. He tenido que hacer varios hechizos antes de soldarlas.
̶            Ya no duele tanto – digo el me mira a los ojos algo enfadado.
̶            Sí que te duele. Es lo que más te duele.
Me aparta el pelo a un lado y deshace el nudo del pañuelo que me sujeta el brazo. Lo tira a la silla junto con la venda de la cabeza y me ata la de las costillas. No entiendo por qué. Tampoco es que sirva de mucho.
̶            Prueba a mover el brazo – dice mientras termina de arreglar el vendaje y me pone bien la camiseta.
Flexiono el codo un par de veces, giro el antebrazo, muevo la muñeca. Nada. Está perfecto. Se lo digo.
̶            Bien. Ahora a dormir.
Cierro los ojos y me recuesto en los almohadones. Nate pasa un brazo alrededor de mi cintura y me atrae hacia él. Mi corazón vuelve a latir a toda velocidad. Abro los ojos de par en par para mirarle. Sus ojos  están brillantes, tan cerca de los míos. Noto su aliento cálido en mi rostro. Se acerca más a mí hasta que nuestros labios se tocan. Es como una descarga eléctrica, hace que sus labios se vuelvan más apresurados y que busquen los míos con más necesidad. Su boca es cálida y dulce contra la mía. Nunca en mi vida he estado más despierta. Cada nervio de mi cuerpo rebosa energía y desea estar más cerca de él. Cada centímetro de mi piel en contacto con la suya pide a gritos que no me separe nunca de él. Su mano acaricia mi espalda y me estremezco. Mi corazón bombea sangre a un ritmo frenético. No quiero que acabe nunca. No quiero.
Pero él se separa de mí, despacio, como si le costara la misma vida. Apoya su frente contra la mía. Ambos respiramos entrecortadamente. Intento calmarme. Cierro los ojos y trago saliva, la poca que me queda. Mi cabeza se desliza hasta su pecho instintivamente, parece que sabe que es ahí donde debe estar y no en los almohadones.

̶            Te quiero – susurra en mi oído. Aunque no sé si estoy despierta o soñando ya.