Páginas

jueves, 25 de julio de 2013

Capítulo 15


̶            ¿Cómo está mi prima favorita? – me tiro en el sofá con el móvil pegado a la oreja.
̶            Bien – respondo – ¿Y tú?
̶            ¡Genial! ¿Qué vas a hacer mañana? – dice con entusiasmo.
̶            Nada, de momento. ¿Qué estás planeando?
̶            Yo pongo la peli y las palomitas y tú la casa y las bebidas. A las siete –suelto una carcajada.
̶            Vale, no te arruinaré tus perfectos planes. ¿Cuánto tiempo llevabas pensando en ellos?
̶            Bastante – dice con voz sombría y no puedo evitar imaginármela al otro lado del teléfono entrecerrando los ojos para poner una cara misteriosa –. Cuéntame Cassandra, ¿has conocido algún chico en Europa? ¿Quizás un inglés bajo el cielo gris de Londres con ese acento tan sexy que tienen? ¿O un español de piel morena y ardiente que te llevaba de fiesta? – Dice la palabra en español – ¿Un italiano que te susurraba palabras de amor mientras veíais Venecia desde una góndola? ¿Algún francés te besó bajo la torre Eiffel?  Cuéntame Cassandra, cuéntame.
̶            Te faltan muchos países por nombrar todavía, y aun así tendrás que esperar a mañana para que te lo cuente. Cuéntame tú, Anna, cuéntame – digo imitando su voz.
̶            Sí tú no dices nada, yo tampoco. Tendrás que esperar a mañana – ahora es ella la que me imita a mí –. Sólo te diré que me han dado la beca para estudiar piano.
̶            ¡Eso es fantástico! Me alegro muchísimo. ¿Cómo le sentó a Miriam?
̶            Como una patada en el culo. Si vieras la cara que se le quedó cuando se enteró de que la beca era para mí y no para ella… Se me ponen los pelos de punta con sólo recordarlo – empieza a reírse –. Así se le bajarán esos aires de grandeza que tiene. Oye tengo que dejarte, mi madre quiere que limpie los baños y será mejor no hacerla enfadar.
̶            Vale pero recuerda que…
̶            QUIERO QUE MI CULO SE REFLEJE EN EL RETRETE – decimos al unísono.
Sonrío. Cuando teníamos doce años mi tía nos obligó a limpiar los baños de la casa y dijo esa frase. Sin duda pasará a la historia. Anna se la dirá a sus hijos, sus hijos a sus nietos, sus nietos a sus bisnietos y así hasta el final de los tiempos.
Dejo el teléfono en la mesa y voy a la cocina. Al hecho de que mi madre odie la cocina se le añade el de que está siempre fuera de casa y la pobre nevera y yo sufrimos las consecuencias. La abro y está casi vacía así que tendré que ir a comprar algo para mañana.  Mi padre siempre tiene el detalle de dejarme dinero para la comida.
Voy a la entrada y cojo las llaves y el dinero. Mi mochila está justo donde la dejé al entrar, le doy una patada para apartarla de mi camino y salgo a la calle. Hace rato que ha anochecido y las farolas iluminan las calles con su luz amarillenta. Hace un calor sofocante, probablemente uno de los últimos días que haga tanto calor, el otoño está a la vuelta de la esquina.
Camino distraídamente por el vecindario. Todas las casas tienen las luces encendidas, seguramente mis vecinos habrán cenado ya. Paso delante de la casa de Nate. Es la más grande de todo el vecindario y también la más antigua. De pequeños Tom y yo creíamos que estaba encantada y por eso nadie la compraba. Resulta irónico que ahora vivan brujos entre sus paredes.
Tuerzo a la izquierda por un callejón para ahorrarme tener que darle la vuelta a todo el supermercado. Está iluminado por una bombilla que hay encima de la puerta por la que sacan la basura. Capto el aroma a podredumbre que desprenden los contenedores, no es para nada agradable.
̶            Hola guapa – un hombre se acerca a mí.
̶            Adiós – le respondo.
̶            Uh, pero si eres rebelde y todo – su aliento apesta a alcohol –. Ven conmigo, lo pasaremos muy bien.
̶            Me estás cortando el paso – digo.
̶            Vamos preciosa.
Lo empujo a un lado y aprieto el paso para llegar al final del callejón. Una gota de sudor me cae por la nuca.
̶            Zorra – me doy la vuelta.
El hombre me empuja con violencia contra la pared. Me doy un golpe en la cabeza y todo empieza a dar vueltas. Ahora veo dos hombres que me miran mientras resbalo por la pared hasta el suelo. Me apoyo en un codo para intentar levantarme. El borracho me pega una patada en el brazo y caigo al suelo de nuevo. Noto un dolor punzante y agudo en el codo y grito de dolor. La sensación de mareo aumenta. Todo empieza a volverse negro a mi alrededor.
̶            Cállate – dice y me da una patada en las costillas.
Al aire sale de mis pulmones a toda velocidad. Cuando intento volver a coger aire me da otra patada y otra y otra. Mis pulmones parecen arder y cada vez que respiro un fuerte dolor en las costillas me lo impide. El hombre se agacha junto a mí y me desabrocha los pantalones. El pánico me invade. No puedo hacer nada. ¡Nada! El golpe en la cabeza me ha dejado demasiado mareada. Muevo el brazo derecho intentando golpearle. Atrapa mi mano y la sujeta sobre mi cabeza. Mi mano toca algo líquido y pegajoso. Él está sobre mí. Pego patadas al aire, intento debatirme, pero mi cuerpo no me obedece, las fuerzas me abandonan. Algo húmedo cae por mi mejilla. Algo más que una lágrima. Algo que sabe a metal más que a sal. Sangre. Ella se ríe. Imágenes confusas empiezan a asaltarme. Una hoguera. Un número. Una copa. Un mar. Un bosque. Una montaña. Ciudades. Gente. Iglesias. Catedrales. Fuego. FUEGO. Todo arde. Todo mi cuerpo arde. No me asfixio en las llamas, estas llamas no producen humo. Sólo queman lo que hay que quemar. Chillo. Grito. Mi corazón quiere salirse del pecho. Abro los ojos.
Veo un cielo sin estrellas. Escucho gritos y voces pero están muy lejos. No puedo llamar a nadie. No tengo voz. Giro la cabeza. Estoy sobre un charco de mi propia sangre. Una risita nerviosa se escapa de mi garganta. Ahora hay dos hombres. Dos diferentes. Uno chorrea sangre por la nariz y sale corriendo. El otro le dice algo y lo mira con ojos de hielo. Se acerca a mí. Tengo miedo. Sus ojos de hielo me dan miedo. Quieren venganza y sangre, quieren teñir el hielo azulado de rojo.
Me aparta el pelo ensangrentado de la cara y ya no tengo miedo. Pero sus ojos de hielo sí. Se derrite. Su hielo se derrite por mi culpa. Por mi fuego. Su hielo cae en mi cara, está frío y salado. Lágrimas de hielo.
̶            Cassandra – dice, no entiendo lo que significa esa palabra es extraña para mí y a la vez muy familiar.

Me coge en brazos. Y grito. El dolor es demasiado fuerte. Sus ojos de hielo se desvanecen. El cielo sin estrellas se desvanece. El callejón se desvanece. Todo se desvanece menos el dolor.

lunes, 22 de julio de 2013

Capítulo 14


Las imágenes de Nate ardiendo en la hoguera  no paran de asaltarme. Intento pensar en otra cosa, pero me es imposible. Él es un brujo. Ahora todo tiene sentido pero, ¿por qué ahora? ¿Por qué tan pronto? ¿Por qué…
̶            Cassie, ¿tienes algún… – Nate entra en mi habitación, giro la cabeza hacia él y lo veo parado en la puerta, por su expresión debo de parecerle más muerta que viva – libro? ¿Estás bien?
Hago un esfuerzo por levantarme de la cama y me acerco a mi escritorio. Abro el primer cajón y de un doble fondo saco una llave. Me agacho y la uso para abrir el último cajón. Rebusco dentro y saco el libro de Nathan.
̶            Se me olvidó dártelo. Espero que me devuelvas el mío.
Nate mira el libro y después a mí.
̶            No lo he leído si es eso lo que te preocupa.
Me apoyo en el escritorio e intento levantarme. Nate deja el libro sobre la mesa y me ayuda. Lo miro llena de rabia.
̶            No necesito tu ayuda – le digo.
̶            Ya lo creo que sí.
Me coge en brazos y me tira en la cama. Pone su mano sobre mi corazón y murmura unas palabras. Al instante noto como los torrentes de magia fluyen dentro de mí, es como la química pero cien veces más fuerte.
̶            No lo entiendo – dice – todo está bien en ti y sin embargo está claro que algo  va mal.
Vuelvo a sentir la magia y noto como el dolor va desapareciendo. Me da un vuelco el corazón.
̶            ¡Mi dolor es mío, estúpido! Devuélvemelo. No necesito compartirlo con nadie.
La mirada de Nate está llena de sorpresa, curiosidad y dolor. Aparto su mano de mi pecho y noto como el dolor vuelve a mí de golpe. Respiro hondo.
̶            Fuera de aquí.
̶            Cassie, yo puedo ayudarte, puedo buscar una forma…
̶            ¡¿Te crees que no he recurrido a brujos y brujas mejores que tú?! Lo mío no tiene solución – le grito –. Vete.
Nate no se mueve ni un centímetro.
̶            Joder ¡Qué te vayas!
Él camina hacia la puerta. Mi móvil empieza a sonar. Busco en el bolsillo de mis pantalones y no lo encuentro.
̶            ¿Diga? – Nathan está junto al escritorio, debió de caérseme cuando me agaché a por su libro – Sí, un momento.
Me pasa el teléfono.
̶            ¿Cassie?
̶            Mamá, ¿qué quieres?
̶            Tu padre y yo vamos a pasar fuera el fin de semana. Volveremos el lunes por la noche.
̶            ¿Otro viaje de negocios?
̶            Sí – suspiro, se pasan todo el día fuera de casa –. Oye, ¿quién ha cogido el teléfono?
̶            Adiós, mamá.
̶            Cassie…
Cuelgo el teléfono antes de que pueda seguir preguntando. Escucho la puerta al abrirse. Sé que voy a arrepentirme de esto más tarde pero creo que es lo justo y necesario.
̶            Nathan.
Él me mira. Me quedo atrapada en sus ojos un instante. Veo que lo que una vez me parecieron chispas  no es más que magia. Se sienta en el borde de la cama. Le cojo la mano y miro su estrella, la luz azulada destella unos segundos alumbrando la habitación en penumbra. Cuando nos tocamos el dolor disminuye. Tomo aire despacio y me lleno de valor.
̶            Tú y yo estábamos en un prado, abrazados, nos decíamos cosas.
̶            ¿Qué cosas?
̶            Cosas – él alza una ceja –. Te quiero, ya sabes, cosas así. Nos besábamos y tú me enseñabas tu poder. Siempre es así, cuando conozco a un brujo o a una bruja, siempre sueño con ellos, me ensañan su poder, así es como descubro lo que son. Depende de lo que me una a ellos tardo más o menos en saberlo. El caso es que vinieron unos soldados – Nathan se ríe –. Imagina que estamos en la Edad Media, ¿vale? Y no me interrumpas.
̶            Vale, vale. Edad Media y sin interrupciones, de acuerdo – me lanza una sonrisa.
̶            Yo intenté liberarme, pero no pude y tú estabas inconsciente. Nos metieron en un carro con más prisioneros. Nos tenían miedo, sabían que alguno de los dos éramos brujos. Tenías el labio partido, así que corté un trozo de tu camisa y te limpié la herida. Entonces te despertaste y me pediste perdón porque me matarían por tu culpa y yo dije que no me importaba y me besaste. La gente de la calle nos gritaba. El carro se paró y nos llevaron a un juzgado o algo parecido. Estaba lleno de gente conocida, testigos, el Inquisidor y ella. Siempre ella, manejando al Inquisidor a su antojo. Te condenaron a la hoguera y yo me enfadé y fui corriendo hacia ella. Conseguí pegarle una patada y escupirle. Me dijeron que tenía derecho a decir algo en mi defensa, pero no me salieron las palabras así que te besé. Me dijiste que era incorregible – él se ríe – y entonces el Inquisidor me condenó a la horca. Nunca me habían condenado a muerte. Ella lo preparó todo y tú empezaste a arder en el Fuego Sagrado. Me obligaron a mirar como ardías hasta convertirte en cenizas. Después me desperté en la enfermería y ya sabes el resto.
Nate se queda un momento pensativo mientras juguetea con los dedos de mi mano.
̶            ¿Quién es ella? – pregunta.
Trago saliva. No puedo decírselo, me odiará si lo sabe.
̶            Creo que ya he hablado bastante por hoy – digo.
̶            Vale – dice para mi sorpresa –. Supongo que ahora debo explicarte mi “bipolaridad”.
̶            Tu hermana te hechizó, ya me lo has contado.
̶            Ya, pero no te he contado porqué te trato tan mal – alzo una ceja con curiosidad –. Cuando te chocaste conmigo en el pasillo y me diste los libros, en ese momento te toqué y sentí la química. Pensé que lo había imaginado porque fue apenas un segundo, pero te traté mal. Yo quería que me odiaras. Pero mi hermana se enteró de lo del balonazo y vino a hablar conmigo, me preguntó por qué me había peleado contigo y le dije que me caías mal. No se lo creyó y siguió preguntando hasta que me sacó la verdad. Entonces intentó razonar conmigo pero soy un cabezota y no le quedó otra opción, me hechizó.
̶            No lo entiendo. Elektra me dijo que yo te recordaba a algo de tu pasado.
̶            Sí. Verás, a veces la química desaparece. Mi padre… él pegaba a mi madre y la trataba mal. Mi madre intentó aguantar, pero al final cuando la química desapareció del todo… Nos mudamos aquí hace un año.
̶            ¿Tu padre se llama Frederick? – Nate me mira algo perplejo y asiente – ¿Y yo te recuerdo a él?
̶            Mi padre pertenece a un aquelarre en el que se desprecia a los humanos, los consideran inferiores, y como comprenderás casarse con un humano para ellos es una vergüenza. Llevan toda la vida diciéndome eso y apareces tú y… – se le quebró la voz – Lo primero que pensé fue que era imposible porque jamás podría decirte que era un  brujo, luego tuve miedo de mi padre y de lo que podría hacerme si se enteraba y ahora tengo miedo de lo que pueda hacerte a ti – él me acaricia la mejilla.
̶            Por eso quieres que te odie, para alejarme de ti – comprendo.
̶            Sí.
Me levanto de la cama. El dolor ha desparecido por completo. Nate me mira con el ceño fruncido y también se levanta. El aire vibra a nuestro alrededor.
̶            Alguien te vigila – dice Nate.
̶            Ya, me visita dos veces al día.
̶            ¿Quién?
̶            No lo sé – digo mientras Nate coge el libro de encima del escritorio.
̶            ¿Desde cuándo?
Mi mente no encuentra la respuesta, sólo un vacío. Suele pasarme cuando me preguntan por Europa.
̶            No me acuerdo – y no miento.
Bajo las escaleras y espero a Nate en la entrada. Él me mira y se ríe.
̶            Me estás echando de tu casa, muy bonito.
̶            Ya hemos hablado mucho por hoy, ¿no te parece?
̶            Sí. Esta tarde vamos a ir al cine – me dice
̶            Ya lo sé, pero no me apetece. Necesito descansar – él pone la mano sobre mi corazón y la magia me recorre – ¿No te fías de mí?
̶            No, – me contesta – pero parece que todo está bien. No siento tu dolor así que se habrá ido.
̶            Sí y tú también te vas a ir.
̶            Eres mala – dice él ofendido, pero me sonríe – Adiós, pásatelo bien ahí sola.

̶            Adiós.