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sábado, 7 de septiembre de 2013

Capítulo 19


Cuando llego a casa mi madre me recibe con un abrazo.
̶            Has llegado muy pronto – dice.
̶            Me han traído en coche – respondo –. ¿Qué tal el viaje?
̶            Muy bien – mi madre sonríe, parece bastante cansada. Apuesto a que no ha dormido –. Conseguimos llegar a un acuerdo con la otra empresa.
̶            Genial. ¿Y papá? – ella se aparta un mechón de pelo rubio de la cara.
̶            Arriba. Está durmiendo así que no hagas mucho ruido.
̶            Jo, y yo que quería montar una fiesta esta tarde, ¿por qué siempre me estropeáis los planes? – digo consiguiendo que mi madre se ría.
̶            Mala suerte – contesta – ¿Quién te ha traído a casa?
Voy a la cocina y me sirvo un vaso de agua. Mi madre me sigue y se sienta en una de las sillas que hay alrededor de la mesa. Tardo el mayor tiempo posible en beberme el agua. No quiero contestar la pregunta, sé que si lo hago me veré envuelta en un interrogatorio al estilo madre sobreprotectora.
̶            Nathan – dejo el vaso en la encimera y miro a mi madre. Sus ojos de un gris verdoso parecen bastante confundidos.
̶            ¿No fue ese el chico que se metió contigo en educación física? – mi madre no suele ser buena para recordar los nombres de mis amigos. Todavía confunde a Lily con Becky y llama a Paula Laura y a Kevin Jerry. “¿Dónde se han metido Tom y Jerry hoy?” pregunta cuando quedamos sólo las chicas. Pero el nombre de Nathan sí que lo ha recordado. Suspiro.
̶            Sí – afirmo –. Vive a unas cuantas casas de la nuestra, en la casa vieja.
̶            ¿Y ahora os lleváis bien? – no pienso contarle que Nate y yo somos algo así como almas gemelas y que él intenta hacer que le odie tratándome mal cuando le da la gana.
̶            Sí – me limito a decir otra vez –. Voy a hacer los deberes.
Y así me escaqueo de mi madre y su interrogatorio, aunque volverá a preguntar por Nate, estoy segura.

***
El chico de ojos de hielo está profundamente dormido en su cama. El muy imbécil se ha dejado la lamparita encendida, lo que me facilita el trabajo. Seguro que la estúpida se pararía para mirar como duerme. Pero yo no soy la estúpida, soy yo, y ahora ella está dormida y el maldito hechizo que me obliga a permanecer quietecita en su interior mientras ella está consciente no funciona.
Camino con cuidado por la habitación más desordenada que he visto jamás. Tropiezo con un zapato, pero no creo que él lo oiga y si se despierta no me verá, dudo que sepa quien soy. Miro debajo de las libretas y papeles del escritorio y ahí está. No podría haber sido más fácil encontrarlo. Mi libro. Lo abro para asegurarme de que realmente es el mío, no el de él. No cometeré el mismo error que la estúpida.
Paso las páginas amarillentas y frágiles. Recuerdo la primera vez que lo tuve en mis manos, en blanco, vacío, listo para ser escrito. Tan solo tenía 9 años, aún no había empezado a odiar lo que era, a odiar lo que soy. Cojo el libro triunfante. He recuperado lo que es mío. Lo único que me queda de aquella vida.
̶            Deja eso donde estaba – ella está apoyada en el marco de la puerta. Tiene los mismos ojos de hielo que su hijo, pero su pelo es de plata, no chocolate.
Le sonrío y me alegra ver como un escalofrío la recorre. Está asustada, a diferencia del chico durmiente ella sí sabe quien soy. Lo que no sabe es que mi estado es deplorable y me ha costado la misma vida llegar hasta aquí. No me queda otra que dejar el libro encima de la mesa.
Me acerco a la cama de Nathan y me inclino sobre él. Un mechón de pelo naranja rojizo se me escapa de debajo de la capucha y le roza la cara.
̶            ¿Cassie? – pregunta en sueños. Me río. Me ha confundido con la estúpida.
̶            Aléjate de mi hijo y vete de mi casa – su voz está cargada de amenaza. No hay nada peor que una madre enfurecida. Me aparto del chico y me acerco a ella. Es poderosa, sin duda no podría vencerla y eso me enfurece, pero me consuela saber que arderá, arderá como todos los suyos en el Fuego. Ya sólo quedan 49. Tengo que hacer que la estúpida sueñe con la niña dorada, la hermanita querida de Ojos de Hielo, y con la madre, pero la estúpida aún no ha visto a la madre – FUERA DE MI CASA.
Chispas azules y plateadas salen de su mano, marcada con la estrella y el ojo. Ya no seré admitida en esta casa nunca más.

***
El martes es un día tremendamente aburrido, hasta que llega Nate a la hora del almuerzo y te dice que le esperes a la salida, entonces se vuelve algo más interesante y te pasas el resto del día preguntándote que querrá.
̶            Hola – dice Elektra saludándome con la mano. Se me hace un nudo en la garganta al ver su marca, que centellea en un millón de tonos dorados, me recuerda que también tendré que verla arder.
̶            Hola. ¿Qué tal el día? – le pregunto. Ella se encoge de hombros.
̶            Normal.
̶            Entiendo. Los martes siempre son aburridos. Ayer tu hermano me llevó a casa, ¿dónde te metiste tú?
̶            Me quedé a comer en casa de Elena. Teníamos que hacer…
Dejo de escuchar a Elektra y fijo mi atención en Nate. En cuanto nuestras miradas se cruzan sé que hoy no va a ser agradable. Ni siquiera me sonríe y eso es malo.
̶            Hola – digo. Nate saca algo de su mochila y me lo tiende. Abro los ojos con sorpresa y me apresuro a coger mi libro. Él lo retira de mi alcance alzándolo sobre su cabeza. No intento cogerlo, sé que no voy a llegar.
̶            ¿Sabes qué es esto? – me pregunta.
̶            Sí.
̶            ¿Y de dónde lo has sacado?
̶            De mi viaje en Europa.
̶            ¿De dónde? – una punzada me atraviesa el corazón. Le miro a los ojos intentando parecer lo más sincera posible.
̶            No lo sé. Pero es mío, yo lo encontré, ahora me pertenece.
̶            Creo que no. Aquí hay hechizos y cosas que alguien como tú no puede entender – una amarga carcajada se escapa de mi garganta, porque lo entiendo. Todo. He leído el libro un millón de veces hechizos incluidos –. Esto era de una bruja y puede ser peligroso si cae en las manos equivocadas. Así que podemos confiscártelo, a no ser – hace una pausa y clava sus helados ojos en los míos. Mis mejillas empiezan a arder y las manos me tiemblan de rabia. Ese libro es mío. No puede quitármelo. Ella se enfadará muchísimo si no lo recupero – que vengas a mi casa a hablar con mi madre. Dice que tiene que hacerte unas cuantas preguntas antes de devolvértelo.
Me da un vuelco el corazón y mi vista se desenfoca. No puedo ir a casa de Nate, no puedo conocer a su madre. Ella lo sabe, lo sospecha, sabrá quien soy. No, no puedo ir a casa de Nate.
̶            Vamos, Cassie – dice Elektra –. No vamos a cocinarte en un caldero ni a matarte ni nada por el estilo.
Contengo otra carcajada. Si su madre lo sabe me matará para acabar con ella. Se lo dirá al Consejo. Se lo dirá a Nate. Me odiaran para siempre. Prefiero el enfado de ella antes que eso.
̶            Tienes razón – digo, y Nathan y Elektra tienen que acercarse más para poder oírme –. Es peligroso que tenga el libro. Llévatelo.
̶            Elektra – dice Nate, algo en su voz suena peligroso – ve a esperar al coche.
Me lanza una mirada compasiva antes de marcharse sin decir una palabra. Nate me coge por los brazos y me empuja contra las taquillas. Ahogo un grito de dolor.
̶            ¿Por qué no quieres hablar con mi madre? – susurra. Me está empezando a asustar, su voz, sus ojos, su cara. Todo mi cuerpo me pide que salga corriendo que huya de la amenaza, que grite. No lo hago – ¿Tienes miedo? ¿Tienes algo que ocultar? – me quedo en silencio con la expresión más neutra que mi rostro puede mostrar. Sé que quiere que le grite, que le mire con asco, que le odie. No lo haré – ¡Contesta! – sus manos hacen aún más fuerza en mis brazos y todas las libretas que llevo en la mochila se clavan en mi espalda.
̶            Suéltame – es lo único que digo y él lo hace. Todo su disfraz se desmorona en apenas unos segundos. Noto su aliento en mi cara y como sus manos bajan por mis brazos hasta mi cintura.

Y aunque me cuesta la misma vida salgo disparada hacia la salida antes de que me bese. Sé que es un castigo para él pero también lo es para mí.
La mayoría de la gente ya se ha ido a sus casas, pero los que aún no lo han hecho me miran con curiosidad cuando paso por su lado maldiciendo y cagándome en todo lo cagable.
̶            ¡Cassie! – grita Nate. Una sonrisita aparece en la cara de los curiosos “pelea de enamorados” pensarán todos.

̶            Vete a la mierda – grito. No sé si se lo digo a ellos, a Nate, a su madre, a ella o a mí misma. Pobre del que se encuentre hoy en mi camino.

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