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sábado, 21 de septiembre de 2013

Capítulo 20


̶            Pensé que no vendrías – digo casi llorando.
̶            Siempre cumplo mi palabra. ¿Cómo has  podido dudarlo?
̶            Tenía miedo, creía que te había pasado algo en el camino – Nate, no, Christopher Lawrence, me sonríe. No, no a mí, a Elisabeth.
̶            Me han pasado muchas cosas durante el camino, pero aquí estoy.
̶            ¿Qué vamos a hacer ahora? ¿Dónde vamos a ir? – pregunto asustada. Él pone su mano en mi barbilla para que le mire a los ojos, llenos de ternura.
̶            Nueva York. Oh, Dios. Donde sea, no importa mientras sea contigo.
En el guion pone “suave beso en los labios”. En el guion. Nate me besa con tantas ganas que casi me caigo. Me agarra por la cintura apretándome más contra él, mientras sus labios se mueven ansiosos sobre los míos. Tiro de él para ocultarnos tras las cortinas que separan las calles del escenario.
̶            Nate – es lo único que consigo decir antes de que vuelva a besarme. Todo mi cuerpo me pide que me deje llevar, que disfrute, pero mi mente es bastante consciente de que estamos en clase de teatro y que frente al escenario está Daisy y el resto de compañeros, Becky y Kevin entre ellos – Nathan, para. Para por favor.
Nate apoya su frente en la mía jadeando. Yo trato de recuperar el aliento. Me aliso la ropa y me peino un poco el pelo con los dedos. Todavía noto el corazón martilleándome acelerado contra el pecho y las mejillas ardiendo. Salgo de detrás de las cortinas con Nate pisándome los talones. Daisy sonríe.
̶            Muy bien, pero que el beso sea menos apasionado la próxima vez. Escena uno. Todo el mundo preparado.

***
̶            Me has pegado el resfriado ese que tuviste el fin de semana – dice Tom desde el otro lado del teléfono –, ahora Lily no tendrá más remedio que creerte.
̶            Así que por eso has faltado hoy a clase.
̶            Sí y como comprenderás no voy a ir a correr, pero he llamado a Nate y me ha dicho que él sí va, podéis ir juntos.
̶            De acuerdo. Más te vale no volver a resfriarte – digo con voz amenazadora.
̶            Oye, Beck me ha contado lo que pasó ayer en teatro. Si él te obliga a hacer algo que no quieres… si se pasa de la raya me lo dices, ¿vale? – tardo unos segundos en contestar porque me ha pillado totalmente desprevenida.
̶            ¿Qué te ha contado Becky? ¿Qué me violó delante de todo el mundo?
̶            Algo parecido – contesta él un poco sombrío –. Enserio, si pasa algo me lo dices.
̶            Vale, no te preocupes tonto.
̶            Corre bien.
Suelto el teléfono en la mesita de noche y me preparo para salir a correr. Me pongo un top y unos shorts de deporte y las zapatillas. Salgo de mi cuarto y me paro un momento frente al espejo del pasillo. Mi melena rizada está hecha un desastre. Cojo una de las gomillas que siempre llevo en la muñeca y me hago una coleta alta. Ahora parezco una persona normal, no una que ha metido los dedos en el enchufe.
De camino a casa de Nate una brisa fresca me recuerda que la llegada del otoño es algo inminente. Las hojas de los árboles ya empiezan a amarillear, pronto tendré que empezar a llevar pantalones largos y sudaderas.
La casa de Nate se alza frente a mí, vieja, antigua y azul, con las ventanas pintadas de blanco y el tejado de color pizarra. El rosetón de la buhardilla está iluminado y proyecta sombras de colores sobre el caminito de grava que lleva hasta la puerta. El sonido de mis pisadas sobre la grava me acompaña hasta ella. Toco el timbre y espero. Escucho pasos amortiguados tras la puerta y un ojo asoma por la mirilla. La puerta tarda apenas un segundo en abrirse y me recibe la cara sonriente de Elektra. Sus ojos dorados y cálidos brillan de alegría. Lleva el pelo rubio platino recogido en un moño suelto y mal hecho y ropa de estar por casa.
̶            Hola, ¿puedes decirle a Nathan que…
̶            Nate se ha ido hace un rato – me interrumpe –. Pero estoy segura de que podrás alcanzarle. En el parque – añade al ver la expresión perpleja de mi rostro.
̶            Vale – respondo –. Gracias.
Salgo corriendo hacia al parque a un ritmo tranquilo. Ya me encontraré con Nate. La zona infantil está llena de niños pequeños y de padres vigilando que no se hagan demasiado daño. Un niño de unos cuatro años acaba de caerse de un tobogán  y se ha raspado las rodillas. La madre trata de calmarlo mientras que el niño no para de llorar escandalosamente. De pequeña cuando iba al parque me gustaba sentarme a mirar lo que hacían los otros niños – no era una niña muy normal –. Odiaba a los mocosos llorones, ellos no tenían ni la más mínima idea de lo que era el dolor, ellos no la tenían a ella, yo sí.
Conforme me voy alejando de la zona infantil el parque está cada vez más desierto y más salvaje. Todo tipo de árboles crecen sin control formando un bosque que sólo ha respetado el camino que lo atraviesa, y porque es de cemento, si hubiera sido de tierra o de grava ya no quedaría ni rastro de él.
Paro en seco cuando veo a Nate hablando con un hombre en un claro al lado del camino. Retrocedo y me escondo tras un enorme matorral que bordea parte del claro. Sinceramente no sé por qué lo hago. Por un presentimiento quizá.
̶            Vas a volver al aquelarre conmigo – dice el hombre. Me fijo mejor en él y se me encoje el corazón al darme cuenta de que es el padre de Nate. Tiene el pelo del mismo castaño oscuro y sus ojos son como los de Elektra, un poco más verdes –. Tenemos que evitar que la gente joven se marche, y desde que tú te fuiste está pasando cada vez más a menudo.
̶            Cuando me fui esperaba que la gente siguiera mis pasos, sería estúpido volver para hacer lo contrario. Así que no. No pienso volver contigo – el puño de Frederick vuela hasta la cara de Nate. Tengo que usar toda mi fuerza de voluntad para no salir corriendo hacia él.
̶            Que rápido me has perdido el respeto – dice Frederick con cara de asco. Nate se yergue.
̶            Nunca te he tenido respeto – una sonrisa irónica aparece en el rostro de su padre.
̶            Es verdad – dice –. Lo que me tienes es miedo – su puño se estrella ésta vez en labio de Nate, que inmediatamente empieza a sangrar. Nate escupe sangre a los pies de su padre.
No espero ni un segundo más y vuelvo corriendo al camino. Entro en el claro de la forma más natural posible como si me acabara de dar cuenta de que Nate estaba allí. Intento parecer algo agitada – se supone que llevo un rato corriendo sin parar –, no me cuesta trabajo fingirlo, mi corazón ya está latiendo a mil por hora.
̶            ¡Nate! – le llamo – ¿Se puede saber por qué no me has esperado? – él se vuelve hacia mí con sorpresa. Le veo tragar saliva.
̶            Cassandra – murmura. Llego hasta él y me planto a su lado mirando descaradamente a su padre, que me devuelve una mirada cargada de odio y asco. Nate sigue mi mirada – Este es mi…
̶            Tu padre – le interrumpo –. Frederick, ¿verdad? – le tiendo la mano con una espléndida y amable sonrisa en la cara. Él baja la mirada hasta mi mano. La cambio rápidamente, recordando que la mayoría de la gente es diestra. Frederick frunce el ceño –. Soy zurda – explico. Él estrecha mi mano por fin.
̶            ¿Y tú eres?
̶            Cassie, Cassandra Griffin. Nate me ha hablado de usted – noto como Nate se tensa a mi lado.
̶            Vaya sorpresa – dice Frederick. Me está analizando, la voz, la expresión, la postura, los ojos –. Nathan no suele hablar de mí a cualquiera.
̶            Cassie es mi mejor amiga – dice Nate –, no es cualquiera – lo miro sonriendo y frunzo el ceño como si acabara de reparar en su labio partido y su pómulo hinchado.
̶            ¿Qué te ha pasado en la cara? ¿Has tropezado con una raíz y te has caído de boca? – Nate sonríe, aunque sé que le duele hacerlo.
̶            ¿Tú eres adivina? – me río.
̶            Me gustaría haberlo visto – digo –. Bueno, ¿corremos o qué?
Nate mira a su padre.
̶            Hablaremos en otro momento – dice Frederick. Nate me coge del brazo y tira de mí –. Ha sido un placer conocerte, Cassandra Griffin.
Le sonrío mientras me alejo con Nate por el camino. Corremos hasta que llegamos a un banco. Entonces obligo a Nate a sentarse, no se resiste mucho. La herida del labio sigue sangrando y tiene toda la barbilla manchada. Sus ojos son de un azul más pálido de lo normal y su mejilla se está poniendo morada y realmente hinchada. Mi cara se enciende de rabia. Tendría que haberle pegado en vez de darle la mano. Tendría que haber irrumpido en el claro en vez de esconderme detrás de un arbusto.
̶            Quiero que me expliques porqué estabas con él – mi voz suena más dura de lo que pretendo –. Pero antes será mejor que vayamos a tu casa a curarte eso.
̶            No puedo ir a mi casa así. Si mi madre se entera… – él mueve la cabeza negativamente –. No puedo Cassie.
Me siento a su lado, le cojo la mano y la envuelvo entre las mías. Lo miro con ternura, no con lástima – odio que me miren con lástima –, y le abrazo. Él me estrecha con fuerza.
̶            Cassie – su voz suena ronca –. Yo…
̶            No lo digas – él me abraza más fuerte.
El aire a nuestro alrededor empieza a cargarse de electricidad, el parque desaparece, el banco en el que estamos sentados también y pronto me encuentro en mi habitación, sentada en mi cama. Nate me suelta.
Voy al baño a buscar gasas esterilizadas y agua oxigenada. Cuando vuelvo a mi cuarto Nate tiene mucho peor aspecto que antes. Echo agua oxigenada en una gasa y empiezo a limpiarle la herida con cuidado. Él hace una mueca de dolor.
̶            Voy a por hielo – digo. Él me agarra de la muñeca.
̶            No es necesario.
̶            ¡¿Cómo que no es necesario?! – digo enfadada.
̶            Ven aquí – dice. Me acerco a él y me siento sobre sus rodillas – Vale, ahora dame las manos. Bien, mírame a los ojos.
Hago lo que me dice. Siento como la magia pasa a través de mí y llega hasta él. La herida empieza a cerrarse. Abro la boca sorprendida y le sonrío. La magia deja de pasar a través de mí y empieza a salir de mí. La mejilla de Nate recobra su aspecto normal en un segundo. Miro mi mano izquierda y veo que rayos de color naranja rojizo se mezclan con los azules de Nate.
̶            ¿Pero qué… – empieza a decir Nate cuando se da cuenta. Aparto la mano rápidamente y la escondo tras mi espalda. Nunca me había pasado esto. Nunca había usado su magia –. Cassandra, – dice Nate en tono autoritario – enséñame la mano.
Cuando le miro a los ojos sé que no tengo opción, sé que tendré que enseñarle la palma de la mano porque hará cualquier cosa para poder verla. Saco la mano de detrás de la espalda y se la enseño. Ya no emite destellos pero se puede ver como la estrella naranja rojiza se va desvaneciendo poco a poco. Nate me mira con los  ojos brillantes de emoción. Tiene la esperanza de que sea una bruja. Ella se ríe. ¿No te parece irónico? Héctor tenía la esperanza de que yo… CÁLLATE.
̶            No soy una bruja, ni lo pienses siquiera – me levanto y salgo corriendo hacia el baño.
Cierro la puerta y echo el pestillo. Esto no puede estar pasando. Se supone que debería durar más. Mucho más. Voy al lavabo y me lavo la cara con agua muy fría. Quizá la magia la haya despertado y sea algo pasajero. Sí tiene que serlo. Nate pega en la puerta.
̶            Cassandra, ¿estás bien?
̶            Creo que es mejor que te vayas.
El pomo de la puerta empieza a girar de un lado a otro.
̶            Abre la puerta por favor. Cassie, abre la puerta o te juro que la echo abajo.
Cojo unas tijeras y abro la puerta. Apunto a Nate con ellas.
̶            Vete a casa o te juro que te clavo las tijeras – Nate alza las manos en el aire como si yo fuese una policía.
̶            Cass, Cassie, por favor – me suplica. Suelto las tijeras en el lavabo y me cruzo de brazos delante de él.
̶            ¿Qué?
Nate me coge como si fuera un saco de patatas y me lleva hasta mi cama. Se coloca sobre mí y contengo el aliento.
̶            Tengo que decirte una cosa – abro la boca para decirle que no lo haga, pero no me da tiempo. Me besa. Le rodeo el cuello con los brazos mientras él enreda sus manos en mi pelo. Cuando estoy a punto de devolverle el beso separa sus labios de los míos y me mira a los ojos. El corazón está a punto de salírseme del pecho. Parece un dios griego, con el pelo cayéndole sobre los ojos azules y brillantes de excitación y la sonrisa más pícara y traviesa de todas dibujada en el rostro –. Te quiero.
Le devuelvo el beso antes de que diga nada más.
̶            ¡¿Cassie?! ¡Ya estamos en casa! – grita mi madre desde la entrada. Nate y yo nos miramos unos segundos antes de reaccionar.
̶            Rápido – digo levantándome de la cama –. La escena siete.
̶            Elisabeth, por favor, escúchame.
̶            ¡Ya te he escuchado bastante! Te he encubierto un montón de veces, he arriesgado mi trabajo, incluso mi vida por ti. ¡Y ya estoy harta! ¡Vete de aquí! No quiero volver a verte nunca más.
̶            Deja que me explique al menos, entonces me iré.
̶            ¡Fuera de aquí! – grito.
̶            Haz lo que te dice mi hija si no quieres que llame a la policía – dice mi padre desde la puerta. Nate y yo nos miramos y empezamos a reír.
̶            Tranquilo papá, estamos ensayando para el teatro – mi padre nos mira y pestañea unas cuantas veces.
̶            Lo hacéis demasiado bien – dice.
̶            ¿Quién es ese? – pregunta mi madre asomándose por la puerta.
̶            Soy Nathan.
̶            Nathan – dice mi madre entrecerrando los ojos –. Soy Meredith y este de aquí es Ryan, mi marido. ¿Vas a quedarte a cenar?
̶            No, – contesto yo – ya se iba, ¿verdad?
̶            Esto… Sí, tengo que hacerle la cena a mi hermana.
̶            Otro día entonces – dice mi madre sonriente.
Cojo a Nate del brazo y lo arrastro fuera de mi cuarto hasta la puerta de la casa. Él empieza a reírse.
̶            Encima de que siempre estás en medio ahora también me echas siempre de tu casa, ¿qué se supone que voy a hacer contigo Cassandra? – me encojo de hombros.

̶            Puedes besarme otra vez – le sugiero. Él sonríe y me besa.

sábado, 7 de septiembre de 2013

Capítulo 19


Cuando llego a casa mi madre me recibe con un abrazo.
̶            Has llegado muy pronto – dice.
̶            Me han traído en coche – respondo –. ¿Qué tal el viaje?
̶            Muy bien – mi madre sonríe, parece bastante cansada. Apuesto a que no ha dormido –. Conseguimos llegar a un acuerdo con la otra empresa.
̶            Genial. ¿Y papá? – ella se aparta un mechón de pelo rubio de la cara.
̶            Arriba. Está durmiendo así que no hagas mucho ruido.
̶            Jo, y yo que quería montar una fiesta esta tarde, ¿por qué siempre me estropeáis los planes? – digo consiguiendo que mi madre se ría.
̶            Mala suerte – contesta – ¿Quién te ha traído a casa?
Voy a la cocina y me sirvo un vaso de agua. Mi madre me sigue y se sienta en una de las sillas que hay alrededor de la mesa. Tardo el mayor tiempo posible en beberme el agua. No quiero contestar la pregunta, sé que si lo hago me veré envuelta en un interrogatorio al estilo madre sobreprotectora.
̶            Nathan – dejo el vaso en la encimera y miro a mi madre. Sus ojos de un gris verdoso parecen bastante confundidos.
̶            ¿No fue ese el chico que se metió contigo en educación física? – mi madre no suele ser buena para recordar los nombres de mis amigos. Todavía confunde a Lily con Becky y llama a Paula Laura y a Kevin Jerry. “¿Dónde se han metido Tom y Jerry hoy?” pregunta cuando quedamos sólo las chicas. Pero el nombre de Nathan sí que lo ha recordado. Suspiro.
̶            Sí – afirmo –. Vive a unas cuantas casas de la nuestra, en la casa vieja.
̶            ¿Y ahora os lleváis bien? – no pienso contarle que Nate y yo somos algo así como almas gemelas y que él intenta hacer que le odie tratándome mal cuando le da la gana.
̶            Sí – me limito a decir otra vez –. Voy a hacer los deberes.
Y así me escaqueo de mi madre y su interrogatorio, aunque volverá a preguntar por Nate, estoy segura.

***
El chico de ojos de hielo está profundamente dormido en su cama. El muy imbécil se ha dejado la lamparita encendida, lo que me facilita el trabajo. Seguro que la estúpida se pararía para mirar como duerme. Pero yo no soy la estúpida, soy yo, y ahora ella está dormida y el maldito hechizo que me obliga a permanecer quietecita en su interior mientras ella está consciente no funciona.
Camino con cuidado por la habitación más desordenada que he visto jamás. Tropiezo con un zapato, pero no creo que él lo oiga y si se despierta no me verá, dudo que sepa quien soy. Miro debajo de las libretas y papeles del escritorio y ahí está. No podría haber sido más fácil encontrarlo. Mi libro. Lo abro para asegurarme de que realmente es el mío, no el de él. No cometeré el mismo error que la estúpida.
Paso las páginas amarillentas y frágiles. Recuerdo la primera vez que lo tuve en mis manos, en blanco, vacío, listo para ser escrito. Tan solo tenía 9 años, aún no había empezado a odiar lo que era, a odiar lo que soy. Cojo el libro triunfante. He recuperado lo que es mío. Lo único que me queda de aquella vida.
̶            Deja eso donde estaba – ella está apoyada en el marco de la puerta. Tiene los mismos ojos de hielo que su hijo, pero su pelo es de plata, no chocolate.
Le sonrío y me alegra ver como un escalofrío la recorre. Está asustada, a diferencia del chico durmiente ella sí sabe quien soy. Lo que no sabe es que mi estado es deplorable y me ha costado la misma vida llegar hasta aquí. No me queda otra que dejar el libro encima de la mesa.
Me acerco a la cama de Nathan y me inclino sobre él. Un mechón de pelo naranja rojizo se me escapa de debajo de la capucha y le roza la cara.
̶            ¿Cassie? – pregunta en sueños. Me río. Me ha confundido con la estúpida.
̶            Aléjate de mi hijo y vete de mi casa – su voz está cargada de amenaza. No hay nada peor que una madre enfurecida. Me aparto del chico y me acerco a ella. Es poderosa, sin duda no podría vencerla y eso me enfurece, pero me consuela saber que arderá, arderá como todos los suyos en el Fuego. Ya sólo quedan 49. Tengo que hacer que la estúpida sueñe con la niña dorada, la hermanita querida de Ojos de Hielo, y con la madre, pero la estúpida aún no ha visto a la madre – FUERA DE MI CASA.
Chispas azules y plateadas salen de su mano, marcada con la estrella y el ojo. Ya no seré admitida en esta casa nunca más.

***
El martes es un día tremendamente aburrido, hasta que llega Nate a la hora del almuerzo y te dice que le esperes a la salida, entonces se vuelve algo más interesante y te pasas el resto del día preguntándote que querrá.
̶            Hola – dice Elektra saludándome con la mano. Se me hace un nudo en la garganta al ver su marca, que centellea en un millón de tonos dorados, me recuerda que también tendré que verla arder.
̶            Hola. ¿Qué tal el día? – le pregunto. Ella se encoge de hombros.
̶            Normal.
̶            Entiendo. Los martes siempre son aburridos. Ayer tu hermano me llevó a casa, ¿dónde te metiste tú?
̶            Me quedé a comer en casa de Elena. Teníamos que hacer…
Dejo de escuchar a Elektra y fijo mi atención en Nate. En cuanto nuestras miradas se cruzan sé que hoy no va a ser agradable. Ni siquiera me sonríe y eso es malo.
̶            Hola – digo. Nate saca algo de su mochila y me lo tiende. Abro los ojos con sorpresa y me apresuro a coger mi libro. Él lo retira de mi alcance alzándolo sobre su cabeza. No intento cogerlo, sé que no voy a llegar.
̶            ¿Sabes qué es esto? – me pregunta.
̶            Sí.
̶            ¿Y de dónde lo has sacado?
̶            De mi viaje en Europa.
̶            ¿De dónde? – una punzada me atraviesa el corazón. Le miro a los ojos intentando parecer lo más sincera posible.
̶            No lo sé. Pero es mío, yo lo encontré, ahora me pertenece.
̶            Creo que no. Aquí hay hechizos y cosas que alguien como tú no puede entender – una amarga carcajada se escapa de mi garganta, porque lo entiendo. Todo. He leído el libro un millón de veces hechizos incluidos –. Esto era de una bruja y puede ser peligroso si cae en las manos equivocadas. Así que podemos confiscártelo, a no ser – hace una pausa y clava sus helados ojos en los míos. Mis mejillas empiezan a arder y las manos me tiemblan de rabia. Ese libro es mío. No puede quitármelo. Ella se enfadará muchísimo si no lo recupero – que vengas a mi casa a hablar con mi madre. Dice que tiene que hacerte unas cuantas preguntas antes de devolvértelo.
Me da un vuelco el corazón y mi vista se desenfoca. No puedo ir a casa de Nate, no puedo conocer a su madre. Ella lo sabe, lo sospecha, sabrá quien soy. No, no puedo ir a casa de Nate.
̶            Vamos, Cassie – dice Elektra –. No vamos a cocinarte en un caldero ni a matarte ni nada por el estilo.
Contengo otra carcajada. Si su madre lo sabe me matará para acabar con ella. Se lo dirá al Consejo. Se lo dirá a Nate. Me odiaran para siempre. Prefiero el enfado de ella antes que eso.
̶            Tienes razón – digo, y Nathan y Elektra tienen que acercarse más para poder oírme –. Es peligroso que tenga el libro. Llévatelo.
̶            Elektra – dice Nate, algo en su voz suena peligroso – ve a esperar al coche.
Me lanza una mirada compasiva antes de marcharse sin decir una palabra. Nate me coge por los brazos y me empuja contra las taquillas. Ahogo un grito de dolor.
̶            ¿Por qué no quieres hablar con mi madre? – susurra. Me está empezando a asustar, su voz, sus ojos, su cara. Todo mi cuerpo me pide que salga corriendo que huya de la amenaza, que grite. No lo hago – ¿Tienes miedo? ¿Tienes algo que ocultar? – me quedo en silencio con la expresión más neutra que mi rostro puede mostrar. Sé que quiere que le grite, que le mire con asco, que le odie. No lo haré – ¡Contesta! – sus manos hacen aún más fuerza en mis brazos y todas las libretas que llevo en la mochila se clavan en mi espalda.
̶            Suéltame – es lo único que digo y él lo hace. Todo su disfraz se desmorona en apenas unos segundos. Noto su aliento en mi cara y como sus manos bajan por mis brazos hasta mi cintura.

Y aunque me cuesta la misma vida salgo disparada hacia la salida antes de que me bese. Sé que es un castigo para él pero también lo es para mí.
La mayoría de la gente ya se ha ido a sus casas, pero los que aún no lo han hecho me miran con curiosidad cuando paso por su lado maldiciendo y cagándome en todo lo cagable.
̶            ¡Cassie! – grita Nate. Una sonrisita aparece en la cara de los curiosos “pelea de enamorados” pensarán todos.

̶            Vete a la mierda – grito. No sé si se lo digo a ellos, a Nate, a su madre, a ella o a mí misma. Pobre del que se encuentre hoy en mi camino.