̶
Pensé
que no vendrías – digo casi llorando.
̶
Siempre
cumplo mi palabra. ¿Cómo has podido
dudarlo?
̶
Tenía
miedo, creía que te había pasado algo en el camino – Nate, no, Christopher
Lawrence, me sonríe. No, no a mí, a Elisabeth.
̶
Me
han pasado muchas cosas durante el camino, pero aquí estoy.
̶
¿Qué
vamos a hacer ahora? ¿Dónde vamos a ir? – pregunto asustada. Él pone su mano en
mi barbilla para que le mire a los ojos, llenos de ternura.
̶
Nueva
York. Oh, Dios. Donde sea, no importa mientras sea contigo.
En el guion pone “suave beso en los labios”. En el
guion. Nate me besa con tantas ganas que casi me caigo. Me agarra por la
cintura apretándome más contra él, mientras sus labios se mueven ansiosos sobre
los míos. Tiro de él para ocultarnos tras las cortinas que separan las calles
del escenario.
̶
Nate
– es lo único que consigo decir antes de que vuelva a besarme. Todo mi cuerpo
me pide que me deje llevar, que disfrute, pero mi mente es bastante consciente
de que estamos en clase de teatro y que frente al escenario está Daisy y el resto
de compañeros, Becky y Kevin entre ellos – Nathan, para. Para por favor.
Nate apoya su frente en la mía jadeando. Yo trato de
recuperar el aliento. Me aliso la ropa y me peino un poco el pelo con los
dedos. Todavía noto el corazón martilleándome acelerado contra el pecho y las
mejillas ardiendo. Salgo de detrás de las cortinas con Nate pisándome los
talones. Daisy sonríe.
̶
Muy
bien, pero que el beso sea menos apasionado la próxima vez. Escena uno. Todo el
mundo preparado.
***
̶
Me
has pegado el resfriado ese que tuviste el fin de semana – dice Tom desde el
otro lado del teléfono –, ahora Lily no tendrá más remedio que creerte.
̶
Así
que por eso has faltado hoy a clase.
̶
Sí y
como comprenderás no voy a ir a correr, pero he llamado a Nate y me ha dicho
que él sí va, podéis ir juntos.
̶
De acuerdo.
Más te vale no volver a resfriarte – digo con voz amenazadora.
̶
Oye,
Beck me ha contado lo que pasó ayer en teatro. Si él te obliga a hacer algo que
no quieres… si se pasa de la raya me lo dices, ¿vale? – tardo unos segundos en
contestar porque me ha pillado totalmente desprevenida.
̶
¿Qué
te ha contado Becky? ¿Qué me violó delante de todo el mundo?
̶
Algo
parecido – contesta él un poco sombrío –. Enserio, si pasa algo me lo dices.
̶
Vale,
no te preocupes tonto.
̶
Corre
bien.
Suelto el teléfono en la mesita de noche y me
preparo para salir a correr. Me pongo un top y unos shorts de deporte y las
zapatillas. Salgo de mi cuarto y me paro un momento frente al espejo del
pasillo. Mi melena rizada está hecha un desastre. Cojo una de las gomillas que
siempre llevo en la muñeca y me hago una coleta alta. Ahora parezco una persona
normal, no una que ha metido los dedos en el enchufe.
De camino a casa de Nate una brisa fresca me
recuerda que la llegada del otoño es algo inminente. Las hojas de los árboles
ya empiezan a amarillear, pronto tendré que empezar a llevar pantalones largos
y sudaderas.
La casa de Nate se alza frente a mí, vieja, antigua
y azul, con las ventanas pintadas de blanco y el tejado de color pizarra. El
rosetón de la buhardilla está iluminado y proyecta sombras de colores sobre el
caminito de grava que lleva hasta la puerta. El sonido de mis pisadas sobre la
grava me acompaña hasta ella. Toco el timbre y espero. Escucho pasos
amortiguados tras la puerta y un ojo asoma por la mirilla. La puerta tarda
apenas un segundo en abrirse y me recibe la cara sonriente de Elektra. Sus ojos
dorados y cálidos brillan de alegría. Lleva el pelo rubio platino recogido en
un moño suelto y mal hecho y ropa de estar por casa.
̶
Hola,
¿puedes decirle a Nathan que…
̶
Nate
se ha ido hace un rato – me interrumpe –. Pero estoy segura de que podrás
alcanzarle. En el parque – añade al ver la expresión perpleja de mi rostro.
̶
Vale
– respondo –. Gracias.
Salgo corriendo hacia al parque a un ritmo
tranquilo. Ya me encontraré con Nate. La zona infantil está llena de niños
pequeños y de padres vigilando que no se hagan demasiado daño. Un niño de unos
cuatro años acaba de caerse de un tobogán y se ha raspado las rodillas. La madre trata
de calmarlo mientras que el niño no para de llorar escandalosamente. De pequeña
cuando iba al parque me gustaba sentarme a mirar lo que hacían los otros niños
– no era una niña muy normal –. Odiaba a los mocosos llorones, ellos no tenían
ni la más mínima idea de lo que era el dolor, ellos no la tenían a ella, yo sí.
Conforme me voy alejando de la zona infantil el
parque está cada vez más desierto y más salvaje. Todo tipo de árboles crecen
sin control formando un bosque que sólo ha respetado el camino que lo atraviesa,
y porque es de cemento, si hubiera sido de tierra o de grava ya no quedaría ni
rastro de él.
Paro en seco cuando veo a Nate hablando con un
hombre en un claro al lado del camino. Retrocedo y me escondo tras un enorme
matorral que bordea parte del claro. Sinceramente no sé por qué lo hago. Por un
presentimiento quizá.
̶
Vas a
volver al aquelarre conmigo – dice el hombre. Me fijo mejor en él y se me
encoje el corazón al darme cuenta de que es el padre de Nate. Tiene el pelo del
mismo castaño oscuro y sus ojos son como los de Elektra, un poco más verdes –.
Tenemos que evitar que la gente joven se marche, y desde que tú te fuiste está
pasando cada vez más a menudo.
̶
Cuando
me fui esperaba que la gente siguiera mis pasos, sería estúpido volver para
hacer lo contrario. Así que no. No pienso volver contigo – el puño de Frederick
vuela hasta la cara de Nate. Tengo que usar toda mi fuerza de voluntad para no
salir corriendo hacia él.
̶
Que
rápido me has perdido el respeto – dice Frederick con cara de asco. Nate se yergue.
̶
Nunca
te he tenido respeto – una sonrisa irónica aparece en el rostro de su padre.
̶
Es
verdad – dice –. Lo que me tienes es miedo – su puño se estrella ésta vez en
labio de Nate, que inmediatamente empieza a sangrar. Nate escupe sangre a los
pies de su padre.
No espero ni un segundo más y vuelvo corriendo al
camino. Entro en el claro de la forma más natural posible como si me acabara de
dar cuenta de que Nate estaba allí. Intento parecer algo agitada – se supone
que llevo un rato corriendo sin parar –, no me cuesta trabajo fingirlo, mi
corazón ya está latiendo a mil por hora.
̶
¡Nate!
– le llamo – ¿Se puede saber por qué no me has esperado? – él se vuelve hacia
mí con sorpresa. Le veo tragar saliva.
̶
Cassandra
– murmura. Llego hasta él y me planto a su lado mirando descaradamente a su
padre, que me devuelve una mirada cargada de odio y asco. Nate sigue mi mirada –
Este es mi…
̶
Tu
padre – le interrumpo –. Frederick, ¿verdad? – le tiendo la mano con una
espléndida y amable sonrisa en la cara. Él baja la mirada hasta mi mano. La
cambio rápidamente, recordando que la mayoría de la gente es diestra. Frederick
frunce el ceño –. Soy zurda – explico. Él estrecha mi mano por fin.
̶
¿Y tú
eres?
̶
Cassie,
Cassandra Griffin. Nate me ha hablado de usted – noto como Nate se tensa a mi
lado.
̶
Vaya
sorpresa – dice Frederick. Me está analizando, la voz, la expresión, la
postura, los ojos –. Nathan no suele hablar de mí a cualquiera.
̶
Cassie
es mi mejor amiga – dice Nate –, no es cualquiera – lo miro sonriendo y frunzo
el ceño como si acabara de reparar en su labio partido y su pómulo hinchado.
̶
¿Qué
te ha pasado en la cara? ¿Has tropezado con una raíz y te has caído de boca? –
Nate sonríe, aunque sé que le duele hacerlo.
̶
¿Tú
eres adivina? – me río.
̶
Me
gustaría haberlo visto – digo –. Bueno, ¿corremos o qué?
Nate mira a su padre.
̶
Hablaremos
en otro momento – dice Frederick. Nate me coge del brazo y tira de mí –. Ha
sido un placer conocerte, Cassandra Griffin.
Le sonrío mientras me alejo con Nate por el camino.
Corremos hasta que llegamos a un banco. Entonces obligo a Nate a sentarse, no
se resiste mucho. La herida del labio sigue sangrando y tiene toda la barbilla
manchada. Sus ojos son de un azul más pálido de lo normal y su mejilla se está
poniendo morada y realmente hinchada. Mi cara se enciende de rabia. Tendría que
haberle pegado en vez de darle la mano. Tendría que haber irrumpido en el claro
en vez de esconderme detrás de un arbusto.
̶
Quiero
que me expliques porqué estabas con él – mi voz suena más dura de lo que
pretendo –. Pero antes será mejor que vayamos a tu casa a curarte eso.
̶
No
puedo ir a mi casa así. Si mi madre se entera… – él mueve la cabeza
negativamente –. No puedo Cassie.
Me siento a su lado, le cojo la mano y la envuelvo
entre las mías. Lo miro con ternura, no con lástima – odio que me miren con
lástima –, y le abrazo. Él me estrecha con fuerza.
̶
Cassie
– su voz suena ronca –. Yo…
̶
No lo
digas – él me abraza más fuerte.
El aire a nuestro alrededor empieza a cargarse de
electricidad, el parque desaparece, el banco en el que estamos sentados también
y pronto me encuentro en mi habitación, sentada en mi cama. Nate me suelta.
Voy al baño a buscar gasas esterilizadas y agua
oxigenada. Cuando vuelvo a mi cuarto Nate tiene mucho peor aspecto que antes.
Echo agua oxigenada en una gasa y empiezo a limpiarle la herida con cuidado. Él
hace una mueca de dolor.
̶
Voy a
por hielo – digo. Él me agarra de la muñeca.
̶
No es
necesario.
̶
¡¿Cómo
que no es necesario?! – digo enfadada.
̶
Ven
aquí – dice. Me acerco a él y me siento sobre sus rodillas – Vale, ahora dame
las manos. Bien, mírame a los ojos.
Hago lo que me dice. Siento como la magia pasa a través
de mí y llega hasta él. La herida empieza a cerrarse. Abro la boca sorprendida
y le sonrío. La magia deja de pasar a través de mí y empieza a salir de mí. La mejilla de Nate recobra
su aspecto normal en un segundo. Miro mi mano izquierda y veo que rayos de
color naranja rojizo se mezclan con los azules de Nate.
̶
¿Pero
qué… – empieza a decir Nate cuando se da cuenta. Aparto la mano rápidamente y
la escondo tras mi espalda. Nunca me había pasado esto. Nunca había usado su
magia –. Cassandra, – dice Nate en tono autoritario – enséñame la mano.
Cuando le miro a los ojos sé que no tengo opción, sé
que tendré que enseñarle la palma de la mano porque hará cualquier cosa para
poder verla. Saco la mano de detrás de la espalda y se la enseño. Ya no emite
destellos pero se puede ver como la estrella naranja rojiza se va desvaneciendo
poco a poco. Nate me mira con los ojos
brillantes de emoción. Tiene la esperanza de que sea una bruja. Ella se ríe. ¿No te parece irónico? Héctor tenía la esperanza de que yo… CÁLLATE.
̶
No
soy una bruja, ni lo pienses siquiera – me levanto y salgo corriendo hacia el
baño.
Cierro la puerta y echo el pestillo. Esto no puede
estar pasando. Se supone que debería durar más. Mucho más. Voy al lavabo y me
lavo la cara con agua muy fría. Quizá la magia la haya despertado y sea algo
pasajero. Sí tiene que serlo. Nate pega en la puerta.
̶
Cassandra,
¿estás bien?
̶
Creo
que es mejor que te vayas.
El pomo de la puerta empieza a girar de un lado a
otro.
̶
Abre
la puerta por favor. Cassie, abre la puerta o te juro que la echo abajo.
Cojo unas tijeras y abro la puerta. Apunto a Nate
con ellas.
̶
Vete
a casa o te juro que te clavo las tijeras – Nate alza las manos en el aire como
si yo fuese una policía.
̶
Cass,
Cassie, por favor – me suplica. Suelto las tijeras en el lavabo y me cruzo de
brazos delante de él.
̶
¿Qué?
Nate me coge como si fuera un saco de patatas y me
lleva hasta mi cama. Se coloca sobre mí y contengo el aliento.
̶
Tengo
que decirte una cosa – abro la boca para decirle que no lo haga, pero no me da
tiempo. Me besa. Le rodeo el cuello con los brazos mientras él enreda sus manos
en mi pelo. Cuando estoy a punto de devolverle el beso separa sus labios de los
míos y me mira a los ojos. El corazón está a punto de salírseme del pecho. Parece
un dios griego, con el pelo cayéndole sobre los ojos azules y brillantes de
excitación y la sonrisa más pícara y traviesa de todas dibujada en el rostro –.
Te quiero.
Le devuelvo el beso antes de que diga nada más.
̶
¡¿Cassie?!
¡Ya estamos en casa! – grita mi madre desde la entrada. Nate y yo nos miramos
unos segundos antes de reaccionar.
̶
Rápido
– digo levantándome de la cama –. La escena siete.
̶
Elisabeth,
por favor, escúchame.
̶
¡Ya
te he escuchado bastante! Te he encubierto un montón de veces, he arriesgado mi
trabajo, incluso mi vida por ti. ¡Y ya estoy harta! ¡Vete de aquí! No quiero
volver a verte nunca más.
̶
Deja
que me explique al menos, entonces me iré.
̶
¡Fuera
de aquí! – grito.
̶
Haz
lo que te dice mi hija si no quieres que llame a la policía – dice mi padre
desde la puerta. Nate y yo nos miramos y empezamos a reír.
̶
Tranquilo
papá, estamos ensayando para el teatro – mi padre nos mira y pestañea unas
cuantas veces.
̶
Lo
hacéis demasiado bien – dice.
̶
¿Quién
es ese? – pregunta mi madre asomándose por la puerta.
̶
Soy
Nathan.
̶
Nathan
– dice mi madre entrecerrando los ojos –. Soy Meredith y este de aquí es Ryan,
mi marido. ¿Vas a quedarte a cenar?
̶
No, –
contesto yo – ya se iba, ¿verdad?
̶
Esto…
Sí, tengo que hacerle la cena a mi hermana.
̶
Otro
día entonces – dice mi madre sonriente.
Cojo a Nate del brazo y lo arrastro fuera de mi
cuarto hasta la puerta de la casa. Él empieza a reírse.
̶
Encima
de que siempre estás en medio ahora también me echas siempre de tu casa, ¿qué
se supone que voy a hacer contigo Cassandra? – me encojo de hombros.
̶
Puedes
besarme otra vez – le sugiero. Él sonríe y me besa.